Alicia apoyó la palma de su mano sobre el vidrio frío antes de cerrar apenas la persiana. Desde afuera, su figura se recortaba en una luz cálida que no lograba escapar del todo: una silueta pequeña, de pelo corto y canoso, moviéndose despacio dentro de su pequeña ochava en medio del invierno.

Adentro, la casa resistía al frío como podía. El televisor murmuraba en voz alta, típico de alguien mayor que no oye como antes. El aire estaba espeso, tibio, con ese olor mezcla de azufre y talco que se pega a los muebles viejos y a las cortinas casi translúcidas. Era un calor distinto, profundamente familiar. Un refugio.

Alicia caminó hasta el modular. Lo hizo casi de memoria, como todas las tardes, cuando ya caía el sol en el pueblo. Ahí estaban las fotos: su hijo de chico, con los dientes separados; su hijo más grande, con uniforme; su hijo abrazándola en algún cumpleaños que decidieron congelar en una imagen. Entre los marcos, apretadas como si quisieran vigilarlo todo, se observaban unas pequeñas estatuillas de Dios y la Virgen del Luján, algunas gastadas, otras apenas descascaradas, pero con mucho peso sentimental. Ambas habían sido bendecidas en la basílica mayor por un cura que ella conocía de tantos años de visitar el lugar. 

Se detuvo frente a ellas.
No suspiró. 

No dudó.
Simplemente juntó las manos.

—Cuidámelo —dijo en voz baja, sin dramatismo, como quien pide algo necesario, cotidiano—. Donde esté… cuidámelo.

La televisión siguió hablando sola. Afuera, el frío se filtraba entre las persianas de todo San Pedro. Pero en ese rincón, frente a ese pequeño altar improvisado, Alicia sostenía algo más que una oración: sostenía la única forma que tenía de estar cerca de su hijo en medio de Malvinas.

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