Generar vínculos estrechos, positivos y constructivos con otros seres vivos es un sentimiento muy noble y hasta necesario si se lo coloca en el plano de cuestiones referidas a problemáticas ecológicas o ambientales. Un ejemplo claro de ello es nuestra relación con las mascotas. Los animales despiertan en el común de la población sentimientos muy diversos, los hay quienes acarician y abrazan con fraternal amor a cuanto animal se les cruza en el camino y los que sienten verdadera repulsión a su sola presencia. Pero el caso de la señora Pet se diferenciaba de todos los que tuve que investigar en la jefatura.

Muchos aman a los gatitos, a los perritos y a cuanto animalito ande dando vueltas por allí haciendo de las suyas para lograr atención, un poco de afecto y obviamente alimento. Pero no todos tienen mascotas dándoles cariño, vacunándolos, cuidándolos, sacándolos a pasear, aseándolos, etc. Unos pocos compran mascotas otros tantos los adoptan y todos les brindan amor genuino. Para otros la relación con mascotas es un tema menor, sin relevancia y hasta sin sentido. Muy pocos hacen de su vínculo con las mascotas un estilo de vida, estrechando lazos al extremo de lo patológico y dedicando la mayor parte de su tiempo al cuidado obsesivo y meticuloso de los mismos. Este es el caso de la señora Artemisa Petkovich, conocida también como la señora Pet. Sin antecedentes de ningún tipo…ninguna infracción de tránsito, todos sus impuestos al día pero poseedora de un destino trágico y no merecido.

Pero quién era la señora Pet?….ella era una mujer caucásica, de sesenta y cuatro años, estatura promedio (1mt 64 cm para mayor exactitud), que vivió toda su vida de las rentas originadas de las propiedades heredadas de su padre (un mujeriego comerciante e inversionista exitoso del pueblo de Valle Alto). Era soltera, descuidada en su aseo personal y con un carácter fácilmente irascible. La señora Pet era intratable, su temperamento hizo que se alejara de sus pocos familiares y vecinos, adquiriendo prácticamente una vida “ermitaña” y de aislamiento…los únicos seres vivos que despertaban su compasión eran sus mascotas. Sus cinco perros ocupaban gran parte de su tiempo, hablaba con ellos, los retaba, aconsejaba y alimentaba con devoción, pero quien era su preferido de todos era su gato Samael o Samy como ella lo llamaba cariñosamente. Una señora de raros hábitos, de trato distante, algo despectiva en sus formas pero amorosa con sus mascotas, especialmente con ese maldito gato.

Recuerdo en alguna oportunidad haber cruzado con ella algunas palabras, breves saludos formales o simples comentarios triviales al salir de la iglesia los domingos o en la puerta de la tienda de mascotas que frecuentaba habitualmente. Nada hacía prever su cruel destino. No es que la señora despertara en mi afecto alguno, pero nadie merece abandonar este mundo como ella lo hizo. Por sobre todo era una mujer profundamente cristiana y esos sentimientos de caridad a veces afloraban en su persona en momentos festivos o fechas especiales, como el aniversario de la muerte de su padre (a su madre nunca la conoció, algunos dicen que pudo haber sido alguna de las prostitutas que frecuentaba su padre en el cabaret del pueblo vecino, pero nadie sabe con certeza).

Viene a mi mente el día que reportó la desaparición de ese gato Samael…desesperada al teléfono hablando con la voz exaltada y con un tono alarmante, comentaba con notoria angustia que Samy se había ido del hogar y hacía días que no regresaba…en un principio pensamos que era un pariente suyo, pero luego al darnos la descripción se hacía clara referencia a su mascota. Es increíble el vínculo que se puede generar con los animales, sentimientos que no siempre son correspondidos debidamente. La tranquilizamos, como pudimos, tarea nada sencilla y nos pusimos a su disposición, pero lo cierto es que el animal a las pocas horas apareció por su vivienda para regocijo de su desconsolada dueña. Todo había terminado o más bien comenzado. De algún modo, desde ese episodio, la relación entre el gato y la Sra. Pet iría cambiando, y otros hechos se sucederían anticipando el trágico final.

Cinco meses antes del hecho en cuestión, una vecina de ella se comunicó con la oficina policial para informar que hacía días no veía a la sra. Pet y que el diario semanal que recibía los domingos se había acumulado en la puerta de su vivienda, a esta cuestión se sumaban otras señales de alerta como que no respondía mensajes telefónicos y tampoco la habían visto en las reuniones dominicales de la iglesia. Disponemos de un móvil que circulaba por las inmediaciones e ingresa forzando la puerta de acceso principal ya que nadie respondía a los llamados del policía comisionado al lugar, encontrando a la señora Pet sentada en la cocina con su pie muy hinchado y con un bastón en su mano. Se quejaba de fuertes dolores en su cadera y fue traslada al hospital zonal de urgencia, donde fue enyesada, puesta en observación unos días y medicada. En esos momentos su única preocupación era el cuidado de sus mascotas.

