Sospecho que el tiempo —esa invención minuciosa de los relojeros y de los dioses menores— no pasa del mismo modo para todos. Hay quienes lo padecen como una lenta erosión y quienes lo ignoran como se ignora el curso de un río invisible. Y, sin embargo, hay rostros que parecen haber celebrado un pacto secreto con su fluir.
El de Kate Beckinsale —o acaso el de Kathrin Romany, que es su nombre más verdadero y por ello más oculto— pertenece a esa categoría incierta de enigmas. No diré que el tiempo no la toca; sería una superstición vulgar. Diré, más bien, que el tiempo se demora en ella, como si dudara, como si necesitara contemplarse a sí mismo antes de proseguir.
He pensado, no sin cierta melancolía, que la belleza es una forma de memoria. No la memoria de lo que fue, sino de lo que el mundo insiste en recordar aun cuando ya no existe. En ese sentido, cada imagen de Kathrin —multiplicada en espejos electrónicos y en la fugacidad de las pantallas— es menos un presente que una reiteración, una persistencia. No vemos a una mujer, sino a la idea de una mujer que el tiempo todavía no ha logrado descifrar.
Quizá el error sea suponer que el tiempo es una línea. Tal vez, para algunos, es un círculo; para otros, una biblioteca infinita donde cada instante se repite con leves variaciones. En alguna de esas salas, Kathrin Romany Beckinsale envejece; en otra, permanece intacta; en otra, no ha nacido aún. Nosotros, limitados a una sola versión, creemos asistir a su continuidad, cuando en verdad sólo accedemos a una de sus innumerables posibilidades.
Así, la belleza no vence al tiempo. Lo extravía. Y en ese extravío —breve, ilusorio, pero suficiente— encontramos una forma modesta de eternidad.
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