Creo que, como civilización, hemos dado pasos agigantados: lejos están los tiempos en que el Estado podía mandarte arbitrariamente a la guillotina o al patíbulo; ahora, por lo menos, tiene la decencia de ser discreto y desaparecerte. ¡Cuánta seguridad!
Lejos están los tiempos en que la sociedad se dividía entre esclavos y amos: hoy la prole vive hacinada en barrios sucios e inseguros, y trabaja doce horas al día o más, pero no se le ven los grilletes. ¡Cuánta justicia!
Lejos están los días en que la ignorancia era tal que se creía que la Tierra era el centro del universo y que todo conocimiento descansaba en la superstición; hoy hay quienes tienen tan sano escepticismo que dudan de que la Tierra sea esférica, y el tarot, la astrología y el esoterismo se cultivan con rigor científico. ¡Cuánto saber!
Lejos están los tiempos en que solo el clero tenía acceso a los libros; hoy tenemos la libertad de echar a un lado a Shakespeare para ver La Casa de los Famosos. ¡Cuánta cultura!
¡Ah, los benditos frutos del progreso! ¡La tecnología! ¡La sapiencia! ¡Los derechos humanos! Qué bendición vivir en este siglo XXI.
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