No sé bien por dónde empezar. Ni a decirlo, ni a escribirlo.
Hay días —estos días— en los que siento la cabeza encendida a mil, como si no tuviera un botón de apagado, mientras el cuerpo va en otra velocidad, más lenta, casi ausente. Como si solo estuviera ahí… cumpliendo.
A veces desearía no pensar tanto. Pero algo cambió: volví a recordar sueños. Y eso, después de tanto tiempo, no es un detalle menor. Es casi como si algo en mí se estuviera despertando, aunque no sepa todavía para qué.
Sigo estirando una decisión que, en algún momento, parecía inevitable. La pateo, la esquivo, la rodeo. Pero el cuerpo ya no negocia. Me pide —no, me exige— que le devuelva las ganas. Las ganas de hacer, de estar, de sentirme presente de verdad. Porque eso es lo que viene pasando: estoy, pero no estoy. Escucho, asiento, dejo que otro ocupe los silencios. Que hable por mí. Que llene espacios que yo no puedo… o no quiero llenar.
Y sin embargo, hoy fue distinto.
Hoy amanecí con una especie de impulso. Una incomodidad que no paraliza, sino que empuja. Como si algo adentro dijera “basta”. Como si mi cabeza y mi cuerpo, por primera vez en mucho tiempo, estuvieran de acuerdo en algo: necesito moverme. Crear. Limpiarme. Sacarme de encima lo que pesa. Las comparaciones, la envidia que aparece sin permiso, la vergüenza que se instala donde no debería.
Quiero viajar. No importa tanto el destino, sino el gesto. Irme porque quiero, cuando pueda, sin depender de nadie. Sin seguir postergando deseos que, en el fondo, son bastante simples.
No quiero más trabas.
Quiero foco.
Quiero avanzar.
Quiero volver a encontrar felicidad en lo pequeño. En momentos que no hagan ruido, pero que me hagan bien. Conocer gente, abrirme, salir de este estado raro en el que estoy hace tiempo.
Porque sí… es eso.
Suspensión.
Espera.
Quietud.
¿Retroceso?
No lo sé. Lo único que sé es que necesito claridad. Necesito volver a algo que alguna vez fui… aunque ni siquiera tenga tan claro qué era exactamente.
Solo recuerdo que me sentía feliz.
Mucho. Incluso estando sola.
Y eso me deja pensando.
Porque sí, también fui feliz acompañada. No puedo negarlo. Pero últimamente hay algo que no cierra. Algo que pesa. Algo que me va hundiendo de a poco, casi sin hacer ruido, por intentar sostener algo con lo que ya no termino de identificarme.
Quizás esto también sea parte de compartir. De acompañar. De construir con otro.
O quizás no.
Porque también hay algo más honesto que todo eso, aunque incomode.
Que ya lo sé… Hace tiempo lo sé.
Lo siento en el cuerpo antes que en las palabras. En ese cansancio que no se va, en esa desconexión que se repite, en esa versión mía que se va apagando mientras intento sostener.
Y aun así, lo sigo estirando…
Como si darle un poco más de tiempo fuera a cambiar algo. Como si no decidir, en el fondo, no fuera también una forma de decidir. Pero hay algo que ya no puedo seguir ignorando. Y es que, aunque me cueste, aunque no quiera, aunque duela… esto ya tiene un final.
Solo que todavía no me animo a decirlo en voz alta.
OPINIONES Y COMENTARIOS