Si las alcantarillas condujeran a una ciudad nueva,
sus sacerdotisas defenderían,
todo lo que no ha sucedido nunca; del Dios de la guerra sería su religión.
Por escalones resbalosos,
entraríamos en las aguas negras y todos, al igual que en nuestro mundo,
estaríamos en genuflexión predeterminada,
bajando la cabeza gacha hasta las rodillas.
Detrás habría un látigo ungido, con aceites de sal y de flores serias.
Los dientes de la sabiduría, y la ferocidad,
morderían con avidez, la única fruta de los árboles calvos,
deseando que llegue por fin,
la serpiente mensajera, con pecados nuevos o adormecidos.
OPINIONES Y COMENTARIOS