El dia que las laguna me hablaron

El dia que las laguna me hablaron

El Día que las Lagunas me Hablaron

Un pronóstico prometedor y el amanecer en el Beagle

El viernes 6 de marzo de 2026, tras revisar el pronóstico del clima que mostraba un día excepcionalmente despejado —casi irreal—, decidí buscar en Google Earth un lugar para caminar. Me decidí por las lagunas Encantada, Encantada Superior, la Banana y la Laguna de las Torres del Río Chico. Antes, quería aprovechar para ver el amanecer desde la costa del Canal Beagle.

Salí de madrugada, antes de que el sol terminara de desperezarse. El cielo estaba limpio, aunque en la cordillera fueguina eso nunca es garantía de nada. Las cumbres aparecían todas nevadas tras la tormenta de días previos.

Tras una sesión de fotos maravillosas del amanecer, regresé a mi departamento, preparé la mochila con lo justo —agua, algo para comer, el equipo de mate, la cámara— y el corazón lleno de promesas mudas. A Agustín, a Cielito, a Leandro, a mamá… y, sobre todo, a Lore, que aunque esté lejos, siempre camina conmigo.

El inicio del camino y el valle de Andorra

Caminé hacia mi punto de partida, la tranquera de Andorra, observando cómo el cielo se volvía cada vez más azul. Un presentimiento me decía que sería un día espectacular.

Al estacionar el auto, vi a varios caminantes más dirigiéndose al valle de Andorra, probablemente hacia el glaciar Vinciguerra o al mismo lugar que yo. Comencé la caminata a las 8:45, tranquilo, contemplando el cerro Esfinge, el Cuerno Horns y el glaciar Vinciguerra.

Los demás caminantes me llevaban ventaja, pero pronto los alcancé y los pasé. Cerca del puente amarillo me crucé con un grupo de unas seis personas con guías que seguían la misma ruta inicial. Los pasé mientras observaban un cartel y charlaban.

La subida que empieza a exigirse

El sendero comienza suave, casi engañoso: bosque de lengas, olor a tierra y turba mojada, algún pájaro que parece despedirse. Pero después del puente, la cosa se pone seria. La subida es constante, el barro succiona las botas, el viento patagónico empuja como diciendo “¿seguro que querés seguir?”. En silencio le respondo: sí, quiero. Porque allá arriba hay algo que me está esperando desde hace años.

Con paso constante, casi sin paradas —solo escuchando mis latidos y mi respiración—, enfrenté una primera pendiente brutal que come piernas. En unos 45 minutos llegué a la bifurcación que separa el camino al Vinciguerra del que va a la Laguna Encantada. Eran las 9:30.

Primera recompensa: Laguna Encantada Inferior y Superior

Desde allí me esperaba otra subida importante, con mucho barro. Según los carteles, unos 40 minutos; lo hice en 10 menos.

Tras horas de esfuerzo apareció la primera: la Laguna Encantada Inferior. Descansé un rato, recargué agua y seguí hacia el acarreo que lleva a la superior.

Ese acarreo es muy vertical, con un sendero marcado pero exigente. Siguiendo las huellas, en unos 40 minutos más llegué a la Laguna Encantada Superior. Realmente fue superior en belleza: mágica, como un sueño.

La inferior mostraba un color oscuro —negro o azul según el reflejo del cielo—. Desde un mirador alto improvisado la vi con forma de boca abierta, como si cantara por ese bello día. La superior, en cambio, era de un turquesa imposible. Me quedé contemplándola, respirando hondo. Sentí que la montaña me daba permiso para seguir.

Hacia la Laguna Banana y el Cuerno Horns

Subí un poco más para fotografiar ambas lagunas en desnivel. Fue como repetir un sueño vivido en mi primer Encuentro de Montañistas.

Crucé el arroyo que une las dos lagunas y seguí ascendiendo hacia el Cuerno Horns. Las piernas ardían, el aire se volvía más frío, pero cada paso valía la pena. Sabía que me esperaba la Laguna Banana, de un celeste intenso.

Allí comprendí que estaba muy fuerte físicamente; podía lograr lo que había ido a buscar.

El regalo del tiempo y la llegada a la Banana

Recalculando tiempos —debía volver temprano para buscar a Leandro de la escuela a las 16:45—, le metí pata. Revisé los mensajes y vi que tenía una hora de margen extra. Mi corazón latió de felicidad.

Al llegar a la Laguna Banana no podía creer su belleza. Siempre la había visto congelada en visitas anteriores. Ubicada al pie del Cuerno Horns, con cielo súper despejado y azul profundo, su color celeste intenso me dejó hipnotizado. La belleza me mareaba.

El tramo desconocido: hacia la Laguna de las Torres

Hasta ahí conocía el terreno perfectamente. Lo que venía después era nuevo. Confiando en mi instinto de orientación, entré en una canaleta larga y empinada, con muchas piedras sueltas. La vista de la Laguna Banana mejoraba cuanto más alto subía.

