—¿Qué tenes para contarme del lugar al que vamos, Katy?
Ángel despegó por un momento la vista de la ruta para mirar a su novia Katherine. Ella, sentada en el asiento del acompañante, le devolvió la mirada con una sonrisa cómplice, y este al notar que estaba por responderle, regresó por inercia la vista al trayecto. Temía embobarse mirándola más de diez segundos, y no porque el sendero estuviese congestionado de autos y pudieran tener un accidente, sino porque se estremecía cada vez que se distraía contemplando su belleza. De hecho, estaba cada vez más radiante y linda que nunca. Y Ángel vaya que sí tuvo la desgracia de verla en estados verdaderamente deplorables. Era una bendición y al mismo tiempo un tormento verla sonreír como recién lo había hecho.
—No mucho —respondió Katherine con su clásica dócil y agradable voz—, créeme que allí encontrarás las respuestas que durante tanto tiempo me has exigido.
El atardecer nutría las alturas y el horizonte en la ruta. El auto de Ángel andaba solitario en esa atmósfera semirrural, en el ambiente típico de fechas fuera de temporada. A cada lado los pastizales se entremezclaban cada cierto trecho con las altas arboledas, evocando en el paisaje la clásica imagen visual que toda zona pueblerina complementa.
— ¿Por qué? ¿Por qué no podes decirme de una vez que fue lo que pasó allí?
—Porque no. Solo que es algo increíble.
—¿Qué puede ser increíble? ¿Qué puede tener de increíble ese horrible pueblo, dios? —dijo Ángel desairado. Volvió a lanzarle un vistazo a Katherine. Esta vez ella no le devolvió la mirada. Fijaba la vista en la ruta, y Ángel notó una mueca de tristeza en su bella cara, semi tapada por su rubia y larga cabellera.
—Discúlpame, Katherine, necesito que me ayudes a entender. Cuenta lo poco que puedas develarme al respecto.
—Se trata de una leyenda…De un mito originario del pueblo —murmuró Katherine.
—¿Una leyenda? ¿En serio tratas de dar entender que, a través de una leyenda, pueda hallar esas respuestas? Es que no entiendo.
—Lo entenderás no bien lleguemos, no bien te enteres de qué leyenda urbana se trata.
Ángel guardó silencio. No ganaba nada si seguía con esto. Lo único que conseguiría era confundirse aún más. La situación lo desesperaba. Ya no se conformaba con que Katherine volviese a estar con él, quería dar respuesta a todo eso que durante meses lo había atormentado día y noche, sobre todo de noche.
Durante todo ese tiempo se había sentido culpable por haber dejado que ella se fuera aquella vez de viaje con sus amigas, y había maldecido a la vida por haber sido a ella a la que le pasara eso que le pasó. Había deseado en más de una ocasión que fuese alguna de las amigas de Katherine la desafortunada en haber tenido ese accidente lamentable. Accidente, Ángel prefería llamarlo accidente. Y ahora, por primera vez, desde que ella había vuelto a su vida, le confesaba sobre esa supuesta leyenda oriunda del pueblo al que ahora se hallaban viajando.
—Entonces, como quieras, Katherine. Sea lo que fuera que ese maldito pueblo tenga para ofrecer, no tardaré en enterarme. Ya casi estamos llegando.
Ángel no se equivocaba, el lugar de destino estaba muy cerca de su actual ubicación. De hecho, el pueblo no quedaba muy lejos de la ciudad en la que ambos habían vivido juntos. Habían salido de casa hacía dos horas, y restaban solo unos treinta kilómetros.
El trayecto de ruta era muy lineal. Ángel había viajado un centenar de veces por esa misma ruta, tanto en pareja con Katherine, como solo, o incluso en viajes familiares durante las vacaciones, junto a sus padres y hermanos, ocurridos en la infancia. No obstante, nunca en su vida había visitado ese pueblo ni oído hablar de él. No, hasta que Katherine había llegado aquella tarde de lunes y comentado el plan que una de su grupo había propuesto.
