Víctor se la pasaba viviendo en las nubes. Desde olvidadizo hasta distraído, era común que tuviera percances desafortunados dónde sufría algún accidente y resultaba que se torcía el pie o chocaba contra una pared que no había visto, y si no fuera por el hecho de que era un vampiro, ya habría terminado en el hospital con cien puntos en todo el cuerpo.
Sin embargo, ese día se encontró con algo que le hizo poner su absoluta atención. Mientras miraba el cielo azulado a través del ventanal del colegio, el reflejo de un muchacho captó su interés de inmediato. De cabellos azabaches y un porte intimidante, Micah, el nuevo Elarian, iba caminando por un largo pasillo junto al director.
Anteriormente, Víctor había escuchado rumores en boca de otros alumnos sobre la visita del nuevo Elarian, quién había sido elegido a una corta edad a diferencia de las generaciones pasadas. Como era costumbre, al vampiro se le olvidó la tan esperada visita, por lo que ahora, una repentina sorpresa lo consumía por dentro sin que pudiera hacer algo para evitarlo.
Uno, dos, tres… Micah continuaba con su andar por ese largo pasillo, entablaba una conversación con el director y asentía con la cabeza de vez en cuando. Víctor mantuvo su vista fija en él, fascinado por el atractivo del joven y por la ternura escondida en sus ojos.
A unos metros de cerrar la distancia entre ambos, Micah lo volteó a ver, y en esa sempiterna unión, la mirada del mago adquirió un tono amatista luego de que hiciera un discreto ademán con la diestra. Víctor permaneció absorto hasta que las visitas terminaron su recorrido y alcanzó a divisar una sonrisita apenas disimulada en los labios del mago.
Cuando regresó la mirada al cielo, notó algo asombrosamente diferente en las nubes, pues ahora estaba formadas en cuatro letras que decían: Hola, Víctor.
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