YeonJin estaba sentada sobre la silla de madera, tenía las muñecas y talones atados bruscamente a ella para impedirle cualquier movimiento. Su largo y liso pelo, antes un símbolo de su petulancia, ahora se le pegaba en la frente debido al sudor.

De pie frente a ella, Dong-Eun le observaba con una sonrisita socarrona. Después de tantos años de planear su dulce venganza, hoy sería el último acto que presentaría para reducir a YeonJin en cenizas.

Ya le había despojado de su prestigio y honor, había logrado destruir su hermosa familia (la mejor parte fue cuando su propia hija le dio la espalda), no contaba con ninguna red de apoyo, y todo el mundo sabía sobre la clase de basura que era. Pero algo faltaba, las entrañas de Dong-Eun suplicaban por una venganza física, una que le dejaría horribles cicatrices peores que las de ella.

Así que, la había amarrado a esa silla y mientras esperaba a que el efecto de la droga saliera de su cuerpo, conectó el rizador de pelo para que se calentara debidamente. El acoso que YeonJin le había hecho pasar durante la escuela le había dejado secuelas imposibles de borrar, aún por las noche se despertaba jadeante en consecuencia de las pesadillas y el reflejo que se encontraba cada vez que se miraba al espejo era el de un monstruo desdichado.

Quizá Dong-Eun nunca podría dejar el pasado, pero sí podía vengarse de la autora de aquel gran dolor.

—Recuerdalo, YeonJin. Siempre recibes lo que das.

Dong-Eun susurró a su oreja cuando la mujer despertó. De inmediato tomó el rizador y lo colocó en el brazo de YeonJin. Sus gritos desesperados no tardaron en colmar las paredes de aquella bodega abandonada a la par que la sed de venganza de Dong-Eun se saciaba con una perversa satisfacción.

—No solo te arrebaté aquellas cosas que tanto apreciabas, sino que también te volveré la criatura más despreciable que pueda existir. Serás igual en el exterior como en el interior.

Seguía despotricando y empujando el rizador contra la piel de YeonJin en cada extremidad hasta causar severas quemaduras.

—El monstruo aquí eres tú —escupió la mujer entre lágrimas y veneno.

—Tú me creaste. —le metió el rizador a la boca.

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