En estos meses de duelo que pasaron, él podía haber ido hasta allí, muchas veces se lo había planteado a él mismo, pero ¿de qué le hubiera servido?, pensaba después, no había buenos recuerdos que rememorar; ni siquiera habían estado juntos un solo día allí. Diferente habría sido si en algún momento de la relación hubiesen estado en el lugar.
En esos pocos kilómetros que faltaban para llegar al pueblo ambos viajarían en silencio. Ángel seguiría en esa inspección, recordando eventos recientes y dándole vueltas al asunto en el que ahora se había embarcado. Cada tanto sentiría que Katherine lo miraba, y él nunca se dignaría a hacerlo también. No es que estuviera de pronto enojado con ella. Cómo enojarse con una persona que había de algún modo vuelto, y que debería estar en estos momentos… ¿muerta?
No, imposible que lo estuviera, Katherine le había explicado acerca del momentáneo estado material que alguien le había concebido. Y ese estado material, según pudo notar Ángel en esa semana desde su regreso, incluyó desapariciones repentinas y regresos repentinos. Habían vuelto a dormir juntos, y casi todas las veces que él despertó nunca la halló a su lado. La buscaba entonces y no la veía por ninguna parte, y luego, invadido por la tristeza y la confusión, se bañaba, desayunaba y salía para su empleo. Y cada vez que regresaba a la tarde noche de la oficina, allí estaba otra vez en la casa, esperándolo.
Katherine había vuelto más complaciente que nunca, más amable. Y sobre todo más bella.
—Allí está —gritó Katherine, haciendo sobresaltar a Ángel que de pronto había puesto más atención a sus ideas que al recorrido—. ¿Ves ese cartel? Es el anunció de la llegada al pueblo… y allí está el camino de tierra que sirve para ingresar.
Ángel pudo ver primero el cartel y luego más allá el ingreso. Este ingreso, ubicado, en el centro de una extensa hilera de malezas y árboles, parecía oculto a la vista de cualquier automovilista desprevenido que pasara por allí. Quizás, pensó, esto podría explicar por qué, a pesar de haber recorrido esa ruta centenares de veces, había desconocido casi toda su vida la presencia al costado izquierdo de aquel pueblo. El cartel de bienvenida tampoco ayudaba para identificarlo, puesto que era largo, angosto y las letras, pinceladas con las palabras “bienvenidos a Cerro Indio”, eran chicas a la vista, a no ser que llevases lentes de aumento o agudizaras la visión.
No le hizo ningún comentario al respecto a Katherine, solo se limitó en silencio a acomodarse a un costado de la banquina y pegar el volantazo al llegar al cruce. Luego volvió a enderezar el coche, y sin más condujo sobre la tierra. Una tierra que a medida que irían avanzando se mezclaría con barro, dificultando un tanto el avance.
Mas allá del camino podía verse un sin número de hogares, plazas, y zonas de vegetación, así como también cuadrangulares calles conectadas que sugerían las pocas manzanas que el pueblo habría de tener. Y pasando todo eso, la costa junto al río. Y en el perímetro costero aquellas singulares estatuas de figuras de indígenas.
—Ya ves, no es un pueblo de mierda, como has venido creyendo durante todos estos meses —comentó de repente Katherine, sonriente.
—Como tu digas Katherine, no he venido hasta acá a apreciarlo ni he venido de turismo, tampoco he venido…
—Hemos venido— lo corrigió la que alguna vez había sido su novia.
—Perdón, querida, es que no me acostumbro… bien, no hemos venido de vacaciones, sino a que me enseñes eso que ahora llamas leyenda de pueblo.
—¿Recordás la dirección de la casa que alquilamos para venir?
—Sí. La llevo escrita en las notas de mi teléfono. La dueña me dijo que está a tiro de este camino principal, que habría que meternos luego de salir de aquí, por la calle lateral izquierda, ir luego dos cuadras por esta, y luego doblar a la izquierda, y hacer poco más de la mitad de la cuadra. Allí en la vereda derecha la reconoceremos al instante. En esa cuadra solo se ubican dos viviendas, una es la nuestra, y la restante está en diagonal, en la vereda de enfrente.
