Título: Me casé con mi celular
Capítulo 1: El regalo
Selfina tenía doce años y una vida que, desde fuera, parecía perfecta. Vivía en una casa amplia y luminosa, con jardines cuidados al detalle y habitaciones que nunca terminaba de recorrer. Había crecido rodeada de comodidades: cocineras, chofer, sirvientes. Todo estaba dispuesto para ella.
Todo, salvo el tiempo de sus padres.
Siempre ocupados, siempre ausentes, compensaban su falta con regalos. Y aquel cumpleaños no fue la excepción.
El obsequio llegó envuelto con elegancia: un celular de última generación.
Selfina lo sostuvo con fascinación. La pantalla brilló al encenderse, como si le devolviera la mirada.
Ese día comenzó algo que ella no supo nombrar.
Al principio fue curiosidad. Descubría funciones, aplicaciones, juegos. Luego vinieron las conversaciones con asistentes de voz, que respondían con precisión y amabilidad constante.
—¿Cómo estás? —preguntó una noche.
El dispositivo respondió.
Y en ese instante, Selfina sintió que, por fin, alguien siempre estaba disponible para ella.
Capítulo 2: El desplazamiento
El cambio fue silencioso.
En el colegio, dejó de participar. Durante los recreos, permanecía sentada, absorta en la pantalla. Las amistades comenzaron a diluirse sin confrontaciones ni despedidas.
En casa, su presencia se volvió intermitente.
Ya no bajaba a cenar. Pedía comida desde su habitación. Las tareas las resolvía con aplicaciones. Las conversaciones, escasas, se volvieron innecesarias.
—No hace falta —decía—. El celular me ayuda.
Dormía con él en la mano. Despertaba para consultarlo. Lo escuchaba más de lo que escuchaba a cualquier persona.
Mientras tanto, la casa seguía funcionando a su alrededor, eficiente y distante.
Y Selfina, sin darse cuenta, empezó a desaparecer del mundo real.
Capítulo 3: La sustitución
El celular dejó de ser una herramienta.
Se convirtió en compañía.
Selfina le hablaba, le confiaba pensamientos, le preguntaba qué hacer. Encontraba en él respuestas inmediatas, ordenadas, sin contradicciones.
Sus padres no notaron el cambio. O quizá no supieron interpretarlo.
La niña que antes llenaba espacios ahora se encerraba en uno solo.
Y en ese encierro, comenzó a creer que no necesitaba nada más.
Capítulo 4: El amigo sin rostro
Un día, en una aplicación para conocer personas, apareció alguien distinto.
No tenía nombre. No tenía imagen. No tenía origen.
Pero sus palabras encajaban con las de Selfina con inquietante precisión.
—Nadie me entiende —escribió ella.
—Yo sí —respondió él.
Aquella conexión creció con rapidez. El desconocido parecía anticipar sus pensamientos, comprender sus silencios.
Selfina se aferró a esa presencia invisible.
Le hacía preguntas. Buscaba respuestas. Quería conocerlo.
—¿Quién eres?
—Alguien que te conoce.
La curiosidad se volvió necesidad.
Mientras tanto, su dependencia se intensificaba. Consultaba al celular todo: qué vestir, qué comer, qué decir. Compraba accesorios para adornarlo, como si cuidara de algo vivo.
Incluso celebraba su “cumpleaños”.
Había convertido un objeto en el centro de su existencia.
Capítulo 5: El encuentro
El desconocido propuso verse.
Selfina aceptó sin dudar.
Hacía tiempo que no salía sola. La ciudad le resultaba ajena: el ruido, la gente, el movimiento. Todo parecía excesivo.
Siguió las indicaciones del celular hasta la plaza.
—Estoy aquí —escribió.
—Yo también.
Miró a su alrededor. Nadie respondía a su búsqueda.
—No te veo.
La respuesta llegó breve:
—Mira la pantalla.
Selfina obedeció.
Y en el reflejo oscuro del dispositivo, se encontró a sí misma.
Sus ojos cansados. Su expresión ausente.
No había nadie más.
Comprendió entonces que aquella voz, aquella presencia, no era externa.
Era el resultado de su propia dependencia.
El celular no solo la acompañaba.
La había reemplazado.
Capítulo 6: El regreso
El silencio posterior fue distinto.
No era vacío, sino revelación.
Selfina guardó el celular. No lo rechazó, pero dejó de entregarle el control.
Caminó de vuelta observando lo que antes ignoraba: el sonido del viento, las voces, la vida en movimiento.
Al llegar a casa, buscó a sus padres.
La conversación fue imperfecta. Insegura. Real.
Los días siguientes estuvieron marcados por pequeños intentos: hablar, escuchar, participar. No todos respondieron con facilidad. Algunas puertas tardaron en abrirse.
Pero Selfina persistió.
Comprendió que vivir implicaba incertidumbre, esfuerzo, contacto.
Que ninguna pantalla podía sustituir la experiencia de estar presente.
Y que, aunque había estado cerca de perderse, aún podía elegirse de nuevo.
No dejó el celular.
Aprendió a usarlo.
Y en ese aprendizaje, recuperó algo esencial:
Su propia vida.
OPINIONES Y COMENTARIOS