Ya se acercaban las fiestas del pueblo y, con ellas, mi momento favorito: el de arrojar a la cabra desde el campanario.
Es difícil explicar la belleza de este acto a la gente de fuera como usted. Seguramente haya que haber vivido aquí toda la vida para llegar a apreciarla.
Lo primero que se siente es el olor: un olor muy intenso, a animal vivo y nervioso; al cuerpo del que sube la cabra hasta el campanario llevándola a hombros con las patas amarradas; a nuestro sudor, mientras le cortamos las cuerdas y la retenemos un momento para que todo el mundo la vea, y también al de los cuerpos de la gente que está apelotonada al pie del campanario, fuera del círculo de seguridad. Los olores humanos se mezclan con el del animal, que sujetamos entre varios allá arriba, en el hueco de la campana.
La siguiente impresión viene cuando por fin la soltamos en el aire, y durante apenas dos segundos se la ve caer con las patas hacia abajo, como si flotara. Entonces todo se termina con el ruido, con un golpe húmedo y como de madera quebrándose.
A veces, por desgracia, el animal no termina de morir del golpe, y no nos queda otra que rematarlo. En tal caso, el encargado es el alcalde, que está abajo, en la primera fila de gente, con su escopeta de caza. De la primera fila a la cabra moribunda, que no para de gemir, tarda en llegar solo un momento, y entonces apoya la boca de la escopeta en lo que queda de la cabeza del animal, y dispara un tiro que acaba con los gemidos y el sufrimiento.
Pero bueno, como decía: ya se acercaban las fiestas del pueblo, y, con ellas, mi momento favorito, y el de muchos otros. Pero aquel año estábamos gafados, ya lo había dicho el tío Eulogio, el hombre más inteligente del pueblo:
—Cinco años seguidos llevamos rematando al animal: esto no puede traer nada bueno.
Total, que unos meses antes de las fiestas había intervenido la protectora de animales de la capital y, a pocos días del evento, cuando yo ya anticipaba lo de la cabra, el alcalde mandó un aviso convocándonos de inmediato a un Concejo, en el que nos informó de que había llegado un burofax prohibiéndonos arrojar a la cabra.
En cuanto oímos al alcalde, levantamos primero un murmullo y después un griterío. Aquello no podía ser, era la tradición favorita del
pueblo entero, no solo la mía; era una ceremonia que nos llenaba de orgullo; una forma de poner distancia entre nosotros y los demás, de marcar con la meada los límites de nuestro territorio.
Así que algo teníamos que hacer, señor guardia, compréndalo. No podíamos quedarnos de brazos cruzados mirando al campanario y lamentándonos.
Al final la solución se le ocurrió al tío Eulogio, que allá de chico había ido solo cuatro días a la escuela, como quien dice, pero era el hombre más inteligente del pueblo, y había leído miles de libros mientras vigilaba que las cabras no se salieran de su parcela del monte:
—Ea, ¿y por qué no nos tiramos nosotros?
Y al percatarse del gesto preocupado de varias señoras allí presentes, incluida la suya, aclaró:
—Pero no todos, solo los que se quieran tirar, que no es cosa de forzar a nadie, ni de poner coto al libre albedrío, Dios me libre, ya sabéis que esa no es mi filosofía vital.
Así que acabamos sorteando el honor entre los habitantes del pueblo con depresión severa. Que aquí, como llueve mucho y está oscuro en invierno, tenemos bastantes. El procedimiento era sencillo: los que querían se apuntaban en una lista, y el día antes de la fiesta hacíamos el sorteo.
No vea usted el alborozo del premiado, señor guardia, las fiestas que nos hacía desde la tarde del sorteo hasta la mañana siguiente, cuando poníamos a tocar a la banda del pueblo mientras el agraciado subía por las escaleras. Tocaba la banda poniendo especial cuidado en el sonido de los tambores, procurando que se acompasaran escrupulosamente con los pasos del que subía por la escalera llena de carcoma, que un día se nos va a matar uno a medio camino, sin llegar arriba. Aunque, en realidad, en los pocos años que llevamos celebrando el evento de esta manera, todos llegaron sin problema, y saltaron grácilmente. Hicieron todo tipo de cabriolas en el aire hasta el momento de tocar la tierra.
Pero no vea cómo de competitivos se pusieron algunos según iba pasando el tiempo. Muchos deprimidos severos se apuntaban a la piscina municipal nada más que para ensayar el salto de trampolín. La mayoría de ellos luego desistía de apuntarse en la lista, y seguía practicando por si lograba la perfección para el año siguiente.
Y al fin llegó este año, y ninguno se quiso apuntar…
Disculpe mi emoción, señor guardia. Seguro que no se la esperaba. Seguro que desearía haberme visto así, deshecho en lágrimas, pero esposado y con un foco apuntando a mi cara sudorosa. Y en su lugar, resulta que el maniatado es usted, y que le estoy hablando envuelto en la penumbra, y solo puede deducir que lloro porque la voz se me quiebra.
Así que fue por eso, y porque vinieron ustedes a meter las narices en donde nadie les llama, argumentando que si el índice de suicidios en el pueblo era extremadamente alto, y tonterías por el estilo, por eso, digo, tuvimos que tirar a su compañero desde el campanario el día de la fiesta del pueblo.
Y ahora, algo tendremos que hacer con usted, que no podemos acabar todos en la cárcel, al menos de momento. Aunque bastante cárcel es para mí ver morir desangrándose esta tradición tan hermosa.
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