Esta certeza solo se siente una vez en la vida.

Esta certeza solo se siente una vez en la vida, “Te amo”.

Ignoro en qué instante —si en la penumbra de una tarde repetida o en la súbita claridad de un gesto mínimo— se instala esa certeza. No llega como las otras convicciones, que se dejan discutir o corregir por el tiempo; llega, más bien, como llegan los destinos irrevocables: sin anuncio y sin réplica.

He sospechado que la vida es una serie de ensayos torpes, de simulacros y de nombres que apenas alcanzan a rozar lo real. Pero hay, acaso, un momento —uno solo, irrepetible como la primera vez que se nombra el mundo— en que todo se ordena con una precisión que no admite dudas. No es la razón la que afirma, sino una íntima fatalidad que reconoce.

Decir “te amo” en ese instante no es una declaración: es un descubrimiento. Como si uno recordara algo que siempre estuvo ahí, aguardando en silencio, ajeno al desgaste de los días.

Y uno sabe —con una tristeza que también es gratitud— que esa certeza no se repetirá. Porque las cosas únicas, como ciertos libros o ciertos atardeceres, no toleran la costumbre.

Te amo. Y en esa breve y definitiva frase, se cifra —quizás— todo lo que el universo quiso decirme.

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