Giraba la rueda dos minutos y la flecha apuntaba al jurista que debía realizar la pregunta. Esa noche los olores eran diversos y de todo precio, lociones baratas de estudiante recién egresado de las aulas, falsificaciones de togados presuntuosos, pero también el olor a oxido, a cigarro desgastado. Los rostros permeados por la norma y el inciso consideraban expectantes que la ruleta pare. Albeiro Salomón sonreía de manera nerviosa acicalándose las botas texanas
La flecha freno su curso, señalando de frente a Socorro Tupaz, la vieja se persigno de manera constante, trago el ultimo sorbo del café palatino y pregunto como definir el dolo eventual y la culpa con representación en el caso de Aurelio el therian que los últimos años de su vida pensó que era un lobo atrapado en cuerpo de relator de Tribunal, en esa casuística al intentar una ataque en el drive del Juzgado decimo penal fue ultimado por una bala de plata disparada dicen por error, por el inadvertido doctor Igua
Un frio abrasador recorrió las humanidades de los inveterados alquimistas de la norma, la respuesta debía proveerla la maceta Velasco de las nubes verdes, si la respuesta no era efectiva, el club disponía de una forma asistida de terminar su existencia. Es así como en épocas de la pandemia fraguaron el temible club del suicidio jurídico, ambivalencia temida por la cruceta Reyes
La maceta Velasco —esa que según los más antiguos había brotado de una grieta del Palacio de Justicia en el 85— se inclinó hacia adelante. No era propiamente una mujer, ni una planta, ni un mito: era una combinación de los tres, con hojas que temblaban cuando intuía una norma mal citada y raíces que se hundían en el piso de mármol como buscando jurisprudencia extraviada.
—El dolo eventual… —susurró, y el murmullo se esparció como un humo exegético entre los presentes— …no es tanto prever y aceptar, sino olfatear el riesgo y no apartarse. Como Aurelio el therian en su última madrugada, cuando ya no distinguía si el drive del Juzgado era un bosque o una jauría, y aun así avanzó.
Un par de abogados jóvenes se estremecieron. Había algo en la voz de la maceta que arrastraba recuerdos de exámenes de grado y noches de insomnio.
—En cambio la culpa con representación —continuó— es la torpe confianza del que cree dominar el desenlace, incluso cuando la realidad se burla en su cara. El doctor Igua, por ejemplo. Juraba que la bala de plata era un mito administrativo, una leyenda procesal más, como las tutelas que aparecen sin firmas o los expedientes que envejecen sin resolver.
Albeiro Salomón dejó de acicalarse las botas. Socorro Tupaz se persignó por inercia. La rueda parecía observarlos a todos con ojos invisibles.
—Aurelio eligió el riesgo —dictaminó la maceta—. Igua creyó evitarlo.
Un silencio fúnebre se extendió por el salón. Afuera, la ciudad seguía sin sospechar que, en aquella reunión del Club del Suicidio Jurídico, los conceptos no eran solo categorías dogmáticas: eran sentencias existenciales.
La cruceta Reyes —esa mujer que conocía más de la muerte que de los códigos— se acomodó el pañuelo y exhaló hondo. Ya sabía lo que vendría.
—Entonces —dijo—, queda abierta la puerta.
Y todos comprendieron que nadie sale indemne cuando la norma se vuelve abismo
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