«Lástima que no haya billetes para maniquíes… señor», dijo la chica desde detrás del mostrador, poniendo cara de circunstancias. Desolado, cogí a mi novia por la cintura y nos apartamos de la cola. Era incapaz de imaginar por qué aquella chica pudo confundirla con un maniquí a pesar del buen trabajo del taxidermista.

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