A medianoche se presentó el joven Taefor en el tabernáculo, le esperaba la señora Olaia, vestida de paisana con sus capotes habituales, que ocultaban su divino rostro a los ojos comunes. Aguardaba la señora al joven viajero al final de los reclinatorios, diríase que se ocultaba. Más allá, en medio del silencio de la sagrada nave, en los primeros lugares del oratorio, las altas damas entregaban sus plegarias al dios peregrino, como lo hacían siempre cada tercer día. Una sola señal de la hija luna, hizo levantarse a las sacerdotisas, que lentas y elegantes, abandonaron el recinto, dejando solas a ambas figuras, de Olaia y de Taefor, en la zona de obscuridad de la extensa nao del templo.
—Me alegró mucho la noticia de tu llegada —dijo a media voz la señora.
Taefor temblequeaba sobre el asiento, tragaba saliva una y otra vez, con el rostro caído. Había tenido contactos indirectos con la realeza, pero esa era la primera vez que se encontraba en la presencia de la reina Parsinia, aunque no podía ver su rostro.
—Señora yo, yo, los bóreos, yo…— balbuceaba el auxiliar. Al notarlo angustiado, la señora se escoró hacia él y le tomó del brazo.
—Debes calmarte Taefor, necesito de la información que tengas, cualquier indicio de debilidad del señor nórdico, es muy importante.
—Sí, sí, lo siento —dijo el joven. Tomó aire y se afirmó en el banco de madera, secó la humedad de su frente con su mano e intentó comenzar. La señora para calmarle, cambió su solicitud a una menos protocolar.
—Vamos Taefor, cuéntame de tu periplo, de cómo lograste allegarte a la casa del nórdico.
Al decir esto, el perfil sinuoso de la señora se asomó desde el capuchón que le ocultaba, y esa fascinante visión cubrió al joven con un liviano paño de confianza, un abrigo hogareño que le prestó aplomo a sus palabras, así continuó con su relato. Mientras escuchaba atenta, la señora miraba hacia el frente, hacia las cien velas que cubrían la extensa peana del pie del altar. El brillo ondulante e hipnótico de los cirios, agregado a su cansancio de varios días sin dormir, provocaron en el entendimiento de la señora, las imágenes que expresaban las palabras del informante, las que se tornaron en un sueño que le hizo viajar hacia esas desconocidas tierras del norte.
—Señora, pasé semanas recorriendo las villas y ciudades bóreas, hasta que pude integrarme a un grupo de esclavos fugados que depredaban las tierras de las colmenas. Luego de meses pasé a servir a un teniente del Corturio, y con el me infiltré al consistorio donde servimos por meses, hasta que me vendió como lacayo para la casa principal. Vi cuando al falso Casitare le entregaron la noticia de la pérdida de los ejércitos, estas le provocaron desesperación, y hasta ordenó la muerte de todos sus generales, y los habría ejecutado por propia mano, si no fuera por la noticia de tu subida por los Gastianos, solo ese hecho le detuvo. Ellos te respetan señora, hasta diría que te temen, algunos te llaman hechicera, perdón, pero también señora luna. Al enterarse de tu llegada el falso Casitare huyó con los suyos hacia el norte, hasta las tierras del primer clan, yo le acompañe entre sus pocos criados. Por causa de su huida muchos le abandonaron, pero incluso en descrédito, mantuvo varias legiones a su mando, los fieles de su propia sangre. Con ellos pudo negociar una alianza con el señor nórdico, una alianza endeble, si me preguntas…
***
De madrugada se presentaron en las afueras de la ciudad Primera, allí en los campos llamados de Licerón, las legiones del falso Corturio. Eran casi quince mil hombres, de aspecto pétreo, de anchas corazas, movían sus lanzas al unísono, firmes como un bosque de álamos, la visión de estos soldados despertaba el terror dentro de las murallas, pero lo cierto es que estaban exhaustos, hambrientos. La marcha forzada desde la ciudad corturia hasta los acantilados del norte, les habían consumido todas las fuerzas. Para el falso Corturio, capitanear una guerra de asedio para apoderarse de la última ciudad le resultaba entonces un proyecto imposible. Solicitó de inmediato una entrevista con el señor de la ciudad, el viejo rey que gobernaba el primer clan y que, hasta ese tiempo, se había mantenido fuera de las contiendas Bóreas. El viejo rey poseía la ciudad mejor fortificada, pero no tenía suficientes huestes, y una alianza con el falso Corturio, a ese momento, más que natural a clanes hermanos, se presentaba como una necesidad para ambos linajes, si deseaban sobrevivir. Entonces, la llegada de los salvoconductos para el falso Corturio y sus guardias, no se hizo esperar. El viejo rey los extendió sin esperar el consejo de sus ministros.
***
Los pasos del Corturio y de sus dos centinelas, golpeaban rugientes sobre las vigas gastadas del piso, avanzaban por el pasillo que les guiaba al salón de recepción del señor nórdico. Gallardos y apresurados, en cada paso resonaban en eco, el traqueteo de sus armaduras, el zumbido de sus capas que flameaban al ritmo de cada zancada, sus respiraciones, hasta el palpitar de sus corazones, resonaban en el aire como unos menestrales. Avanzaban hacia el regazo de una casa hermana, o talvez hacia sus muertes. Se mostraban seguros, con las quijadas cuadradas, con los ojos impávidos, con las espaldas rectas, serenos, pero las manos firmes en los puños de las espadas curvas envainadas, decían de la disposición a la lucha inmediata, pero no sorpresiva, pues estaban rodeados de posibles enemigos. Afuera, las legiones del Corturio vitoreaban, cantaban y entonaban himnos de guerra, y también se aprestaban a la lucha, si el acuerdo con el señor nórdico se desbarataba. En el salón, les aguardaba el gran señor en su poltrona, rodeado de sus funcionarios y agentes, y también de lanceros, decenas de ellos, prestos para truncar esa incipiente alianza con una trifulca, con una escaramuza palaciega, inútil, intestina y definitiva. Por fin los tres se detuvieron frente al portón que permanecía abierto, el pregonero los vio llegar y procedió a anunciar la llegada del falso Corturio.
