El día en que Dios hizo el infierno

El día en que Dios hizo el infierno

Dicen los viejos cronistas del cielo —esos escribanos invisibles que redactan la historia del universo con plumas arrancadas a la cola de los cometas, o quizás simplemente estas ideas las lanzó al aire Tomas de Aquino; — que hubo una mañana en la que el cielo amaneció ligeramente torcido. No era una torcedura visible, ni un error en la geometría de lo eterno, sino algo más sutil: un presentimiento. Como cuando el mar, antes de la tormenta, se queda demasiado quieto.

Los ángeles, que no conocían el miedo pero sí la curiosidad, comenzaron a revolotear por los patios de la eternidad con la inquietud de quienes sienten que el aire está lleno de preguntas. Las constelaciones titilaron con un brillo nervioso, y hasta las estrellas más antiguas —esas que habían visto nacer el tiempo— parecían inclinarse para escuchar.

Aquel día Dios había convocado una reunión extraordinaria.

No era común que llamara a todos los regentes de los clanes angelicales. Y mucho menos que asistiera Lucifer, el más brillante entre ellos, el más antiguo, el que caminaba por los corredores del cielo como si la luz lo siguiera por obligación y no por devoción.

Lucifer llegó puntual, como siempre.
Apoyó su mano diestra sobre el pomo de la puerta —un pomo hecho de música congelada— y lo giró con la serenidad de quien jamás ha dudado de su propio resplandor. La puerta se abrió hacia adentro, como todas las puertas del cielo, que jamás aprendieron a resistirse a nadie lleno de luz.

Dentro lo esperaban doscientos regentes angelicales, sentados en filas perfectas, alineados con la precisión con que se ordenan los pensamientos dentro de la mente de Dios.

Había silencio.

Un silencio tan profundo que, si uno afinaba el oído, podía escuchar el latido del universo recién nacido, como si la creación aún estuviera aprendiendo a respirar.

Durante días habían circulado rumores por los jardines del paraíso. Murmullos que viajaban de ala en ala como semillas de inquietud.

Decían que Dios planeaba algo impensable.
Que descendería a la Tierra.
Que se haría hombre. —Estos ruidos los rodó, años después, un señor llamado Agustín de Hipona—, pero los ángeles escuchan el futuro.

Las historias decían que Dios nacería del vientre de una mujer pobre, trabajadora, de manos ásperas y corazón tan grande que en él cabría el dolor del mundo.

Que caminaría entre los mortales como uno de ellos.

Y que los ángeles, criaturas de fuego y pensamiento, deberían inclinarse ante Él… en su forma humana.

Muchos lo consideraban un misterio.
Otros, una prueba.
Algunos, una revelación.

Y unos pocos —los más orgullosos— lo consideraban una ofensa.

Lucifer tomó asiento en la primera fila, donde siempre se manifestaba la luz más pura. Pero ese día la luz parecía inquieta, como si presintiera que estaba a punto de perder a uno de los suyos.

Entonces sonaron las trompetas bendecidas.

No eran clarines de metal, sino de viento primordial, sopladas por criaturas que no tenían boca. Su sonido no viajaba por el aire: atravesaba directamente el alma de las cosas.

Y en medio del gran salón apareció Dios.

Venía envuelto en un manto azul profundo, tejido —decían los místicos— con los restos del primer amanecer. De su cabeza brotaban luces blancas, fulgores dorados, alabanzas que no necesitaban palabras.

Todos se pusieron de pie.

En el cielo no se aplaudía; el aplauso sería un invento humano, nacido siglos después para celebrar aquello que no se comprende del todo.

Dios habló.

Su voz no sonaba.

Ocurría.

Y al ocurrir, las galaxias parecían inclinarse ligeramente, como si el universo entero quisiera escuchar.

Anunció entonces su decisión:
descendería a la Tierra como un hombre.

Nacería de una mujer ya escogida por el misterio.

Viviría entre los pobres, porque la pobreza —dijo— es el único lugar donde la divinidad puede esconderse sin ser reconocida.

Y pidió a los ángeles que adoraran al Dios hecho carne.

Entonces ocurrió lo impensable.

Cuarenta ángeles se levantaron al mismo tiempo.
Sus alas temblaban, no de miedo, sino de orgullo. Un orgullo antiguo, como el que sienten las montañas cuando creen que el cielo existe para apoyarse en ellas.

Y dijeron que no venerarían a un Dios de barro.

Que ellos, espíritus puros, no inclinarían sus alas ante un ser que sudara, sangrara y muriera.

Lucifer se levantó entonces.

Su luz creció de tal manera que por un instante pareció competir con la del propio Creador.

Y habló con una voz que aún hoy, en ciertas noches demasiado silenciosas, retumba en los abismos de la conciencia humana.

—¿Yo, un espíritu puro, inclinarme ante un Dios hecho hombre?

Y luego añadió, mirando al Creador con una mezcla de desafío y melancolía:

—Eres un tirano… y no nos obligarás a apoyar tus denigrantes ideas.

El problema para Lucifer era sencillo y terrible.

Si Dios se hacía hombre, ocurría algo extraordinario:
la naturaleza humana sería elevada por encima de los ángeles.

Y para un espíritu orgulloso, esa idea era casi insoportable.

Dios guardó silencio.

Luego hizo una pequeña mueca de lástima.
Una mueca tan humana que muchos ángeles no supieron si era un gesto divino… o un ensayo para su futura encarnación.

Entonces ocurrió algo que jamás había ocurrido en la eternidad.

De los ojos de Dios —del color del universo— brotaron lágrimas.

No eran lágrimas de agua.

Eran estrellas diminutas que caían lentamente hacia la nada.

Y dijo:

—Lucifer… tú y tus cuarenta seguidores ya no sois divinos.
Sois criaturas malvada.

Ahuecó entonces las manos.

De ellas salió un viento que no era viento, sino destino.

Los cuarenta y uno fueron arrojados hacia las profundidades de la Tierra, envueltos en un calor imposible, como si el núcleo del planeta fuera el corazón de un dios dormido que latía bajo las montañas.

Así nació el infierno.

Los demás ángeles cayeron de rodillas y alabaron al Señor. No por miedo, sino porque en ese instante comprendieron algo que ni siquiera los siglos lograrían explicar del todo:

Que la divinidad, para ser completa, debía también castigar la soberbia.

Y desde entonces, cada vez que un ser humano duda, ama, sufre o se rebela, el cielo recuerda aquel día en que amaneció torcido. Porque fue entonces cuando el universo aprendió una verdad inquietante:

Que incluso la luz
puede dividirse y ser opaca y radiante a la par: La bipolaridad aparente.

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