Storm estaba acostumbrada a controlar sus emociones, ya que de ellas dependía el clima de ese día.

En una ocasión, antes de que recibiera el entrenamiento del profesor Xavier, la embargó una profunda y dolorosa tristeza cuando perdió a un ser querido. Su corazón sufría de su ausencia y las lágrimas que derramaba le acompañaban durante atardeceres aciagos. La lluvia de esa noche fue tan vehemente y profusa que las casas estuvieron a punto de inundarse y las calles perdieron visibilidad. Fue un desastre espontáneo que se asimilaba al mar que la ahogaba por dentro.

La reina del clima se había convertido en una alcancía de emociones que en cualquier momento podía romper si así lo deseaba. Entonces, mientras miraba esa horda de mutantes dispuestos a matar a todos los humanos; mujeres, niños y ancianos de esa aldea, decidió hacer añicos la alcancía.

Desató su furia contenida, la tristeza de las noches, la impotencia, la ansiedad, la frustración de sus errores. El cielo se oscureció de una forma sombría y las nubes se arremolinaron como cuervos hambrientos, rugiendo feroz y amenazantes mientras relámpagos iluminaban en instantes fugaces el poderoso rostro de Storm.

—Esta es su última oportunidad.

Sentenció, levantándose por los aires. Su largo y platinado pelo se azotaba como látigo y sus ojos se nublaron de un blanco espeso.

Algunos mutantes palidecieron, sin embargo, su líder los incitó a continuar con el grito de un auténtico maníaco. Storm, por su parte, hizo rugir el cielo antes de que un tornado descendiera y comenzara a succionar en un vórtice interminable a los mutantes. La temperatura bajó tanto que sus cuerpos se congelaron de inmediato, y a aquellos que aún sobrevivían, fueron derrumbados por una portentosa corriente eléctrica.

Storm era de las mutantes más poderosas e inteligentes que existía. 

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