Apuntes para la historia de la SGM (VI)

Apuntes para la historia de la SGM (VI)

La
venganza británica
sobre Alemania

A finales de 1941,
el informe Butt de la inteligencia británica, basándose en los
reconocimientos fotográficos, demostró que sólo un bombardero de
cada cinco lanzaba sus bombas en un radio menor de cinco millas (unos
8 km.) sobre su objetivo. Para defender la difícil actuación de sus
pilotos y la necesidad de reforzar la fuerza aérea, el jefe del
Estado Mayor del Aire, el mariscal Charles Portal, elevó un nuevo
informe al premier Winston Churchill, solicitando la ampliación del
ala de bombarderos a cuatro mil unidades, con el fin de minar la
moral de los alemanes y destruir sus industrias. Portal exponía que
ni el British
Army
ni
la Royal
Navy

estaban en condiciones de derrotar a la Wehrmacht,
y solo la Royal
Air Force

(RAF) podía debilitar a los germanos para el día en que Gran
Bretaña pudiera volver a pisar con sus tropas el continente europeo.

Pero además había
otro argumento de mayor peso del que Churchill era plenamente
consciente: la necesidad de elevar la moral de la población
británica, muy castigada por los ataques nocturnos de la Luftwaffe
sobre suelo inglés, difundiendo la impresión de que Inglaterra
podía devolver los golpes a su enemiga. Y en un momento en que el
Ejército se tambaleaba debido a los desastres en Grecia o Creta, y
el avance de Rommel por el norte de África parecía imparable, la
necesidad de potenciar la capacidad ofensiva de la RAF no podía
ponerse en cuestión, máxime sabiendo que aquella estrategia
diseñada contra la población civil alemana buscaba conseguir un
efecto desmoralizador, lo mismo que aplicaba la Luftwaffe.
Pero lo cierto, era que los bombardeos seguían siendo tan poco
precisos que sólo podían tomarse en consideración objetivos
zonales para resultar efectivos, como por ejemplo, las ciudades
alemanas más densamente pobladas, y a diferencia de la Luftwaffe,
que mantenía una estrecha colaboración con la Wehrmacht,
la RAF estaba distanciada del Ejército y la Marina, e ignoraba el
concepto de apoyo y proximidad a sus fuerzas en tierra.

Pilotos,
soldados y marinos británicos no se entendían y tanto los generales
como el Almirantazgo calificaban el bombardeo de ciudades como algo
«repugnante y anti-británico». La RAF había protestado
enérgicamente diciendo que su objetivo no podía ser «el matar
niños». Sin embargo, Portal siguió insistiendo en su estrategia de
atacar la moral del enemigo bombardeando a los civiles, sin tener en
cuenta el fracaso que ya había demostrado la propia ofensiva de la
Luftwaffe
sobre el Reino Unido, en su intento de destruir las infraestructuras
y la moral de la población civil. Pero un mes después del siniestro
bombardeo alemán sobre Coventry (14 de noviembre de 1940), Churchill
le dió su beneplácito y el 16 de diciembre el Bomber
Command
(Mando
de Bombardeo) lanzó su primer ataque deliberado a la ciudad de
Mannheim como represalia.

No
obstante, la situación cada vez más desesperada de la batalla naval
del Atlántico, obligó al Alto Mando de la RAF a concentrarse en los
raid contra los refugios de los submarinos alemanes en la costa
francesa, los astilleros y las fábricas en las que se producían los
aviones Focke-Wulf,
usados preferentemente contra los convoyes navales, hasta el inicio
del verano de 1941. Entonces se intensificaron los argumentos a favor
de bombardear las ciudades alemanas de forma indiscriminada,
defendidos con pasión por el viejo creador de la RAF, lord Hugh
Trenchard, quien la fundó el 1 de abril de 1918. Al parecer, la
opinión pública tenía la idea equivocada de que la moral de los
germanos era mucho más frágil que la de los británicos, y pensaban
que se vendrían abajo con una campaña de bombardeos nocturnos
continuados. Por fin, en febrero de 1942, el Alto Mando de la RAF
recibió la aprobación del Gabinete de Winston Churchill para
emprender esa estrategia de castigo a las ciudades alemanas, y el
comandante en jefe Arthur Travers Harris (1892-1984) asumió el Mando
de Bombardeo, convencido de que el éxito de la misma evitaría la
necesidad de enviar tropas al continente para enfrentarse allí a la
apisonadora de la Wehrmacht.