Ángel volvió a pensar en la decisión que habían tenido de no ir a uno de los pocos hoteles del pueblo. Katherine quería seguir teniendo, mientras se pudiera, esa química que antes de la tragedia habían tenido siempre, y la idea que había tenido Ángel de ir a hospedarse ambos a un hotel, fue desistida por ella. El motivo que le expresó lo convenció al instante. Le había preguntado a modo de explicación cómo se sentiría él, al momento de dejar sus datos en la recepción y tener que confirmar que iba a ser el único ocupante de la habitación. Seguro que volvería a replantearse la idea de estar enloqueciendo, y sobre todo se deprimiría.
Desde la vista panorámica del camino de tierra, el pueblo tenía un aspecto siniestro. Poseía pocos habitantes y quizás ese era el motivo de por qué el ambiente desolador lo hacía ver tan lúgubre. Lo lúgubre y lo desolador nunca dará buenas sensaciones.
—Ahora que estamos pronto a llegar, Katherine, te pido encarecidamente que me cuentes más, no sé, de esa leyenda que has mencionado, o de algo que tenga que ver con lo sucedido durante ese fin de semana con tus amigas en este lugar.
—Mi amiga Celina —empezó Katherine—, la misma que propuso la escapada de finde semana aquí, estaba interesada en un descubrimiento arqueológico que había llegado a oídos de ella poco antes de proponer el viaje. Un descubrimiento arqueológico, sucedido cerca de esas costas allá en el horizonte. Según lo que se había enterado, habitantes de la zona, que solían cada tanto excavar las tierras convencidos del mito que hablaba de que, en Cerro Indio, se hallaban debajo de la tierra tesoros y amuletos, habían encontrado metros por debajo de arenas secas, un cofre de materiales inclasificables, sin dar más detalles al respecto. Si bien Celina fue la única interesada en el tema, decidimos acompañarla hasta aquí.
—¿Y Celina pudo hablar con las personas que habían sacado ese material hacia la superficie?
—Sí. Y se llevó una desilusión. Los pueblerinos habían exagerado el descubrimiento de amuletos. Lo que habían encontrado los científicos de la zona fueron unos excéntricos objetos. Luego de una rápida investigación, concluyeron que correspondían a algún viajante común y corriente: en algún momento de su vida caminó las playas y los extravió.
Ángel no pudo contener la risa.
—Esas maniobras son típicas a la hora de querer fomentar el turismo en este pueblo— afirmó él—. Este pueblo no tiene nada de extravagante, solo se caracteriza por sus charlatanes, por la desolación y por lo sombrío.
—Estás muy equivocado— dijo Katherine en tono abatido—, el pueblo tiene algo inhumano… tiene a ese ente que llama detrás del matorral.
Ángel estuvo por volver a reírse. Al dar cuenta de que su novia hacía fuerzas para no echarse a llorar, no lo hizo.
—¿El ente que te llama desde un pastizal? Katherine, ¿hablas en serio?
—Temo que muy en serio. Te he traído hasta acá para que investigues de cerca esa leyenda, lamentablemente la vez que he venido tuve la desgracia de entender que era real.
Ángel frenó el auto en seco y se quedó mirándola, con expresión confusa.
—¿Es que acaso intentas decirme que eso tiene que ver con tu muer…?
—No vuelvas a decir esa maldita palabra, por favor — dijo sollozando Katherine.
—Bien. Juro que no volveré a mencionarla. Y no seas crédula; si algo en este pueblo puede andar llamándote, escondido donde sea, ha de ser un habitante que no tiene nada que hacer, y solo se la pasa haciendo bromas por allí.