Al indagar sobre los causales de su accidente doméstico, comentó que el gato se cruzó entre sus piernas al bajar las escaleras, lo que provocó su caída y fuertes golpes. Se le aseguró que sus mascotas serían cuidadas con la colaboración de algunos vecinos y agradeciendo las gestiones de la policía se dispuso a descansar mirando con nostalgia la ventana del cuarto añorando su próximo reencuentro con sus amadas mascotas. La enfermera luego me confesó que había momentos donde la encontraba llorando, no por el dolor de las heridas sino por extrañar a sus animales, especialmente a su gato. Hecho raro, ya que fue ese felino el causante de su accidente, pero para ella, el episodio se debió a una cuestión más vinculada a la fatalidad, a su edad, al destino o al estado de las escaleras. Jamás pensó que ese animal sería el responsable de actos poco creíbles e indescriptibles en el futuro próximo. Nunca olvidaré la mirada de ese animal el día de la tragedia.

Cuatro meses antes del triste y lamentable episodio que terminó con su vida, el pastor, que visitaba a todos los feligreses de su congregación habitualmente, comentó que al visitar a la señora Pet, se le ofreció un té con galletas horneadas y mientras dialogaban sobre el evento de caridad organizado por la iglesia se produjo un llamativo hecho. El gato saltó sobre la mesita donde estaba la tetera y las tazas junto a las galletas arrojando intempestivamente todo por el piso, rompiendo la vajilla y generando un caos en el sitio, por lo que el pastor tomó al gato en un acto reflejo y defensivo para poner fin a la destrucción, reaccionado el felino con rasguños en su rostro y manos. La señora Pet se dispuso inmediatamente a ordenar la escena, juntar los restos de la vajilla y limpiar, pidiendo disculpas al pastor y justificando el proceder del gato asustado por la presencia de personas extrañas o desconocidas en el hogar. Al despedirse de ella, vio como la señora Pet acariciaba al gato con fraternal amor como si nada hubiese ocurrido.

Tres meses antes del hecho, el cartero del pueblo comentó en un bar del pueblo que al dejar sus cartas, como lo hacía habitualmente, observó una imagen que captó su atención. Se podía ver desde la ventana de la vivienda a la Sra. Pet -sentada- y al gato -sobre la mesa- mirándose fijamente, nadie se movía, solo el gato movía su cola y la señora Pet parecía como en trance, drogada…parecía decir unas palabras que el cartero no podía descifrar. En ese momento uno de los perros ingresó al living ladrando y la escena finalizó, recuperando la conciencia la señora y el gato alejándose de la escena. El cartero se asustó, cayendo hacia atrás y alejándose rápidamente de dicho domicilio. En esa semana, la Sra. Pet fue observada en la tienda de mascotas y en la iglesia como en estado de conmoción, algo abstraída y evasiva…como en otro mundo, algunos afirmaban que por momentos hablaba sola pero en un idioma desconocido.

Hace dos meses que nadie ve a la Señora Pet…algunos pensaron que quizás se había vuelto a caer y por ese motivo no insistieron en llamados o denuncias…pero con el correr de los días su vecina empezó a notar un olor putrefacto, nauseabundo y muy penetrante que emanaba de su vivienda. Pensó que quizás alguno de sus perros había muerto en el fondo de la casa y ella no se había percatado del asunto…se acercó a la casa y por una de las ventanas laterales vio que caía agua por las escaleras. Inmediatamente se comunicó con bomberos y con nuestro departamento. Al ingresar al domicilio el horror se hizo presente. El olor era insoportable, los perros famélicos ladraban y el agua enrojecida por la sangre caía por las escaleras…al subir al primer piso la escena era terrible…un brazo se asomaba por la puerta del baño y a la mano estaba descarnada en tres falanges y de esos dedos solo quedaban sus blancos huesos.

El cuerpo de la señora Pet yacía en avanzado estado de descomposición, su hinchazón abdominal, su color fusionaba entre verdoso y violáceo, los fluidos corporales esparcidos en el piso, su rostro ennegrecido irreconocible y con los ojos saliendo de sus órbitas resultaba muy impresionable incluso para los experimentados bomberos. Los peritajes determinaron que había resbalado en la bañera golpeando su cabeza fuertemente con el lava manos…se encontraron extraños arañazos en la cortina del baño. Al mover el cuerpo de la señora Artemisa Petkovich y llevarlo a la morgue para su correspondiente autopsia, el gato observaba toda la escena y los movimientos con especial atención, moviendo su cola y lamiendo sus bigotes enrojecidos con una mirada diabólica y perversa. El caso fue caratulado como muerte accidental.

Nunca olvidaré esa mirada.

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