Hombre
duro que se había formado peleando en Rhodesia y Sudáfrica, Harris
carecía de cualquier escrúpulo de conciencia y sí estaba dispuesto
a tener que «matar niños». Con el tiempo, la sanguinaria terquedad
de Harris lo convertiría en un criminal de guerra y le ocasionaría
agrias disputas internas en la RAF, al igual que con el general Henry
Harley Arnold, comandante al mando de la Fuerzas Aéreas
norteamericanas (USAAF) durante la SGM.

The Bomber Command

Desde
que pasara las noches sobre el tejado del Ministerio del Aire viendo
caer sobre Londres las bombas alemanas, Harris ansiaba devolver el
golpe, empleando bombas incendiarias de fósforo y otros compuestos
explosivos tan destructivos que superaran con creces las capacidades
defensivas de las brigadas de los bomberos del enemigo. El Blitz
alemán había causado en la capital británica y otras ciudades de
su alrededor la muerte de unos 41.000 civiles y otros 137.000 heridos
o desaparecidos. Harris, por tanto, no estaba dispuesto a aceptar
ninguna objeción ni peticiones de clemencia procedentes de los
políticos, generales o almirantes críticos con sus decisiones, y
tal y como declaró a la prensa: «Los nazis entraron
en esta guerra con la ilusión bastante infantil de que iban a
bombardear a todos los demás y que nadie los iba a bombardear a
ellos. En Rotterdam, Londres, Varsovia y medio centenar de otros
lugares, han puesto en práctica esta teoría bastante ingeniosa.
Pero sembraron vientos y ahora van a recoger tempestades».

Durante
demasiado tiempo, habían muerto más pilotos británicos en sus
aviones que alemanes en tierra. De ahí que desde el primer momento
en que se hizo cargo del Mando de Bombardeo, la máxima preocupación
de Harris fue mejorar la moral de sus tripulaciones, que ya habían
sufrido la pérdida de unos cinco mil hombres y 2.331 aparatos en los
dos años que llevaban de guerra. La sacrificada vida de sus hombres
tampoco tenía mucho que ver con la más glamurosa de los pilotos de
las escuadrillas de los cazas Spitfire,
aclamados y agasajados por la gente allá donde fueran. La mayoría
de las bases de los bombarderos estaban en aeródromos situados en
las zonas rurales barridas por los vientos de Norfolk y Lincolnshire,
lugares que habían sido elegidos por estar en la misma latitud que
Berlín, y además de estar rodeados de granjas con olor a estiércol,
los barracones de estas tripulaciones aspiraban el humo del tabaco,
el queroseno de las lámparas y las estufas de carbón, con el sonido
de la lluvia tamborileando a menudo sobre los tejados de chapa.

Aparte
del bacon
(tocino),

los huevos con mantequilla y el té con leche del desayuno, mezclado
con el bromuro necesario para atemperar la libido de todos estos
jóvenes, en su mayoría menores de 30 años, su comida consistía en
una monótona rutina de alubias, pasta, verduras cocidas, remolacha y
carne enlatada. Muchos de ellos sufrían de estreñimiento y
aerofagia, con la única distracción de compartir algunas cervezas
aguadas con los compañeros de la misión de turno que volvían
vivos, bebiendo hasta emborracharse en lúgubres y pueblerinas
tabernas. Y como la mitad tampoco eran ingleses, abundaban las
tripulaciones procedentes de los países ocupados por los nazis:
polacos, franceses, belgas, checos y noruegos…, o bien de los
dominios del Imperio…, canadienses, australianos, neozelandeses y
sudafricanos…, lo que ocasionaba no pocas peleas y altercados entre
todos ellos. Hasta ocho mil de estos hombres morirían en accidentes
y entrenamientos sin haber tomado siquiera contacto con los enemigos.

No
obstante, las bajas del Mando de Bombardeo se fueron incrementando al
ritmo creciente de las incursiones aéreas sobre Alemania,
especialmente durante las misiones sobre la cuenca del Ruhr, en donde
los alemanes habían reforzado extraordinariamente las defensas
antiaéreas para proteger sus industrias mineras y siderúrgicas.
Irónicamente, los pilotos llamaban a esta región el «Valle de la
Felicidad», puesto que era muy fácil quedarse allí para siempre.
En vista de las numerosas razias que padecían, sus enemigos
disponían de muchas escuadrillas de cazas destinadas a su defensa y
los pesados bombarderos: Hampden,
Wellington o De Havilland,

eran presa fácil de los Messerschmitt
que
los abatían como a conejos. El estallido de un obús del 88 bajo el
fuselaje del avión, o la ráfaga de los cañones de 20 mm. de un
caza, que perforaba las alas, el timón de cola, o los motores del
aparato, casi siempre eran una sentencia de muerte inapelable para
todos sus tripulantes. A veces, bastaba que la munición perforara
algún depósito de combustible para que el regreso a la base de
partida resultara imposible.

