Vale la pena levantarse cada día,
aunque el peso del mundo apriete los hombros,
aunque el alma tiemble y la oscuridad susurre.
Vale la pena llorar, gritar, perder,
como se vale la pena romperse para reconstruirse,
vale la pena reír, callar, ganar,
como se vale la pena que el corazón baile sobre cenizas.
Vale la pena vivir cuando duele,
cuando el silencio de la soledad se vuelve música,
cuando cada lágrima riega semillas de creación,
cuando cada herida abre la puerta al cambio.
Vale la pena la lluvia que nos empapa hasta los huesos,
el sol que incendia nuestra piel con su calor,
el viento que congela la nariz y despierta los sentidos,
el crujir de las hojas secas bajo los pies,
recordándonos que la vida es un suspiro que arde y se va.
Vale la pena amar,
amar con locura, con miedo, con todo lo que somos,
vale la pena sentirse roto y sentirlo todo,
porque en cada grieta brilla la luz de lo posible.
Vale la pena existir,
escuchar tu canción favorita y dejar que te atraviese,
sentir que cada instante, aunque parezca insignificante,
es un milagro,
un latido que grita:
vale la pena… vivir.
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