El Poema del Saco Gris (Versión más intensa)
Este escrito fue hallado
en el bolsillo interno del saco gris de Luciano,
un saco gastado en los codos,
con olor a metal, a trabajo y a polvo de pan.
Luciano era un obrero sin adornos,
sin discursos ni quejas,
pero con un candor tan real
que parecía imposible en un mundo herido.
Había días en que no tenía nada:
ni monedas para el bus,
ni pan para la noche,
ni rumbo claro.
La necesidad le respiraba en la nuca
como un perro flaco.
Aun así, su conciencia seguía erguida,
como si dentro de él viviera
un pequeño sol.
Una tarde dijo con voz cansada,
pero limpia:
“No tengo un solo centavo
de la encomienda de los compañeros del taller.”
No lo dijo para ser admirado,
ni para justificarse,
sino porque era verdad.
Y la verdad era su única riqueza.
Cuando revisaron el saco gris,
no hallaron rabias, ni reclamos,
ni papeles llenos de frustración.
Solo encontraron la hoja doblada de su poema,
y en el fondo, casi invisibles,
las diminutas huellas de azúcar
de algunos dulces que guardaba para sobrevivir la tarde.
Esas manchas claras,
esas miguitas adheridas al forro,
eran la prueba secreta
de que Luciano se defendía del mundo
con lo único que tenía:
un poema, un dulce,
y la fe de un niño escondido en un hombre cansado.
A veces, mientras ajustaba una pieza o limpiaba una tuerca,
en su memoria sonaba un himno:
“Cuando combatido por la adversidad,
creas ya perdida tu felicidad…”
Y ese canto lo sostenía.
Era como si alguien lo buscara por dentro
y le dijera:
Aguanta un poco más.
Pero también, desde la otra mitad del mundo,
le llegaba el tango Cambalache,
mostrándole los bordes sucios de la vida:
la injusticia, la burla, la tentación del atajo,
la corrupción disfrazada de éxito.
Entre esas dos músicas —
la del cielo que lo llamaba,
y la de la tierra que lo empujaba—
Luciano caminaba cada día.
Y en esa grieta,
en esa lucha silenciosa que nadie veía,
nació este poema.
Examen del Sabor y de la Conciencia
(El poema permanece tal como estaba, pero ahora se lee con un corazón más abierto, porque ya conocemos al hombre que lo escribió.)
Luciano vivía en medio de esas dos músicas:
la esperanza y el desencanto,
la fe y el barrio,
la lágrima y la herramienta.
De ese equilibrio nació este poema,
hallado en su saco gris,
doblado con delicadeza.
Examen del Sabor y de la Conciencia
Es un examen, una conclusión:
el tejido entre la capacidad y la flojera,
tendido sobre el paisaje crudo que representa una comida.
La frugalidad, la escasez, la simplicidad:
todas dibujan factores que matizan el momento,
la esencia,
la dulzura de la amargura,
aquello que llamamos sabor:
sabor de sentidos, de aromas,
sabor que toca la memoria.
“Dulce es el sueño del trabajador,
coma mucho o coma poco”, dice el salmo.
Aquí estamos, una vez más,
en la cita diaria con el plato.
Las horas precisas pesan como un desafío.
“El hombre se pule con el trato de otro hombre”, declara el proverbio,
aunque a veces las limas que pasan sobre el alma
son más de lo necesario.
Sin embargo, hay un pan que debe ir a la boca.
Debe salir del mundo de las mercancías
y convertirse en alimento,
en sustento,
en gracia cotidiana.
Los caminos coherentes tropiezan
con la tentación del dinero fácil:
vender los principios
para llenar los platos.
Entonces el plato rebosa de manjares,
la cuchara parece elevarse de estatura,
pero la conciencia —esa convicción sagrada—
permanece intranquila.
Por eso advierte el proverbio:
“Si encuentras miel, no comas en exceso,
porque vomitarás”.
Y revive con más luz otro dicho antiguo:
“Más vale plato de legumbres donde hay paz
que toro cebado donde hay discordia”.
Y es ahí donde recuerdo a Jonatán,
cuando probó un poco de miel
y sus ojos resplandecieron.
Ese brillo no era solo azúcar sobre la lengua:
era la chispa del que come con conciencia pura,
del que recibe un pequeño bocado
sin culpa ni engaño.
Ese brillo es la medida verdadera
de un pan justo.
Eso pensé en esta fría tarde.
Son las seis.
La sala de conciertos está a punto de cerrar.
El día fue difícil:
el chico, el primero, está sin trabajo,
y desde su casa la música ha perdido el ritmo,
la funcionalidad,
la melodía.
En el concierto, los instrumentos permanecen inertes,
tristes,
sin cumplir su propósito.
Las boquitas de los niños
ya no sonríen con candidez.
Dios maravilloso,
toma en cuenta esta causa.
Envía tus ángeles
para vigilar nuestros caminos,
para que el pie cojo no se salga de la senda,
sino que permanezca firme en Ti.
Señor poderoso,
en tu nombre precioso confiamos:
Tú respondes la oración,
Tú das pan al que come
y semilla al que siembra.
En cada situación,
solo en Ti
podemos apoyarnos.
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