Alrededor de las 12:30, ya bastante alto, comencé a ver las Torres. La emoción crecía. Tras cruzar la canaleta encontré nieve residual. Caminé sobre ella y, poco a poco, apareció la Laguna de las Torres: un azul profundo, mágico, irreal.

El momento que me quebró

Busqué una piedra grande para descansar, tomar agua y unos mates.

Al llegar a la orilla para sacar fotos y grabar videos… me quebré. Lágrimas calientes en una cara helada por el viento. No era tristeza: era demasiado. La belleza duele de tan perfecta. El esfuerzo, la soledad elegida, el miedo que se transforma en orgullo, la gratitud inmensa por estar ahí. Me sentí chiquito y gigante al mismo tiempo.

Grabé un video torpe, con voz entrecortada: “Lore, mirá esto… mientras vos estás disfrutando de las Torres del Paine, yo estoy acá contemplando las Torres del Río Chico. Con la promesa de volver a vivir esa emoción, pero juntos.”

También grabé para Agustín (“¡Mirá lo que logré!”), para Cielo y Leandro (explicándoles por qué amo tanto subir montañas), y pensé en mamá y en Naty, mostrándoles cómo vivo y disfruto los paraísos de Tierra del Fuego.

La vista privilegiada y el silencio que habla

Dejé la mochila y subí un poco más entre montañas de piedras para tener una vista privilegiada. El mundo se abrió: las tres lagunas encadenadas como hermanas que se toman de la mano, el glaciar soltando icebergs diminutos, y al fondo, dominándolo todo, las Torres del Río Chico: paredes rocosas verticales coronadas de nieve, reflejadas en la laguna.

Me senté en una roca, saqué el mate y dejé que el silencio me hablara. Las torres parecían guardianas eternas, el agua turquesa brillaba como si tuviera vida propia, el glaciar crujía a lo lejos.

Pensé en cuántas veces dudé en la subida, en cuántas pensé “hasta acá llego”. Y sin embargo, ahí estaba.

El regreso saboreando cada metro

Eran las 14:00. Recalculé tiempos y supe que tenía buen margen para buscar a Leandro. Recogí la mochila, saqué más fotos y comencé el descenso despacio, saboreando cada metro. El cuerpo dolía, pero el alma estaba llena.

Llegué a la Laguna Encantada Superior alrededor de las 14:30, tomé más mates a la orilla, cerré los ojos y dormí unos 5 minutos bajo un sol radiante que quemaba un poco.

A las 15:00 seguí bajando. Crucé el arroyo y, cuando creía tener toda esa maravilla para mí solo, escuché voces. Un grupo de cuatro hombres subía al mirador de la Encantada Superior. Nos saludamos, festejamos su llegada, les conté que había estado más arriba y los dejé sorprendidos. Ellos solo llegaban hasta ahí.

Descenso veloz y regreso a tiempo Bajé con cuidado por el acarreo vertical hasta la laguna inferior (llegué a las 16:00), tomé más agua, fotos y descansé. Sabía que la subida me había llevado hora y media; la bajada sería más rápida.

Entré al bosque, crucé el puente amarillo (donde descansaba otro grupo), seguí por la turba y me crucé nuevamente con el grupo de la mañana. Llegué a la tranquera a las 17:00 exactas. Había bajado desde la laguna en una hora.

Estiré las piernas, me hidraté y aún tenía 45 minutos para buscar a Leandro. Pasé por casa (no había nadie), esperé un rato y me dirigí a la escuela.

Llegué a Ushuaia con barro hasta las rodillas y una sonrisa que no se me borraba. Recordé las fotos y videos: la boca cantarina de la Encantada, los icebergs, las torres nevadas, el llanto que no me avergüenza.

Y escribí: “Hoy las lagunas me hablaron. Me dijeron que vale la pena seguir subiendo, aunque duela. Que la belleza a veces llega después de las lágrimas. Gracias, Tierra del Fuego. Gracias, vida.”

Lo que me enseñaron estas lagunas

La vida es muy bella. Tenemos en Tierra del Fuego lugares increíbles por conocer y disfrutar. Hay que estar preparados para las emociones, las frustraciones, los desafíos físicos y mentales.

Vale la pena todo esfuerzo, porque al final siempre recibimos más de lo que damos.

Mientras Lore caminaba hacia las Torres del Paine —el trekking icónico del Mirador Base Torres—, yo hacía mi peregrinación a las Torres del Río Chico. Ella con mucha gente, haciendo fila; yo completamente solo con la montaña.

¿No es una locura? Como si la Patagonia nos dijera: “Hoy van a sentir lo mismo, pero cada uno en su versión”. Yo grabando videos llorando de emoción; ella probablemente llegando al mirador con el viento patagónico y las torres brillando al sol.

Dos visitas a “Torres” diferentes, con muchos kilómetros de distancia, pero con la misma pasión: vivir la vida a pleno, en la naturaleza y en la ciudad, dispuestos a darlo todo, superando nuestros propios límites y obstáculos.

Dando fe de que somos mucho más fuertes de lo que creemos.

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