No
todos los pilotos y tripulaciones de los bombardeos, caso de seguir
vivos, aguantaban las órdenes y operaciones del Bomber
Command,
antes de
concluir su tanda de treinta misiones seguidas que les daban derecho
a obtener un permiso de descanso fuera de sus bases. Pero la
disciplina inmisericorde del comandante Harris acuñó la expresión
«Lacking in Moral
Fibre»
(Falta de
fortaleza moral) para designar la cobardía, la fatiga de combate o
los escrúpulos de conciencia por haber asesinado a mujeres, niños y
ancianos tras sus razias de castigo. Al parecer, durante casi toda la
guerra, Harris fue
mucho más duro que los mandos del Ejército o la Marina Real a la
hora de tratar las bajas de carácter psicológico. En total, se
encausó por cobardía o fatiga de combate a 2.989 miembros de su
personal, de los que un tercio eran pilotos. Cuando salían de
misión, aquellos hombres vivían en medio de un frío paralizante,
muertos de miedo y rodeados del ruido constante de los motores. La
muerte podía llegar en un abrir y cerrar de ojos, a través del
fuego de las defensas antiaéreas o de cualquier caza enemigo. La
fortuna, buena o mala, dominaba sus vidas y la mayoría se volvían
obsesivamente supersticiosos, aferrándose a sus rituales, creencias
religiosas o talismanes de lo más variopinto, como las patas de
conejo o las medallas de vírgenes y santos, en el caso de los
católicos.

Fuera
cual fuese la misión, todas empezaban con una rutina similar: la
sesión informativa de los mandos y el objetivo concreto a
bombardear… Luego venían las comprobaciones de la radio, el
despegue, el vuelo en círculo para reunir a la escuadra en el aire,
los artilleros disparando ráfagas de ametralladora de prueba sobre
las aguas del Canal, y por fin el silencio y el ambiente tenso en la
cabina hasta que llegaba el aviso en el intercomunicador de «enemigo
a la vista»…, «fuego antiaéreo»…, o mucho peor: «Mayday…
Mayday»,
que producía
una mezcla de horror y de alivio al comprobar que les había tocado a
otros el que su avión estuviera ardiendo. Y si los afectados por los
disparos enemigos conseguían de milagro regresar a su base, entonces
era el personal de tierra el que al ver los restos despedazados del
artillero de cola en su torreta, el que tenía que utilizar la
manguera de incendios para limpiarlos. De los 6.176 bombarderos
Halifax
construidos, se perdieron más del treinta por ciento y solo cinco
aparatos pudieron completar cien o más misiones con el Mando de
Bombardeo. Por su parte, los Avro
Lancaster
se
convirtieron en los más famosos y exitosos bombarderos nocturnos,
arrojando hasta 608.612 toneladas de bombas en unas 156.000
incursiones aéreas.

Las Operaciones
Millenium 

El
poder ofensivo del Mando de Bombardeo sólo estuvo a la altura de lo
que se esperaba de la RAF con la llegada de los mencionados y nuevos
cuatrimotores Halifax
y Avro
Lancaster,
que comenzaron a sustituir a los desfasados modelos Hampden
y Wellington.
Su bautismo de fuego tuvo lugar en la noche del 3 de marzo de 1942,
cuando fueron enviados un total de 235 aparatos en el primer ataque
masivo contra un objetivo en Francia: la fábrica de automóviles
Renault
en Boulogne-Billancourt, a las afueras de París. La destrucción del
complejo industrial que surtía de vehículos blindados a la
Wehrmacht
resultó
casi total, muriendo 367 civiles alojados en los bloques de viviendas
de los trabajadores. El 28 de marzo se repitió esta incursión
masiva sobre el puerto de Lübeck, al norte de Alemania, con una
mezcla de bombas incendiarias y de alto poder explosivo. La ciudad
portuaria ardió por los cuatro costados y el Führer se mostró
indignado, amenazando con sembrar el terror en los cielos británicos,
cosa que conseguiría en 1944 con las primeras bombas volantes
Vergeltungswaffe
V1
(arma de represalia) y, más adelante, los cohetes V2.
Un mes después, la RAF bombardeó Rostock, a 80 km. más al este,
causando una destrucción aún mayor. Goebbels lo llamó
Terrorangriff
(ataque
de terror) y a partir de entonces los pilotos británicos pasaron a
llamarse Terrorflieger,
para
toda la propaganda alemana.

