Dentro de ese cascado cuerpo de homínido vivían dos entidades: Ramón Valdez y su Megaterio. La duplicidad entre ambos era formidable, coexistían desde el alumbramiento. Esa mañana, como todas las anteriores, a Ramón se le hacía muy difícil salir de la cama. El sueño siempre lo dominaba su Megaterio, le daba a Ramón durante la noche la tibieza de una lana ensortijada, gruesa y suave que con los años se había vuelto un poco canosa. El esfuerzo de Ramón para vencer a su Megaterio y lograr salir de la cama era equiparable a levantar las tres toneladas de la formidable bestia. Para ello Ramón tenía una estrategia, despertarse muy temprano y retozar en la cama una media hora, su Megaterio disfrutaba mucho de moverse alegremente, sin trabas y tomar posturas ociosas estirando sus largos brazos de enormes garras, formar burbujas con el hocico o levantar la pequeña cola formando un triángulo. A las que el Megaterio se distrajera Ramón se escurría por el lado de la cama y dirigía sus pasos al baño. Casi siempre caminaba pesadamente pues el Megaterio rodeaba los hombros de Ramón con sus garras en forma de garfio y Ramón llegaba al lavatorio cargando el enorme peso del placentario. Una vez aseado Ramón tomaba su café y su Megaterio guardaba distancia dejando a Ramón ligero para emprender sus tareas.
Ya en el trabajo Ramón disimulaba frente a sus compañeros, llegaba saludando a la oficina, mientras por el rabillo del ojo veía a su Megaterio dar pesados pasos, iba encorvado y fastidiado. Mientras Ramón revisaba los papeles de su escritorio observaba como el Megaterio prestaba atención a las conversaciones de sus colegas que se acercaban al botellón de agua, conversaciones de lo más banales y superficiales que eran unas de las pocas cosas que animaban al placentario, sentado con las patas estiradas la espalda apoyada en la pared, el culo en el piso, los pies mostrando la planta y el hocico ligeramente levantado como el de un caballo. A la hora del almuerzo Ramón pasaba a la cafetería y conversaba animadamente con una compañera de trabajo que desconocía su dualidad, mientras su Megaterio salía al jardín y con mucha facilidad, por sus tres metros de altura, devorada las hojas de la copa de los árboles, mascaba con desgano, como si le hiciera al principio ilusión el sabor, pero le diera flojera la mascadera. Igual podría quedarse por horas rumiando.
Cuando Ramón regresaba a su cubículo encontraba al placentario desparramado en su escritorio, la cabeza colgando hacia atrás, las patas chorreando por el lado, las garras acariciando su barriga y la lengua relamiéndose los labios. Ramón se sentaba en su silla y miraba la pantalla del computador con la colosal montaña peluda del placentario frente a su cara. Sentía un vahído y comenzaba a estar somnoliento, su Megaterio le estiraba el brazo para que se apoyara a descansar y Ramón poco a poco se iba desvaneciendo y acurrucándose frente al escritorio. Hasta que un compañero apareciera y le diera un susto donde tanto Ramón como su Megaterio daban un salto saliendo del letargo. Al final del día el jefe de Ramón pedía una reunión, allí Ramón escuchaba como su superior reafirmaba su ego con llamadas de atención y pedido de ideas que inmediatamente refutaba. Por entre las rendijas del cristal se veía al megaterio aburrido y abrumado, con los ojos viscos y legañosos, la mandíbula descolgada y completamente indignado de la ampliación de hasta una hora del horario laboral.
Si había ocasión de ver al Megaterio apurado era en los finales, a la salida del trabajo, ansioso por prender la tele, tirarse en la cama, solazarse un poco, apagar su cerebro y picar frituras que dejaran migajas sobre su pelambre, para luego jugar a recogerlas con su larga lengua. Pero los planes de Ramón esa noche eran distintos, saldría con su compañera de la oficina Alicia al cine, así que el Megaterio se tuvo que acomodar de mala gana en el asiento atrás del automóvil, las ruedas junto al chasís se resintieron, y quedarse muy quieto y callado mientras Ramón sacaba un segundo aire intentando ser creativo y alegre para su audiencia de una sola dama. Al llegar al centro comercial su Megaterio descendió perezosamente del auto y quedándose rezagado caminó en cuatro patas hasta llegar a la escalera eléctrica donde poso su cuadrada cabeza y dejó que la máquina girara su cuerpo y sobre su espalda y con las patas para arriba, comenzó a moverse inmóvil, dejándose llevar por la faja transportadora, observó a la pareja reír antes de desaparecer de su vista.
La sala estaba llena pero el Megaterio fácilmente encontró un espacio en las escaleras y se desplomo a lado de Ramón, a los 5 minutos comenzó a roncar y Ramón por más esfuerzo que hizo fue arrullado por el sonido de trompeta que generaba su Megaterio. Alicia al darse cuenta de la dormitada de Ramón lo despertó de un codazo y le pidió que la llevara a casa pues era evidente que no le prestaba atención. Con una inconfundible tristeza Ramón deshizo el camino. Acongojado, cabizbajo y culpable no comprendía la pesada carga que constituía para él su Megaterio. Incapaz de culparlo se culpó a sí mismo. Su Megaterio al ver a Ramón desarmado hizo una excepción y un esfuerzo y haciendo algo totalmente atípico adelanto su paso hacia el estacionamiento. Cuando Ramón llegó encontró que frente a su auto estaba su Megaterio enlazando las garras con una Megateria, se miraron Ramón y su Megaterio a los ojos, y este le hizo una señal a Ramón con la cabeza para que invite a Alicia a dormir. Ramón se atrevió y Alicia presa de una soberana modorra fue incapaz de negarse y aceptó. Está de más contar que a la mañana siguiente Ramón y Alicia llegaron tarde al trabajo y que los dos Megaterios retozaron en pareja para nunca querer salir.
JAP.
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