—No, Ángel. Eso lejos está de ser alguien normal— dijo Katherine insistente, y con voz tenue— Una persona no sería capaz de llamarte con una voz tan característica, pidiéndote ayuda, y que vos al retroceder intentando ubicar en donde se halla, acabes por ser engañado. Si reaccionas al pedido y retrocedes, con esta inofensiva y caritativa acción, estarás sellando tu condena, una condena a perecer de manera trágica. Esta condena se cumplirá, según siempre sostuvo esa leyenda, al poco rato de seguir tu camino. Esa lúgubre y llamativa voz, cada vez que tu intentas ubicarla, se hunde en el silencio. El motivo de esto último: Ya has caído en su trampa. Por el contrario, si le muestras indiferencia al oírla tras los matorrales, seguirá hablándote con más énfasis, solo hasta que logres avanzar lo suficiente como para librarte de ella, para dejar de estar en sus radares.
Él, que la escuchaba y la miraba atónito, volvió la vista hacia el trayecto de tierra y se llevó las manos a la cara por un buen rato, al tiempo que resoplaba. Por un momento se preguntó si Katherine, aquella Katherine que había regresado de algún desconocido limbo, se había traído consigo un puñado de insensateces capaces de separar o desmantelar los hechos que realmente sucedieron en ese pueblo.
—Está bien, Katherine— dijo luego de un rato—. Terminemos con esto, vayamos pronto a la casa que alquilamos y relajemos un rato del viaje. ¿Qué te parece? Luego me dirás el lugar exacto en donde se escucha esa voz, ¿de acuerdo?
—De acuerdo— respondió Katherine por lo bajo.
Ángel volvió a encender el automóvil, y este comenzó avanzar el último tramo que los separaba de la primera calle del pueblo.
Eran casi las nueve de la noche cuando doblaron por la primera calle que debían tomar. Esta calle no era más que un ancho camino de tierra, circundado en ambos costados por hileras de árboles y pastizales, y provista, en los sectores en donde los pastizales estaban muy recortados, de alguna que otra casa, bien vista y pequeña. Se trataba en definitiva de las típicas casas de campo. Siguieron recorriendo el corto trayecto hasta la vivienda que alquilaron, y en ese recorrido solo se encontraron con más caminos de tierra y de flora, unas tres casas más y los primeros automóviles estacionados de cara a dos de estas edificaciones.
La naturaleza volvía agradable al pueblo, y sumado a la suave brisa de esa templada noche, hacía de esa zona algo ideal para distenderse de la rutina diaria de la ciudad, del sonido propio de allá, y sobre todo para recargar energías. Ángel, mientras manejaba, se percató de todo esto, pero entendió que no coincidía con las intenciones que lo habían llevado hasta el pueblo.
Al rato doblaron por la tercera de las calles, encontrándose con una cuadra casi idéntica a las anteriores, solo que, a pocos metros de la esquina, en el lado derecho, se hallaba una especie de chacra de fin de semana, hecha de madera y tronco de árboles, y de techo triangular, también de madera. La finca que habían alquilado por dos días. La casa estaba más que bien, tenía dos ambientes: una cocina, comedor y una habitación con baño, por dentro se veía en las fotos de la publicación muy reconfortante, cómoda y agradable. Al pie de la edificación se hallaba un descanso inclinado, que servía para sentarte en dirección a la calle y contemplar el cielo nocturno o un cálido amanecer.
—Llegamos— exclamó Ángel al tiempo que frenaba el auto al costado de la casa. Luego se fijó en Katherine. La chica de su vida le miraba sonriendo. Su sonrisa, a ojos de él, esta vez fue un tanto forzada. Desde que había conducido por la calle principal hasta llegar, no le había dicho ni una palabra, y supo que Katherine había estado sumida en una reflexión. Por algún motivo Ángel no quiso preguntarle al respecto.
—Sí— comentó ella— agarrá el bolso de viaje, y entremos.
—De acuerdo.
De hecho, él, más allá del bolso que llevaba en el baúl del auto, no tenía mucho más relevante que bajar. En el bolso había llevado tan poca ropa, que incluso la comida que planeaba comer, la traía en un túper en uno de los bolsillos laterales del mismo bolso.
Al rato ambos se hallaban parados en el descanso que daba a la casa.
