El mundo no se divide
entre quienes nacieron para ser amados
y quienes no.
El mundo -quiero creer-
no se divide.
Pero hay cuerpos que se abren
y otros que se repliegan.
Hay manos que reciben
y otras que tiemblan
antes de hacerlo.
Dejarse amar
es un gesto silencioso:
aflojar la guardia,
ceder el peso,
descansar en otro
sin preguntar cuánto cuesta.
Hay algo en ese gesto
que pide respeto,
que pide ser recibido
sin ser puesto en duda.
Porque cuestionar el amor
también puede ser
una forma de negarlo.
Tal vez el movimiento sea ese:
abrirse.
Hacer lugar.
Dejar de empujar con culpa
lo que llega con ternura.
Quizás aprender a dejarse amar
sea, también,
aprender a soltarla.
OPINIONES Y COMENTARIOS