Sospecho que hay palabras que nacen cansadas, como si ya hubieran sido dichas demasiadas veces por bocas ajenas, y que sin embargo insisten en repetirse en nosotros. Tal vez este texto —si es que merece ese nombre— no sea más que otra variación de una antigua fatalidad: la de escribir para no desaparecer del todo.
He pensado, alguna vez, que el hombre no es sino una serie de versiones imperfectas de sí mismo. Cada día ensaya una máscara distinta, una entonación, una fe provisoria. Y sin embargo, en ese ejercicio continuo, hay algo que persiste, algo que no se resigna a ser olvidado. Quizás sea eso lo que llamamos alma, o quizás apenas sea costumbre.
Hay quienes creen en destinos, en arquitecturas invisibles que ordenan el caos. Otros —más lúcidos o más desesperados— aceptan que todo es azar, una suma de accidentes sin propósito. Yo no sabría decidir entre ambas conjeturas; sospecho que elegir una u otra es también una forma de fe, y toda fe implica una renuncia.
Esta noche, mientras la ciudad repite su incesante liturgia de luces y sombras, advierto que escribir es apenas un modo de demorarse en el tiempo. No lo detiene, no lo vence, pero lo engaña por un instante. Como quien dibuja un círculo en el agua, sabiendo que su forma será abolida, pero confiando en que, durante un breve segundo, habrá sido perfecta.
OPINIONES Y COMENTARIOS