Llegó el día.

Aún miro el teléfono

esperando un mensaje.

Ya pasaron

alrededor de 27 días.

El otro día le hablé.

Siento que no debí hacerlo,

pero igual lo hice.

Y hubo un alivio,

breve,

como una pausa en el agua.

Lo que realmente quiero

es no pensar más en ella.

Quiero hacer cosas

que no me nombren.

Quiero caminar

calles nuevas,

calles sin olor

a recuerdos,

sin esquinas

donde nuestras manos

se encontraban

y sonreíamos

juntas.

Pero algo persiste:

una forma de espera

que no entiende de tiempo,

un hilo invisible

que todavía

me ata

a lo que ya

no está.

La amo siempre.

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