La vi de nuevo el día que acordamos, en el atardecer que antes fue nuestro, pero en estas nuevas nubes lo que había grabado era el rostro de la nostalgia y la piedad.
Era sábado y ella no trabajaba nunca, era sábado y ese día yo no estudiaba. La vi bajo ese antiguo roble seco del cual, de uno de sus grandes y macizos brazos, pendía una llanta a forma de columpio, seguramente muchas risas se extinguieron en él hasta el cansancio. Sobre una piedra ella reposaba mientras que su dogo corría libre por la colina; un perro viejo, pequeño, gordo y cansado que no dejaba ir el ímpetu que emanó con total esplendor en su juventud. Yo la acompañaba en la misma roca, a eso de medio metro de ella, viendo su rostro que no ha cambiado nada en estos años, ese rostro que nunca ha sabido serlo, se asemeja más a una triste y pálida máscara. Ella me miraba rara vez con esos ojos que me odian y me piden perdón, casi siempre mantenía su vista en lontananza, divisando al sol que moría tras las montañas. Su sangre derramó a las nubes que ahora teñían también el cielo.
Hace cosa de dos años ella tomó a otro hombre bajo el derecho que era mío, dejó que su incienso comenzará a arder dentro de su templo, ella al principio, disfrutándolo, olvidó mi nombre, mi cuerpo y mi ser, al cabo de un par de minutos, según su relato, contado por su enredada y mentirosa lengua, recordó que yo era suyo y ella era mía, en su sorpresa sintió asco y odio, que luego fue inútil remordimiento. Hizo que aquel rito terminara, extinguiendo no el incienso sino los gritos de placer que adornaban la escena, salió de su departamento y a las horas, después de hallar el valor, me lo contó todo con el más mínimo detalle. La perdoné al instante, más por mí que por ella, pero ya no podíamos seguir juntos, no era la primera vez que su cuerpo se entregaba a excesos sospechosos y malévolos.
Ahora, en esta roca, nos vemos de vez en cuando recordando un pasado que brilló muy fuerte, quemándonos para siempre con un dolor que ardió por mucho tiempo. Ella aún se cree inocente, cree que su deber es repartir amor por el mundo, como una misión providencial; eso sólo hace que ella valga menos. Yo, por otra parte, no valgo más que nadie pues también he pecado, o eso siento, aún hoy estiro mi venganza contra su persona todo lo que puedo, pero es una extraña venganza; le causo dolor para completar su redención, le causo dolor con tanto amor, porque aún la quiero, con un querer apagado y sosegado, como el querer de un recuerdo, casi como el querer a un fantasma, esperando que su corazón no se vuelva aún más loco.
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