Hay un momento —llega sin aviso, como una fatiga moral— en que las Pascuas dejan de ser una celebración y se convierten en un decorado. Conejos que no ponen huevos, chocolates que reemplazan símbolos, frases repetidas sin memoria. Y entonces uno, cansado, pregunta: ¿qué queda cuando se corre la fantasía?
Queda, primero, una historia antigua, incómoda y profundamente humana: la de la muerte y la esperanza. No hay dulzura en ese origen. Hay traición, abandono, dolor físico y una pregunta que atraviesa los siglos: qué hacemos con el sufrimiento, propio y ajeno. Las Pascuas no nacen como un cuento infantil, sino como una herida abierta que alguien se animó a llamar redención.
Pero el tiempo —ese gran maquillador— suaviza todo. Donde hubo sacrificio, ahora hay azúcar; donde hubo silencio, ahora hay marketing; donde hubo fe o duda, ahora hay costumbre. Y no es necesariamente malo: el ser humano necesita símbolos livianos para soportar lo pesado. El problema empieza cuando lo liviano reemplaza por completo a lo esencial.
Decir “basta de fantasía” no implica destruir la celebración, sino rescatarla. Volver a preguntarse qué significa renacer. No en términos grandilocuentes, sino en lo cotidiano: dejar atrás un rencor, asumir una culpa, intentar —aunque sea torpemente— ser un poco mejor que ayer. Eso sí sería una Pascua real, sin adornos.
Porque la verdad es menos cómoda que el chocolate, pero también más honesta: nadie resucita mágicamente. Las pequeñas resurrecciones son lentas, silenciosas, y casi siempre duelen. Y sin embargo, ocurren.
Tal vez de eso se trate, después de todo. No de negar la fantasía, sino de no esconderse detrás de ella. De animarse a mirar lo que duele… y aun así elegir, obstinadamente, volver a empezar.
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