Hoy quedé con Miguel para ir a comer a El Cuartito. Me cuesta salir de casa, pero una vez fuera disfruto mucho de la ciudad. Mientras recorro las calles transitadas por asiduos trabajadores y oficinistas que corren una carrera imaginaria, recuerdo los días de trabajo cuando veo la rutina de la ciudad desde la inercia. Pero hoy soy parte, como otra gota de sangre circulando con fuerza por este sistema cardíaco que es Buenos Aires. Paso entre la fila de turistas que esperan por una mesa y lo veo en el lugar de siempre. La verdad es que no tengo muchas ganas, porque ya sé a dónde va la conversación. Me quiere contar que se mudó a un dos ambientes en Colegiales con Flor, su prometida, con quien sale hace más de cinco años. Me va a hablar de lo increíble que es el barrio, de la suerte que tiene, del trabajo que le permite pagar varias excentricidades, como el Mini Cooper que maneja estos últimos meses.
Nos saludamos con un abrazo, porque, aun siendo tan diferentes, somos el uno para el otro un salvavidas.
No me equivoqué, su incontable lista de proezas termina con un:
—¿Y vos?
Ya sabe la respuesta. Nos conocemos hace más de veinte años, cuando comenzamos juntos el colegio secundario.
¿Y yo? Nada. Balbuceo algunas frases hechas. Le cuento que todavía vivo en el monoambiente de Retiro, que mi sueldo de barista apenas me alcanza para pagar. De hecho, este almuerzo no está dentro de mi presupuesto, aunque eso solo lo pienso, no se lo digo. Igual me va a invitar.
Las paredes están llenas de cuadros de fútbol y, ante mi evidente incomodidad por el rumbo que está tomando la conversación, nos ponemos a hablar de Racing. Estamos en medio de una acalorada discusión sobre quién es el máximo ídolo, si Basile o Milito, cuando el barullo de la gente y de los tenedores chocando contra los platos se detiene y es reemplazado por gritos y desesperación.
Dos tipos, con las caras tapadas y armados, entran y piden silencio.
—Shhh, callados o les volamos uno por uno la tapa de los sesos. Ni se te ocurra llamar a la policía, nena. Te estoy viendo.
Le pone el arma en la sien a una piba que tiembla y que ya dejó atrás la esperanza de poder dar aviso a la policía.
A continuación, con tono poco amable, nos explican que van a pasar mesa por mesa y que metamos todo lo que tengamos de valor dentro de las bolsas. Entre los sollozos de la gente y las preguntas en voz baja, uno de ellos se acerca a la caja y mete todo el contenido en la bolsa.
Nosotros estamos sentados lejos de la puerta, pero ellos se acercan. Hasta que no me apunta en medio de los ojos no me doy cuenta realmente de lo que está pasando. Y cuando me doy cuenta, y Miguel me grita qué hago, que no sea estúpido, que me van a matar, yo miro el brazo tembloroso que me apunta directo a la cabeza y me pregunto si tendrá el valor.
Porque yo sí.
Siento un alivio tremendo, como si me hubieran sacado de encima cuarenta kilos. Todo el dolor se evapora. Mi papá debió buscar eso: alivio.
En este mismo instante no me importa si todos se mueren, si le van a pegar un tiro a Miguel o si no veo más a Julieta. Si no la quiero; solo nos une el miedo a la soledad. Nunca existió romance entre nosotros. Ninguno de los dos muere de amor, como en las películas que pasan los domingos a la tarde por Telefe.
Cierro los ojos con fuerza y pido, por favor, que apriete el gatillo. Por favor. No lo digo en voz alta porque no tengo el valor suficiente.
¿Ya se preguntaron qué harían si alguien les apunta con un arma? Se los digo yo: de nada vale ese imaginario. Yo, por ejemplo, siempre fantaseaba con pelearme con el ladrón y desarmarlo, ser el héroe.
No dispara, porque nunca tuve suerte y hoy eso no va a cambiar. Me palpa furioso y me arranca el teléfono y la billetera. Se van corriendo y dejan atrás a un muerto. Pepe, el encargado, quiso desarmar a uno y le pegaron tres tiros en el pecho.
Yo estoy sentado exactamente en la misma posición que cuando entraron, ileso.
Miguel me mira con horror, con sorpresa, con desilusión.
—¿Vos te querés morir, pelotudo?
—Sí.
Y es la primera vez que digo una verdad en años.
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