Eufórico,
el comandante Harris calificaba el éxito de sus operaciones en
función del número de hectáreas urbanas calcinadas por sus
hombres, por lo que se ganó el merecido apodo de «Bomber»
o «Butcher»
(Carnicero) Harris, y muchos de sus oficiales comenzaron a pensar, no
sin razón, que servían a las órdenes de un «carnicero
sangriento». Pero lo peor estaba por llegar. A medida que aumentaban
las entregas de los nuevos aviones, acompañados de mejoras a la
navegación y ayudas electrónicas, el comandante planificó las
llamadas Operaciones
Millennium
,
consistentes en reunir hasta un millar de aviones para cada misión
de envergadura. El primer ataque de los mil aparatos seguidos tuvo
lugar en la noche del 30 al 31 de mayo de 1942 contra la ciudad de
Colonia, poniendo en práctica la llamada «corriente de bombardeos»,
que fue una innovación táctica diseñada para abrumar y encender
las noches alemanas, con tanto éxito que Harris fue ascendido a
mariscal del aire el 1 de diciembre de 1942.

También
resultó felicitado por los soviéticos, cuyos interrogatorios a los
prisioneros alemanes revelaban que la moral de los soldados del Reich
comenzaba a resentirse por la preocupación de la suerte que corrían
sus familias en Alemania, a consecuencia de los bombardeos ingleses a
sus ciudades de origen. Stalin nunca perdió su afición a la
venganza, especialmente desde que habían perecido alrededor de medio
millón de civiles rusos como consecuencia de los ataques de la
Luftwaffe.
El Ejército Rojo todavía carecía de aviones de bombardeo, de modo
que el Kremlin se sintió muy satisfecho de que los británicos
hicieran aquel trabajo sucio por ellos. A lo largo del verano de
1942, la 8ª Fuerza Aérea de los Estados Unidos también empezó a
concentrarse en Inglaterra. Confiados en el adelanto que suponía su
mira Norden,
anunciaron que su campaña de bombardeos iba a tener lugar a plena
luz del día. Muy pronto, se darían cuenta de su error, no sin pagar
un alto precio en forma del derribo de sus fortalezas volantes
fabricadas por Boeing.

Para
los turistas que hoy realizan cruceros de placer por el Rhin, muchos
guías les explican cómo estas formaciones de bombarderos aliados
elegían la senda plateada de las aguas del caudaloso río para
penetrar profundamente en las oscuras noches de Alemania, antes de
desviar su rumbo para acudir a cada uno de sus objetivos. Un papel
que también cumplió a la perfección el río Elba, cuando el Mando
de Bombardeo decidió arrasar la ciudad de Hamburgo en los primeros
días de agosto de 1943, sufriendo la ciudad verdaderas tormentas de
fuego, al igual que sucedería casi al final de la guerra con la
monumental Dresde. El bombardeo de Hamburgo entonces se justificó
por la existencia de los arsenales y astilleros en donde la
Kriegsmarine
fabricaba sus submarinos, y con la misma intención los británicos
asolaron más adelante la base francesa de La Rochelle, arrasando el
centro histórico de la ciudad.

Sin
embargo, llegó a resultar tan evidente el objetivo de sembrar el
terror sobre la población alemana, que Harris, irritado por las
vacilaciones de Winston Churchill ante estas atrocidades y tratando
de que Londres lo reconociera abiertamente, se creyó en el deber de
ser honesto con la opinión pública británica, haciendo unas
declaraciones a la prensa en las que afirmaba: «El
objetivo de la ofensiva combinada de bombarderos debe establecerse
sin ambigüedades como la destrucción de las ciudades alemanas, el
asesinato de sus trabajadores y la interrupción de la vida
civilizada en toda Alemania… La destrucción de casas, transportes
públicos y vidas, la creación de un problema de refugiados en una
escalada sin precedentes, y el desmoronamiento de la moral tanto en
casa como en los frentes de batalla por temor a bombardeos
prolongados e intensificados, son objetivos aceptados y previstos de
nuestra política de bombardeos… No son los subproductos de
intentos de atacar fábricas ni daños colaterales».

