Mis hijos. Los tres, me ignoran.

Mis hijos. Los tres, me ignoran.

Hay un instante —no sabría decir si pertenece al presente o a una región ya abolida del tiempo— en que uno comprende que ha sido desplazado de su propia historia. No es una expulsión violenta ni una traición declarada; es, más bien, un lento corrimiento, casi imperceptible, como el de esas sombras que al atardecer abandonan los objetos sin que nadie lo note. En ese instante, que sospecho definitivo, advierto que mis hijos —los tres— me ignoran.

No se trata, conviene aclararlo, de un olvido absoluto. No he sido borrado como una palabra errónea en un manuscrito prolijo. Persisto, sin duda, en algún registro civil, en fotografías detenidas que ya nadie mira, en ciertas anécdotas que tal vez repiten con indulgencia o fastidio. Pero esa persistencia es apenas un eco, una forma degradada de la presencia. Lo que ha cesado —y esto es lo que duele con una precisión casi metafísica— es la gravitación de mi existencia en sus vidas.

Pienso, no sin ironía, que fui para ellos una suerte de dios menor. No en el sentido de la omnipotencia —que siempre me fue ajena— sino en el de esa autoridad silenciosa que organiza el mundo. Yo nombraba las cosas: el día, la noche, el peligro, la confianza. Yo decidía, sin saberlo, el contorno de sus temores y de sus deseos. Como esos dioses antiguos que requerían sacrificios, también yo exigí, sin advertirlo, obediencia, atención, quizá amor. Ahora advierto que todo dios está condenado a su propio eclipse.

Recuerdo —o creo recordar— ciertas tardes en que sus voces llenaban la casa con una intensidad que hoy me parece inverosímil. Había en esos días una ilusión de permanencia, como si el tiempo fuese una estructura sólida y no esta materia inestable que se disuelve en cuanto intentamos fijarla. Yo creía, con una fe que ahora juzgo ingenua, que ese orden doméstico era una forma del infinito.

Pero el infinito, lo sabemos, es también una trampa.

Mis hijos crecieron, y en ese crecimiento hubo una primera traición que no supe reconocer: la necesidad de un mundo donde yo no fuese necesario. Comprendo ahora que esa necesidad no es una falta moral sino una ley natural, tan inexorable como la gravedad. Todo hijo, para ser, debe negar en alguna medida a su padre. Sin embargo, entre esa negación saludable y esta indiferencia que hoy me rodea hay una distancia que no logro medir.

He ensayado diversas explicaciones. La más indulgente atribuye esta distancia al vértigo del tiempo moderno, a la dispersión de las voluntades en un universo de estímulos que compiten por la atención. En ese mundo, yo sería apenas un residuo, una voz de otra época que no logra hacerse oír entre el ruido. Otra explicación —más severa— sugiere que mi propia torpeza ha contribuido a este desenlace: palabras no dichas, gestos mal interpretados, silencios que fueron leídos como desinterés o desprecio.

Pero sospecho que ambas explicaciones son insuficientes, acaso porque toda explicación lo es.

Hay, en la ignorancia de mis hijos, algo que trasciende la mera anécdota familiar. Es como si yo hubiese sido relegado a una zona marginal del universo, una suerte de periferia donde las cosas existen sin influir. Pienso en esos libros olvidados en una biblioteca infinita, que contienen verdades o mentiras que nadie leerá jamás. Pienso, también, en ciertos dioses abandonados por sus fieles, condenados a una eternidad sin plegarias.

No puedo evitar preguntarme si esta situación no es, en última instancia, una forma de justicia. Tal vez, en algún momento que ya no puedo precisar, yo mismo ignoré a quienes me precedieron. Tal vez repetí, sin saberlo, esta misma escena con otros nombres y otros rostros. Si esto es así, la indiferencia de mis hijos no sería una anomalía sino una reiteración, una de las tantas formas en que el universo se repite a sí mismo.

La memoria, que suele ser una aliada, se vuelve en estos casos un instrumento ambiguo. Me devuelve escenas que parecen contradecir el presente: risas compartidas, confidencias, una mano pequeña que buscaba la mía con una confianza absoluta. ¿Cómo reconciliar esas imágenes con este silencio que ahora me define? ¿En qué punto del tiempo se produjo la fractura?

He pensado, no sin cierta desesperación, que tal vez la respuesta no esté en el pasado sino en una falla del lenguaje. Quizá no sabemos nombrar adecuadamente estas distancias, y al no poder nombrarlas, las volvemos irreversibles. Decimos “me ignoran”, pero esa frase, tan rotunda, oculta una complejidad que se nos escapa. ¿Es ignorar lo mismo que olvidar? ¿Es olvidar lo mismo que dejar de amar?

No lo sé.

Hay noches en que imagino un diálogo imposible. En él, mis hijos me escuchan con una atención que ya no existe, y yo logro, por fin, decir aquello que nunca supe formular. No se trata de reproches ni de demandas —esas formas menores de la desesperación— sino de algo más simple y más difícil: el reconocimiento mutuo de una historia compartida. En ese diálogo imaginario, comprendemos que ninguno es culpable y que, sin embargo, algo se ha perdido de manera irremediable.

Pero ese diálogo no ocurre.

Lo que ocurre es este presente, sobrio y casi abstracto, en el que mi figura se ha vuelto prescindible. Y, sin embargo, hay en esta constatación una curiosa forma de libertad. Si ya no soy necesario, si mi ausencia no altera el curso de sus vidas, entonces también yo estoy liberado de ciertas expectativas que tal vez me ataban sin que lo supiera.

No sé si esta libertad es un consuelo o una nueva forma de la intemperie.

A veces pienso que el verdadero problema no es que mis hijos me ignoren, sino que yo no logro ignorarlos a ellos. Persisten en mí con una intensidad que desafía la lógica: no como son ahora —figuras lejanas, casi abstractas— sino como fueron, o como creo que fueron. Esa persistencia es, quizá, la última forma del vínculo.

El tiempo, ese artificio que nos permite ordenar el caos, seguirá su curso. Tal vez llegue un día en que esta distancia se atenúe o, por el contrario, se vuelva definitiva. Tal vez alguno de ellos, por azar o por necesidad, recuerde mi nombre con una emoción que hoy no sospecho. O tal vez no ocurra nada de eso, y esta historia se disuelva como tantas otras en el olvido.

No tengo respuestas, y acaso esa sea la única certeza honesta.

Solo sé que, en algún lugar de este laberinto que llamamos vida, fui padre de tres hijos que hoy me ignoran. Y que en esa ignorancia —tan silenciosa, tan precisa— hay una forma del destino que me toca aceptar, no sin dolor, pero también sin rencor.

Porque si algo he aprendido, tarde y con dificultad, es que el amor —aun el que no es correspondido— no exige ser recordado para haber sido real.

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