Tengo muchos años y me siento en mi sillón, con el cuerpo cansado pero la cabeza llena de recuerdos que se niegan a envejecer. Cierro los ojos y me transporto a aquel verano de mi juventud en el barrio. No era un lugar bonito: calles de tierra caliente, casas de ladrillo marrón con las ropas multicolores tendidas, bicicletas perseguidas por los perros callejeros que dormían a la sombra de algunas acacias… Pero era nuestro mundo, y nosotros éramos jóvenes, siempre buscando cualquier excusa para reírnos.
El cine de verano estaba al fondo de un patio grande. Las sillas plegables de madera crujían bajo nuestro peso, torcidas y desparejas, y un aroma a jazmín flotaba desde algún patio vecino, mezclándose con polvo y el calor de la noche. Allí sentados vimos la película: Amarcord.
Llegó la escena que nos hizo llorar de risa: aquel personaje subido en un árbol grita y repite desesperado: “¡Quiero una mujer!” “¡Quiero una mujer!”. Todos caímos, unos de la risa, otros de la silla, y yo, en mi tontería habitual, adopté la frase como mi saludo cuando nos veíamos. Durante años, cada reencuentro con esos amigos comenzaba con un “¡Quiero una mujer!” y las carcajadas brotaban de inmediato, como si el tiempo no hubiera pasado y siguiéramos siendo esos muchachos desordenados del barrio.
Hoy, a mis años, algunos de esos amigos ya no están. Los recuerdo en cada gesto, en cada carcajada que todavía puedo evocar. Murmuro la frase para mí mismo y vuelvo a reír solo, sintiendo el crujido de las sillas, el calor del verano y el aroma de jazmín mezclado con polvo. Me hace pensar que ciertos momentos, ciertas risas y ciertos amigos permanecen con uno para siempre, incluso cuando la vida se lleva a quienes las compartieron.
Al final, pienso, algunas risas no envejecen nunca, y algunos amigos nunca se van del todo.
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