En noviembre de
1943, el Bomber Command de la RAF inició la campaña de
Berlín, que se prolongó hasta marzo de 1944. Harris buscó repetir
el éxito de Hamburgo; pero la capital alemana, muchísimo más
extensa y mejor defendida, le resultó un hueso duro de roer. Aun
así, la devastación de la ciudad alcanzó cotas de infarto, y
decenas de miles de berlineses hallaron la muerte. Los alemanes
habían mejorado mucho sus defensas antiaéreas y el balance también
resultó desolador para los británicos, que perdieron 1.047
aparatos, incluidas todas sus tripulaciones, además de 1.682 aviones
dañados que regresaron a sus bases con tripulantes muertos o
heridos, cuando no tuvieron que ser rescatados de las aguas del Canal
de la Mancha tras desplomarse sus aparatos en pleno vuelo. Y a estos
últimos pronto se sumaron los 94 derribados y 71 dañados del
bombardeo sobre Núremberg del 30 de marzo.

Antes de la
invasión del Día D y el desembarco en las playas de
Normandía (6 de junio de 1944), los bombarderos británicos
cambiaron de objetivo, centrándose en sus ataques a las vías
férreas francesas, sus puertos, las defensas costeras e
instalaciones fabriles y petroleras, lo que significó cierto respiro
para las ciudades alemanas; pero después del desembarco Harris
siguió comprometido con sus castigos a las poblaciones germanas. Son
muchos los historiadores que lamentan que los aliados no atacaran con
igual contundencia las estaciones de ferrocarril y los trenes de la
muerte vacíos que luego conducían a las víctimas del holocausto a
los campos de exterminio. La culminación de la ofensiva del Bomber
Command
sobre Alemania tuvo lugar en marzo de 1945, cuando la RAF
lanzó el mayor tonelaje de bombas de toda la guerra, y su última
incursión aérea fue sobre Berlín, en la noche del 21 al 22 de
abril, justo antes de que los soviéticos llegaran al centro de la
ciudad y Hitler pusiera fin a su vida en el búnker de la
Cancillería. 

Dresde, como la
bomba nuclear

El ya mariscal Harris
recibió la Legión Estadounidense del Mérito el 30 de enero
de 1945, poco antes de convertirse en un criminal de guerra. De la
misma calaña que sus homólogos alemanes Hugo von Sperrle y Wolfram
von Richthofen, ambos al mando de la Legión
Cóndor
durante
la guerra de España y responsables directos del bombardeo de
Guernica, además de planificadores de la Blitzkrieg
contra
Polonia, la URSS y la propia Blitz
sobre
Inglaterra. La incursión más terrible de todas las
que realizaron los aliados sobre Alemania se produjo, precisamente,
bajo su mando, a última hora de la tarde del martes 13 de febrero de
1945. El bombardeo de Dresde por parte de la RAF y la USAAF resultó
casi similar al empleo del arma nuclear sobre las ciudades japonesas
de Hiroshima y Nagasaki meses después. Dresde, conocida como la
Florencia del Norte, era un museo en vivo del Renacimiento y
el arte del Barroco, sede de la realeza alemana y capital del estado
de Sajonia, en el este de Alemania. La ciudad, que se había librado
hasta entonces de los raid aéreos, carecía de cualquier valor
militar y mucho menos a esas alturas del conflicto, doce semanas
antes de la rendición total de Alemania y con los rusos rebasando
todas sus fronteras orientales.

Se estima que las
víctimas del holocausto de fuego que asoló Dresde oscilan desde las
25.000 hasta las 35.000 personas, abrasadas sólo en aquella noche en
la que se desataron todas las furias del infierno. Jamás antes ni
después del uso de la bomba atómica, un bombardeo con armas
convencionales causó un espanto ni devastación semejantes, ni
siquiera en las guerras actuales de Gaza o Ucrania. La ciudad estuvo
ardiendo durante días enteros, y cuando por fin los incendios
consumieron todo el oxigeno posible, apenas si quedaban algunas
paredes en pie. El horror y la repulsa unánime que la destrucción
de Dresde hoy nos provoca, ha convertido a la ciudad alemana en el
símbolo europeo del rechazo a la guerra, con el mismo significado
que Guernica.

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