Un día, transitando por un camino de tierra durante un paseo familiar, la vimos. Era pequeña, redondita y tenía un caparazón café que brillaba al sol. Marchaba delante de nosotros y se movía más rápido de lo que cualquier niño o niña podría imaginar.
¡Una tortuga! gritamos sorprendidos.
Hasta ese momento, las tortugas solo existían para nosotros en revistas, cómics o dibujos animados. Pero esta era real. No era D’Artagnan, el de la recién inaugurada televisión nacional. Esta estaba ahí, avanzando frente a nosotros.
Mi padre se agachó y la tomó con cuidado. Con esa honestidad que siempre lo caracterizaba, y que en ese momento sentimos casi como una traición, dijo que había que buscar a sus dueños. Recorrió las casas cercanas, tocó varias puertas, pero nadie respondió. Y, aunque lo celebramos, guardamos en secreto nuestra alegría.
Ese día la tortuga se fue a casa con nosotros, dentro del bolso donde antes llevábamos galletas y jugo. A través de la malla se la veía metida en su caparazón, tranquila, como si supiera que ahora tenía un nuevo hogar.
La llamamos Lulu. Nunca supimos si era hembra o macho, pero “tortuga” nos sonaba femenino y el nombre nos gustó a todos. Mi hermana mayor, que siempre ha tenido ideas dulces para nombrar mascotas, fue quien lo propuso.
Lulu vivió con nosotros muchos años, como corresponde a su especie. En verano paseaba por el jardín, el comedor y la sala de estar con pasitos suaves, como si caminara sobre nubes. En invierno desaparecía. Se suponía que dormía bajo la tierra tibia, pero en realidad lo hacía bajo el mueble donde mi madre guardaba la loza. Desde entonces, montábamos una vigilancia diaria esperando su despertar.
No le gustaban las cajas de cartón, por muy bonitas que fueran, aunque les hiciéramos puertas y ventanas con tijeras. Con total indiferencia por nuestro esfuerzo, elegía siempre su propio lugar.
Comía cuando quería y caminaba como si tuviera todo el tiempo del mundo. Le encantaban las cáscaras de sandía: las mordía con fuerza, como si fueran lo más rico del universo. También bebía agua, muy de vez en cuando de una pequeña laguna que habíamos hecho en la tierra. Primero la miraba con desconfianza, la rodeaba varias veces y, de pronto, bebía. Y nosotros celebrábamos como si hubiera ganado una carrera.
Lulu también nos acompañaba cuando íbamos al colegio. Seguramente nos veía partir y luego volvía a descansar bajo el papayo, cuyo tronco nunca logró devorar, pese a sus intentos y a las quejas de mi madre. A veces se escondía entre las plantas o bajo el viejo membrillero del pequeño patio en ese cerro modesto de Valparaíso, donde mi madre defendía cada año sus frutos de los vecinos que se asomaban por el muro.
Cuando crecimos, empezó a escuchar música fuerte, fiestas, risas de amigos, pasos apurados y voces nuevas. Todo cambiaba a su alrededor y ella seguía allí, tranquila, como una reina antigua.
Vio la ropa de universidad secándose al sol, los primeros amores, los que se iban y los que se quedaban. Y en los días de plomo, cuando la casa se llenaba de silencios y secretos, Lulu seguía paseando despacio entre los pies de quienes hablaban en voz baja y soñaban un futuro sin miedo. No entendía las miradas inquietas, pero permanecía allí, como una cómplice silenciosa que nunca contaría nada.
Lulu nunca habló. Nunca se quejó. Solo caminaba, dormía, comía y observaba. Con sus ojos tranquilos y su paso lento, fue parte de nuestra vida, de nuestras historias y de nuestros secretos.
Y un día, simplemente, ya no estuvo. Se durmió en silencio, igual que como vivió.
Pero si cierras los ojos y te quedas muy quieto, quizás puedas imaginarla caminando todavía entre los muebles de alguna casa o bajo el papayo del jardín, recordando todo lo que vio.
Porque Lulu fue mucho más que una tortuga. Fue nuestra camarada.
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