Trato de mantenerme positivo ante la vida. Siempre pienso “esto es temporal, esto pasará.” para encontrar cierto consuelo en el cambio. Pero la consumación de los días es dolorosamente lenta, insoportable; como esa pesadilla de la cual estás consciente y solo esperas despertar, sin embargo, esa salida se atrasa demasiado y terminas encerrado en un estado letárgico durante la mañana.
Trato de mantenerme positivo, pero en el fondo deseo que alguien venga a salvarme.
—¿Crees en la magia?
Cuando un extraño hombre me hace esa pregunta mientras camino sin rumbo fijo, lo primero que hago es ignorarlo y cambiar de dirección rápidamente. Pero, de nueva cuenta, él aparece frente a mí y repite la misma pregunta a la par que me extiende su mano cubierta por un guante de tela blanco, ofreciéndome una sonrisa de oreja a oreja.
Otra vez cambio de dirección, pensando en que no quiero morir.
—No te haré daño —dice de pronto, como si me hubiera leído el pensamiento.
Yo freno mi andar, aún dubitativo. Entonces, una mariposa azul aparece volando frente a mi nariz y una espontánea sensación de paz me inunda de pies a cabeza.
—¿Crees en la magia?
Vuelve a preguntar. Giro los pies para mirarlo, lleva puesta una camisa blanca de rayas y pantalones negros que parecen haber sido sacados de un montón de ropa sin usar. Lo más destacable de este hombre es el saco y sombrero característicos de un mago.
—…Sí —respondo en un hilo de voz.
El hombre sonríe y pronuncia las siguientes palabras:
—Annara sumanara…
A continuación, mis pies se levantan del suelo como si la gravedad hubiese dejado de existir. Empiezo a tambalearme en el aire, pues trato de mantener el equilibrio.
—Olvida todo lo que sabes, deja que la magia te guíe.
Veo que el hombre también está volando. ¡En verdad estamos volando! Me tallo los ojos, mi latido cardiaco es desacostumbrado y me abruma una sensación extraordinaria que me hace sumamente feliz.
—¿Esto es real? —cuestiono, imitando los movimientos del hombre para mantener una postura adecuada. Extiendo los brazos y piernas como un ave y trato de relajar mis músculos. Muy pronto, todo se siente tan natural.
—Si lo crees, entonces se vuelve real.
De inmediato, empezamos a desplazarnos por el aire. Nos elevamos hasta el cielo, hasta que soy capaz de tocar la nubes y mi risa se pierde en el horizonte. Damos piruetas, surcamos las faldas de una montaña… Nunca antes había experimentado esta sensación de íntegra libertad, se siente cómo un sueño…
Volamos sin ataduras mortales hasta el atardecer. El cielo se pinta de un celaje de fuego con nubes multicolores. Yo lo veo y vuelo una vez más. El viento en mi rostro, atravesando los poros de mi piel hasta limpiarme de cualquier preocupación.
Cuando descendemos, el suelo me parece ajeno. Soy novedad, un salto en el universo, el primer albor del litoral.
—¿Crees en la magia? —me pregunta el hombre.
Yo sonrío y asiento.
—Annara sumanara.
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