Melancolía (Autoficción)

Melancolía (Autoficción)

Aurelio

14/03/2026

He vivido ya setenta años, y aun así hay noches en que me sorprendo abrumado por una tristeza que no es nostalgia, ni duelo por los que se han ido, sino algo más profundo, más antiguo. Como en la película Melancolía, de Lars von Trier, yo no me he podido despegar de esa sensación. Surgen preguntas que no tienen respuesta: si sabemos que vamos a morir, ¿por qué tanto odio, tanta avaricia? Si todos, de una u otra forma, nos extinguiremos, ¿de qué sirven las guerras, las peleas, el poder, el orgullo, la vanidad? Tanta insensatez cuando en cualquier momento una catástrofe puede aniquilarnos y sabemos también que el Sol no es inagotable.

Siento la melancolía como un peso constante que a veces solo consigo adormecer con una botella de vino. No es el anhelo del pasado —he aprendido a vivir el presente, aunque cada vez más escaso—, sino un vacío que se abre al mirar el mundo y a sus gentes. Un malestar persistente que me paraliza y me impide disfrutar lo que aún queda, mientras observo, impotente, cómo hijos de puta matan a otros sin ningún remordimiento.

Soy consciente de esta tristeza y de cómo me consume. No puedo escribir, no puedo ordenar mis pensamientos. Los duelos por las muertes que he vivido han sido ligeros comparados con esto; al menos eran pasajeros. Esta melancolía me obliga a revisar constantemente recuerdos que no puedo recuperar, y a enfrentarme a la insensatez de quienes se creen eternos.

El dolor por un mundo empobrecido y vacío, por la falta de culpabilidad, por la ausencia de empatía, me arrastra a la apatía. Me aísla, me roba energía. Nada me satisface ni me apetece. Y cuando la angustia crece demasiado, llegan las crisis de pánico y la medicación que intenta calmarme.

A veces pienso en todo lo que he amado y perdido: los amigos que ya no están, los hijos que crecieron y tomaron caminos propios, los errores que cometí y las pequeñas victorias que apenas recuerdo. Son los silencios, las soledades que se han ido acumulando, los besos y los abrazos que ya no volverán. Siento un peso encima, como si todo lo vivido se acumulara y alumbrara en un instante de conciencia aquello que no puedo ignorar.

Setenta años y aun así sigo aquí, atrapado en un breve hilo de tiempo que no ofrece tregua ni sentido. La melancolía no me deja, y no hay consuelo posible. La vida es una sucesión de momentos vacíos, y yo solo puedo observar cómo todo se desvanece a mi alrededor mientras me acerco al final.

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