La tormenta de nieve había resultado mucho más furiosa de lo que Micah y Víctor se habían imaginado. Rápidamente, Micah los condujo a su hogar fuera del centro de entrenamiento. Apenas entraron, usó el Hwansu para encender la chimenea y luego de que ambos cambiaran sus ropas mojadas, se sentaron frente al calor del fuego para calentar sus cuerpos.
—¿Crees que Fyödr esté bien? —Víctor preguntó mientras se acomodaba una cobija sobre la espalda.
—Es un dragón de plata, pueden soportar los fríos más crueles. El problema será en verano, cuando la canícula se vuelva intensa, aunque para ese entonces, Fyödor habrá ganado más fuerza.
La chimenea crujió. El fuego continuaba siendo intenso, haciéndoles olvidar la tormenta que envolvía todo el exterior. Entonces, Víctor tomó la mano de Micah y le habló por telepatía:
<<Me gusta tanto que sepas de todas las criaturas fantásticas, es demasiado atractivo de tu parte.>>
Micah esbozó una sonrisa, sintiendo un alocado percutir dentro de su pecho. La leña ya se había consumido, sin embargo, la chimenea seguía encendida, igual que los sentimientos del mago.
—¿Puedo? —preguntó, mirando su boca.
A Víctor le hubiese aborrecido la idea de que alguien tocara sus colmillos, pero cuando se trataba de Micah, el deseo por experimentar su cercanía en todas las formas posibles le embargaba sin piedad alguna.
El vampiro asintió con la cabeza y Micah cerró la distancia entre ambos, haciendo que la cobija resbalara de su espalda. Con delicadeza le sostuvo de las mejillas y poco a poco le abrió la boca para observar con detenimiento sus afilados colmillos. Estaba deslumbrado por la magnificencia de la naturaleza de Víctor; pero tan pronto como sus labios se acercaron cada vez más, al punto de percibir la tibia respiración del contrario, ambos se sumergieron en un tímido y suave beso. Un beso que había sido postergado desde la primera vez que se vieron. Un beso que, finalmente, logró apagar la chimenea.
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