El ámbar en los ojos de Víctor refulgía con un singular atractivo frente a las cálidas llamas de la fogata. Era parecido a un encantamiento cuyo propósito era hipnotizar a Micah, quién ahora era incapaz de apartar la mirada de él. Cuando sus ojos se encontraron, rápidamente clavó la vista en la fogata, misma que había incrementado con vehemencia debido a que Micah aún no controlaba del todo el Hwansu.
—El invierno alejó a todos los dragones —Víctor comentó mientras recobraba la compostura ante la sorpresa de la fogata.
—Se van en busca de un sitio más cálido, aunque los dragones de nieve son la excepción, claro está —Micah había apaciguado ya el nerviosismo del fuego.
—¿Aprendes sobre todas las criaturas que existen?
—Debo hacerlo, sí.
—¿Has… has leído sobre mí?
Aquella pregunta regaló a Micah un latido desacostumbrado. Temía que se le escapara cierta confesión acerca de Víctor, como por ejemplo, el hecho de que se haya visto demasiado intrigado cuando leyó que los vampiros de su especie podían caminar bajo el sol sin ningún peligro. Antes de que pudiera responderle, una portentosa corriente de aire apagó el fuego con violencia; la nieve de pronto les pegó en el rostro, así que el mago tuvo que crear una barrera con el mismo viento para protegerse. Lo que más les alarmó fue el rugido de un dragón que aterrizó a unos cuantos metros de ellos.
Esa noche, la luna brillaba con absoluto esplendor, por lo que les fue posible observar la impenetrable y preciosa piel del dragón. Los tres se miraron en silencio por un momento, los jóvenes muy atentos a los movimientos de la criatura. A Micah le parecía extraño ver un dragón de plata estando el invierno tan avanzado, pues sabía que ellos preferían los climas cálidos, aún así no bajó la guardia y tensó el brazo derecho en caso de que llegara a necesitar la espada.
Sin embargo, nada más ocurrió, y así cómo el dragón irrumpió en su noche, espontáneamente se fue volando con el silbido de sus alas contra la corriente de aire. Micah permaneció absorto, rumiando entre sus conocimientos para encontrar una respuesta lógica.
—¡Micah! —Víctor gritó a sus espaldas— ¡Ven a ver esto, no me lo vas a creer!
El mago recogió un puño de las brasas sobrevivientes de la fogata y encendió una llama poderosa en la palma de su mano mientras corría hacia Víctor. Al llegar, sus ojos se abrieron de par en par, no podía creer lo que estaba mirando.
—¿Es lo que creo que es? —musitó.
Frente a Víctor se hallaba un enorme huevo plateado del tamaño de su estatura.
—Nos lo ha dejado para cuidarlo —el vampiro sonreía con gran emoción.
—No he escuchado de dragones que van por ahí dejando sus huevos al cuidado de desconocidos.
—No podemos dejarlo aquí, Micah. Lo veas como lo veas, esto es una maravilla invernal.
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