Alhambra, aguas saltarinas
refrescan tus jardines,
emiten dulces sonidos
que embelesan los oídos.
Con menos años, te visité
una y otra vez. Me cautivaron
tu aire fresco,
tu atmósfera de misterio.
Los leones en el patio
hablan de nobleza, de fortaleza.
Guardianes de un Edén poblado
de bellas huríes.
Con sus ojos preñados de pasión,
la reina mora mira hacia el valle
desde su palacio de verano.
Mira hacia la ciudad de Granada.
Presiente que el momento
de dejar su hogar ha llegado.
Exilio en Las Alpujarras será sólo
el comienzo de un largo camino.
Vientos tormentosos, de guerra,
han azotado Granada por ocho meses.
Su alma desespera,
con ansiedad contempla el valle.
Parece irreal, ochocientos años
de dominio en España están por terminar.
Sus ojos enrojecen
con el asomar de sus lágrimas.
Este no es tema para mencionar al rey
quien guarda los secretos de estado con suma fidelidad.
Ella teme al Cid quien, esta vez,
luchará en el bando español.
Ella se estremece al pensar en el exilio.
Aún no sabe que el camino a recorrer
la llevará a Marruecos,
a Fes.
Su mirada interior recorre los siglos
de dominio moro.
Ocho siglos en que la cultura mora
todo lo permeó.
El rey español no cuenta.
Es el Cid a quien hay que atraer.
Un enlace matrimonial sería conveniente.
Más el Cid ya tiene a su Jimena.
Amada mujer, morena, a sus ojos,
el orgullo de la hembra española
en su boca la ternura adolescente
en su corazón, incandescente amor.
El Campeador la adora,
por ella lucha para recuperar para España
la joya de la cultura mora,
Granada y la Alhambra.
Poco se sabe de fantasmas,
más serán la arquitectura, la comida,
la ciudad con sus fuentes de agua,
las mezquitas, las ciencias, la literatura
los que por siempre nos recuerden
de tan maravillosa cultura.
El rey y la reina moros ya se han ido,
más siguen allí, paseando por los jardines.
Se escuchan risas en el harem
la silueta de la reina asoma
en el balcón del palacio de verano,
hasta el día de hoy.
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