
La niña del ZooMAT
“Hay un aire que no se mueve,
que se queda pegado a los troncos de los árboles,
esperando que alguien pase para contarle su olvido.”
— Eraclio Zepeda, Benzulul.
En el zoológico, la selva no te rodea: te observa. Me detuve apenas un segundo para ajustar el lente de mi cámara, hipnotizada por el brillo esmeralda de un quetzal; pero, cuando levanté la vista, el sendero de madera estaba desierto. El bullicio del grupo de turistas y la voz del guía se habían disuelto en un murmullo de hojas secas y el siseo constante de chicharras y grillos. El calor de Tuxtla, que afuera era un peso seco, aquí dentro se sentía como un abrazo húmedo y antiguo.
Al final del sendero, donde la neblina del mediodía se estancaba entre los troncos de zapote, su silueta no se recortaba contra el fondo, sino que parecía filtrarse a través de él. Era una forma difuminada, un contorno suave que vibraba con la humedad; si parpadeaba, parecía desvanecerse tras un helecho, pero si mantenía la vista fija, sus bordes se deshilachaban en hilos de vapor. El instinto me hizo disparar una ráfaga desde la cadera, sin mirar el visor, confiando en que el sensor atrapara lo que mis nervios ya sentían.
Me acerqué a ella con la torpeza de quien busca una explicación lógica a un espejismo de calor.
—Perdí a mi grupo, ¿sabes por dónde regresaron? —pregunté, tratando de disimular el rastro de sudor en mi frente.
La niña no se asustó; me recorrió con una mirada lenta y clavó la vista en mi rostro. Mis ojos, de un verde claro que siempre me había hecho sentir extraña, parecieron encender algo en ella.
—Tenés ojos de agua de pozo —me dijo, estirando una mano pequeña y fría que rozó apenas mi mejilla.
Después se quedó mirando mi rostro con un ansia reflejada en su cara y, poco a poco, comenzó a esbozar una sutil sonrisa. Nos embargó un profundo silencio, como si de repente toda aquella algarabía y los inquietantes sonidos de la selva chiapaneca hubiesen recibido la orden de quedar en suspenso.
Me guio por un sendero de tierra negra que no aparecía en mi mapa, un camino que «se acordaba de sus pies». La niña portaba una pequeña canastilla; dentro, alcancé a mirar un envoltorio cubierto de hojas de plátano y, al centro, tres semillas de zapote, perfectamente pulidas y labradas.
Mientras caminábamos, me pidió algo que me heló la sangre: que le contara cómo se veía el sol cuando no tenía que pelear con las hojas para tocarte la cara. Al no comprender la pregunta, miré hacia el cielo y descubrí que, en aquella selva, los rayos del sol apenas se dejaban ver por entre aquel tupido follaje.
—Quema —respondí.
Al llegar a la salida, ella se detuvo en la frontera de la sombra. Escuché a mi grupo acercarse, burlándose de mi despiste.
—Te perdiste lo mejor —dijo uno entre risas—. El guía nos contó la leyenda de la «aparecida», la Niña del ZooMAT. ¡Qué suerte que no te salió el espanto!
Yo no dije nada. El viejo guía, al ver mi asombro, se acercó despacio mientras el resto subía al transporte. Se quitó el sombrero de palma y me miró de hito en hito.
—Esos sus ojos verdes, mamita… —susurró con voz de lija—. Son como luces de cocuyo para los que andan penando en la sombra. Ella no buscaba espantarla, viera usted; lo que quería era verse en un espejo que todavía tuviera sol.
Me extendió un ramo de albahaca fresca.
—Téngalo, mamita, lléveselo. El aire de los antiguos es pegajoso como el lodo y usted todavía tiene mucha luz de afuera que caminar. Esta tarde, cuando llegue a su hotel, hágase una su limpia; pásese el ramo por la nuca y las coyunturas, para que el frío no se le quede prendido.
Subí al camión y lo primero que hice fue encender mi cámara. En la pantalla, recorrí los seis disparos de la ráfaga: los árboles perfectamente centrados, el follaje denso, la composición con los escuetos rayos de sol filtrándose… pero allí donde la niña había estado, solo había un resplandor blanco, un vacío de luz que quemaba la imagen. Sentí un escalofrío que me subió por la nuca, un hielo antiguo que ni el calor de Tuxtla lograba disipar.
Busqué en mi bolsillo y allí encontré una de aquellas semillas de zapote. Estaba inerte y gélida, como si acabara de sacarla de un pozo profundo. Al pasar la yema del pulgar por sus relieves, sentí el labrado perfecto, frío como el mármol, una filigrana hecha por manos que ya no tienen sangre. Cerré la cámara y apreté la semilla en mi puño, sabiendo que ahora mis ojos guardaban el secreto de una sombra que solo quería recordar, a través de mí, el color del cielo.
@2026 By Oscar Mtz Molina
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