—¡Licantes de la casa Corturia, amo de las colmenas, pontífice de la fe, dueño del reino sagrado, señor de los pasos Gastianos!
Fue el anuncio estrambótico para el visitante. Todos sabían allí que aquellos títulos eran amañados, conseguidos con argucias, pero eso no importaba, solo importaban las legiones que le seguían, fuerzas que se necesitaban para enfrentar a los invasores Parsinios.
Licantes y sus dos comandantes penetraron en el salón y se detuvieron a distancia de resguardo. El señor Corturio se adelantó cuatro pasos e hincó una rodilla en el suelo delante de la real poltrona. Dio un rápido vistazo al gran señor y luego bajó los ojos. Deseaba verle, conocerle, pero deseaba también ocultar su curiosidad, su temor. El pregonero entonces anunció, al gran señor Arthaliano, con quién se enfrentaba el visitante:
—Ante ti señor Licantes, el Arthaliano, jefe del primer clan, señor Periceo y rey de los nórdicos.
El Arthaliano se levantó de su poltrona y se acercó al que le saludaba.
—Eres bienvenido a mi casa Corturio —dijo esto el señor mientras le extendía la mano.
El Corturio se la tomó y besó el anillo que coronaba el real índice, en señal de sumisión.
—Tuyos son los reinos señor, desde las cumbres del septentrión hasta los deltas Plosinos, y también mis fuerzas, si las aceptas —respondió el falso Corturio. Le soltó la mano y volvió a su posición de penitencia.
—No, de pie, de pie como mi igual, somos iguales en esta alianza —dijo el nórdico.
Le tomó de los hombros y le levantó, quedando ambos jefes frente a frente. El falso Corturio, de mediana estatura, atlético, más bien delgado, de mediana edad, de corazas plateadas y capa púrpura. El nórdico coronado, altísimo, de armaduras doradas y leoninas, sin duda que viejo, de barbas rojizas y nariz corva. Para esas desiguales jefaturas, esas ceremoniosas palabras de alianza, eran más de amenaza que de concordia. Contaban con la sobrevivencia, y con la posterior disputa por el Casitareado, pero a ese momento, al sur les amenazaban los Parsinios; madre e hijo, formidables guerreros ambos; Orítias el rey Longino que, en su búsqueda de la muerte, asesinaba a cientos de bóreos como a moscas en verano; Astarsea, campeón de la pentápolis, invencible en la lucha cuerpo a cuerpo, y otros de igual estirpe. Estos que les vencían una y otra vez, les presionaban para aliarse, para unirse en un último intento de sobrevivir.
Se miraron ambos líderes con una disfrazada expresión de confianza, por momentos con seguridad, hasta que las miradas constantes se tornaron en enfado.
—Entonces sellemos esta alianza con el juramento al dios peregrino —dijo el falso Corturio, también falso pontífice de la fe, entre otros falsos títulos.
—Sellemos entonces —respondió el Arthaliano.
Extendió mano otra vez el Arthaliano, mostrando su mano abierta, en espera de la mano de su rival. El Corturio extendió su brazo también, y ambas manos se estrecharon en pulseada. El Corturio concentró toda su fuerza en aquel cierre de puños, pero el macizo vigor del viejo le hizo temblar. Se mantuvo en pie a pesar del dolor, fingiendo serenidad, cuando la tortura de sus huesos en apretura, le hacían humedecer los ojos.
—En cuánto mate a la hechicera y a su hijo, compraré a tus comandantes para que te asesinen, y tomaré tu corona de esclavos —pensó el falso Corturio.
—Apenas comience la batalla, te enviaré al frente para que Orítias te despedace —así mismo también pensó el viejo rey de su circunstancial aliado.
—¡Semperaton! —gritó uno.
—¡Semperaton! —respondió el otro.
—¡Semperaton! —gritaron al unísono todos los allí reunidos, alzando espadas, escudos, lanzas y yelmos.
Así, sellando ambos la alianza con la palabra de juramento, inviolable, sagrada, inquebrantable, y al mismo tiempo pensando ambos en la mutua traición. Luego de ese momento de suplicio, para alivio de los huesos del Corturio, por fin terminaron de estrechar sus manos. El viejo rey volvió a su poltrona, y el falso Corturio retrocedió a la protección de sus centinelas, cada uno de ellos tan alto y recio como el mismo Arthaliano que les observaba. A la vieja usanza, el Arthaliano ordenó los festines y libaciones, que departieron con los visitantes, sobre tablones inmensos y caballetes, instalados en el ágora de la ciudadela. Afuera de castillo se escucharon las campanadas por el concordato, y las legiones del Corturio, que amenazaban soterradamente con el sitio, pasaron a mezclarse con los defensores, para formar una sola masa de hombres en desahogo. La guerra había sido pospuesta, pero por poco tiempo.
OPINIONES Y COMENTARIOS