SAMUEL TAYLOR COLERIDGE (1772 – 1834)
KUBLA KHAN
En Xanadú, Kubla Khan ordenó la construcción
de un fabuloso palacio de esparcimiento
donde el Alfeo, el río sagrado,
por cavernas inexploradas por el hombre
se sumergía hacia un mar de tinieblas.
Dos veces cinco millas de tierra fértil
fueron cercadas de torres y paredes: allí,
entre los jardines murmuraban arroyos cristalinos
y florecía abundante el árbol del incienso,
crecían bosques antiguos como las colinas
con verdes praderas inundadas de sol.
¡Oh, y esa quebrada abriéndose misteriosa
entre la espesura de los cedros!
¡Ese páramo agreste, atrayendo de tal forma
como si alguna vez, bajo la vieja luna menguante,
el lamento conmovedor de una mujer enamorada
lo hubiera llenado de encanto y bendición!
Y desde el fondo del abismo, como ansioso jadeo
de la tierra, se alzaba el estruendo
de un poderoso manantial, surgía a raudales
rompiendo los peñascos, lanzando sus fragmentos
como si fueran granizo, o como el trigo que salta
de las espigas cuando el trillador las golpea.
De aquel estallido incesante de roquedales
brotaba el aluvión del río sagrado.
A lo largo de cinco millas, atravesando bosques
y valles, iba sinuoso hasta llegar
a cuevas no sondeadas por el hombre
donde sumergía su caudal en un océano inerte.
Y en medio del estrépito, viniendo de la lejanía,
Kubla escuchó antiguas voces profetizando la guerra.
La sombra de aquel palacio de recreo
se reflejaba en las ondas del torrente, y se oían a la vez
los sonidos del manantial y de las cuevas.
Qué extraño milagro de la imaginación
ese edificio ardiente de sol sobre cuevas de hielo.
Tuve la visión de una muchacha con un salterio.
Era una doncella abisinia
que tocaba y cantaba al Monte Abora.
Quisiera revivir sus acordes, el acento de sus canciones,
sumirme en la inspiración de la música,
y con ella, haciéndola que suene alta y perdurable,
ser capaz de levantar en los aires el palacio
-¡ese palacio de luz!, ¡esas grutas heladas!-,
y entonces quienes me escucharan podrían verlo
y todos exclamarían temerosos: «¡Oh, aquel hombre!
¡Mirad sus ojos afiebrados, su cabello revuelto!
Encerradlo con tres círculos, que nadie se acerque,
porque él tomó la miel y la leche del Paraíso.
***
HUGO VON HOFMANNSTHAL (1874 – 1929)
BALADA DE LA VIDA EXTERIOR
Y crecen niños con ojos profundos,
que nada saben: crecen y mueren,
y todos los hombres siguen sus caminos.
*
Y dulces frutos devienen de los agrios,
y de noche caen a tierra como pájaros muertos,
y ahí yacen unos días y luego se pudren.
*
Y siempre sopla el viento y de nuevo siempre
oímos hablar, y nosotros hablamos, y sentimos
placer y fatiga en nuestros miembros.
*
Y rutas atraviesan la hierba, y hay poblados
aquí y allá, con luces, árboles, estanques,
amenazantes y resecos como la muerte.
*
¿Para qué fueron construidos? ¿Y nunca
se asemejan entre sí? ¿Y son incontables?
¿Qué cambian el llanto, la risa y el temor?
*
¿De qué nos sirve todo esto, estos afanes,
a nosotros que somos grandes
y eternamente solos y vagamos sin fin?
*
¿De qué sirve haber visto tantas cosas parecidas?
Y sin embargo dice mucho el que dice: Oscuridad,
palabra de la que emana lo fúnebre y hondo
*
como espesa miel de abultados panales.
***
JAN VAN RUYSBROECK (1293 – 1381)
Algunos amigos desean que les explique
a partir de mis capacidades, en pocas palabras,
con la mayor precisión y claridad posibles,
lo esencial, lo que yo entiendo y siento
con respecto a la enseñanza más elevada que pude alcanzar
y he intentado reflejar por escrito.
Lo haré de buen grado. Pero aún más, lo creo necesario,
pues si alguien no entiende mis palabras,
éstas, contrariamente a lo que busco,
podrían ser la causa de un perjuicio.
He aquí lo que pretendí: ser el amante de Dios,
un hombre dedicado a la contemplación.
Primero, busqué unirme a él por un intermediario.
Enseguida, de manera directa.
Finalmente, en tercer lugar,
me entregué por completo, sin limitaciones,
sin diferencias ni contrariedades de ninguna clase.
Así veo que ocurre también
en la naturaleza, en la gracia, en la gloria.
Luego, yo sostengo que ninguna criatura
puede hacerse santa hasta el punto
de perder su condición y convertirse en Dios,
ninguna, ni la misma alma de Jesús.
Todos quedaremos como criaturas
distintas de quien nos creó.
Alcanzaremos la felicidad siendo guiados
hacia más allá de nosotros, a Dios,
para ser un solo espíritu con él, en el amor.
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