Micah se dedicó a observar con una curiosa atención los objetos de la tienda de antigüedades. De algunos desconocía su propósito, los de otro estante parecían contar historias de corazones rotos; y más allá, ahí por donde los rayos del sol ingresaban armoniosamente, había una vitrina el doble de grande que las demás. Hipnotizado por la belleza de la escena, Micah caminó en dirección a ella hasta que pudo notar que su interior albergaba una cantidad considerable de reliquias de cristal: demasiado frágiles para dejarlas a la vista en la intemperie. Y en medio de tan glamorosa hermosura, se encontraba una cajita del vidrio más angelical que haya visto jamás.
—Es una cajita musical.
Una suave voz apareció por su espalda. Al girarse, se encontró con un muchacho de piel lechosa, ojos ámbar y cabello rubio; pero lo que más resaltaba de él era su indiscutible belleza etérea. Micah lo reconoció de aquella visita que realizó al Colegio de criaturas mágicas.
—¿Y qué canción toca?
—La balada de las rosas de Delythena.
El muchacho respondió con una sonrisa mientras abría la vitrina para luego sostener cuidadosamente la cajita. De inmediato, Micah se acercó, la reliquia era mucho más hermosa cuando se veía sin ningún obstáculo, aunque sentía que debía contener la respiración en caso de que una ligerísima corriente de aire pudiera convertirla en polvo.
—Sin embargo, solo puede abrirse con sangre de vampiro —continuó el joven de belleza espectacular—. Por suerte, yo soy uno.
A continuación, el vampiro se llevó el índice a la boca, y mostrando uno de sus colmillos, se perforó ligeramente la piel, lo suficiente para que una gotita de sangre escapara. De inmediato colocó el dedo encima de la caja y dejó caer la gota.
Como un sempiterno arrebol apareciendo en un día nublado, la caja musical cobró vida tiñéndose de carmín. La tapa se abrió y en su interior apareció una hermosa rosa de cristal que fue acumulando pétalos al mismo tiempo que una cálida y melancólica melodía sonaba.
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