La mañana después

La mañana después

Roel

01/04/2026

La primera sensación fue el sabor. Ácido, rancio, como si la noche se hubiera quedado a vivir en su boca. Luego llegó el dolor, un martilleo lento detrás de los ojos, y finalmente la memoria… a trompicones, como una película mal montada.

Julián no abrió los ojos enseguida. Sabía, de alguna forma, que no le iba a gustar lo que encontraría al otro lado. Se quedó boca arriba, respirando despacio, intentando reconstruir. Bar. Risas. Otra copa. Otra más. Esa sensación de que todo daba igual.

Y luego… el hueco.

Se incorporó con un quejido. La habitación estaba patas arriba, pero eso no era raro en él. Lo raro era el silencio del móvil. Lo buscó entre la ropa tirada y lo encendió. Varias llamadas perdidas. Un par de mensajes.

Uno de ellos, de Marcos:
“¿Qué coño hiciste anoche?”

Ahí el estómago se le encogió más que por la resaca.

Salió de la cama arrastrando los pies, como si el suelo pesara. Fue a la cocina, abrió el grifo y bebió directamente. El agua le bajó fría, pero no alivió nada. Volvió al móvil. Dudó. Lo sabía. Sabía que no quería saberlo, pero ya era tarde para hacerse el tonto.

—¿Sí? —dijo cuando por fin llamó.

Marcos no saludó.

—Dime que no te acuerdas.

Silencio.

—No… —respondió Julián, aunque en el fondo empezaban a aparecer flashes—. ¿Qué hice?

La pausa al otro lado fue peor que cualquier grito.

—Te llevaste el coche.

El mundo se le inclinó un poco.

—¿Qué coche?

—El de ese tío. El del bar. Discutiste con él, te pusiste chulo… y cuando salió a fumar, cogiste las llaves de la barra y te fuiste.

El corazón empezó a latirle fuerte, demasiado fuerte para alguien con resaca.

—No… no puede ser.

Pero sí podía. Porque ahora recordaba la risa, esa risa absurda que le salía cuando bebía demasiado. Recordaba el gesto de coger las llaves como si fuera un juego. Recordaba arrancar.

—¿Y…? —no se atrevía a terminar la frase.

—Lo dejaste estampado contra una farola a dos calles.

Julián cerró los ojos. Ahí estaba. El golpe. El silencio después. Y salir corriendo.

Se dejó caer en la silla de la cocina. De repente el dolor de cabeza era lo de menos.

—Joder… —susurró—. Joder…

No era solo el coche. Era todo. La facilidad con la que había cruzado una línea que, en sobrio, jamás habría tocado. La ligereza. La inconsciencia.

—El tío ha puesto denuncia —añadió Marcos, más calmado ahora—. Y hay cámaras.

Claro que había cámaras.

Julián miró sus manos, como si no fueran suyas. Como si el que había hecho eso fuera otro. Pero no. Era él. Siempre había sido él, solo que con menos filtros, con menos miedo.

—No quería… —empezó, pero se le cayó la frase—. Da igual.

Porque sí importaba lo que quería. Pero no cambiaba nada.

Se quedó un buen rato en silencio después de colgar. El piso olía a alcohol viejo. A descuido. A una versión de sí mismo que ya no le parecía graciosa.

La resaca, pensó, no era solo el dolor físico. Era esto. Sentarse con lo que hiciste cuando no estabas del todo ahí. Tener que mirarlo de frente, sin excusas.

Se levantó despacio, se lavó la cara y se miró al espejo. Tenía los ojos rojos, la piel apagada. Parecía más cansado que borracho.

—Hasta aquí —dijo en voz baja.

No como una promesa grandilocuente. Más bien como alguien que, por fin, entiende algo.

Luego volvió a la habitación, buscó una camiseta limpia y el móvil. Tenía que llamar. Tenía que hacerse cargo. No sabía cómo iba a salir de esa, pero por primera vez en mucho tiempo, eso no era lo importante.

Lo importante era dejar de huir. Aunque doliera. Aunque diera vergüenza. Aunque fuera tarde.

Porque peor que la resaca era seguir siendo el mismo de anoche.

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