—Ah. Las llaves —exclamó de repente Ángel. Se acercó entonces a una maseta rectangular color gris, vacía en contenido, y la levantó empleando un poco de sus fuerzas. Allí, como bien le había informado la dueña, encontró las llaves para ingresar. Las tomó, volvió a bajar la maseta, se dirigió hasta la puerta de madera, introdujo la llave y, al girarla, abrió la puerta de par en par. Entonces volvió la vista hacía Katherine. Allí de pie lo miraba con una expresión alegre y apesadumbrada a la vez. Su mueca sonriente no concordaba con esos ojos tristes que, al volverse él, se habían fijado en sus ojos.
—Ven, Katherine— le dijo— pasá de una vez.
La chica sin decir nada, apuró el paso, y se introdujo en la pequeña y agradable finca.
Una hora más tarde, antes de que se fueran a acostar, Ángel y Katherine se sentaron en el descanso, afuera de la casa. Desde allí se veía un amplio sector de naturaleza movido cada tanto por el suave viento de la noche, y el cielo nocturno carente de nubes.
Ángel todavía estaba muy confundido. Deseaba hacerle alguna de esas preguntas y que esta vez su novia—porque si de alguna manera estaba allí presente seguía siendo su novia— la respondiera sin vueltas. Creyó que allí sentados con esa porción de naturaleza bajo la agradable noche, era un buen momento para intentarlo.
—Katherine…. —empezó.
—¿Sí? —exclamó ella. No lo miraba. Se había puesto a contemplar con aire de ensoñadora, las estrellas que desde allí se apreciaban.
—¿Recuerdas con exactitud todo lo que sucedió esa vez que viniste a este pueblo?
—Lo que más recuerdo es lo último. Lo recuerdo con muchos detalles.
—Y decime que es eso último que recuerdas.
Katherine dejó de ver las alturas para mirarlo. Y él se estremeció al ver la expresión que adoptó su cara. Había abierto sus ojos de par en par, y se había formado en sus labios una sonrisa, que distaba de ser la típica bella sonrisa que emanaba de ella. Esa sonrisa que ahora le dirigía se veía enfermiza, sombría, y algo estremecedora.
—Lo último que recuerdo es haber estado caminando por esa zona de laureles y arboledas, y que en un momento escuché a esa voz que me llamaba. No por mi nombre, claro que no. Si a través de exclamaciones y pedidos de auxilio.
Se volvió para mirar al cielo nocturno, al tiempo que esa expresión enfermiza desaparecía. Y por un instante guardaría silencio.
—¿y tú que hiciste? ¿encontraste a esa persona en problemas y la ayudaste?
—no pude encontrarla. aun así, seguiría hablando, seguiría captando mi atención, y sus palabras se volverían más confusas, o más bien, una de esas palabras que desde algún sector no visible se hallaba profiriendo, se volvería confusa. Y como ya te he dicho no se trata de una maldita persona. Es mucho más que una persona. Es algo… enloquecedor.
Ángel de nuevo volvió a replantearse esa hipótesis de que su novia se había traído del limbo, al cual solo una vez hizo mención, a todas esas proyecciones delirantes.
Comenzaba a sentirse cansado. Entendía que al día siguiente por la mañana iba a tener que ir a esa ubicación de la cual Katherine hablaba. No por propia decisión. Sino más bien por la de ella. Es que desde que había vuelto a su vida, como si hubiera respondido a las suplicas y a sus pedidos de respuestas, Katherine a pesar de sus limitaciones físicas, había estado llevando las riendas y tomando las iniciativas. Siempre y cuando estuviera emparentado con el asunto de dar respuesta a toda esa incertidumbre que perturbaba a Ángel desde la partida física de ella, su amada.
De súbito se levantó del descanso y comenzó a avanzar hacia la puerta de la finca que habían dejado abierta. Lo había invadido de pronto un sueño profundo, un sueño que había mostrado sus primeros indicios poco después de que cenaran.
—Anda Katherine, es un poco tarde y estoy algo cansado— confesó él— vayamos a dormir.
«O en todo caso, Katherine, me iré a dormir, pensó para sus adentros ángel, porque sé que tu no duermes, y solo te limitas a acostarte a mi lado, y a quedarte mirándome, hasta que se me cierran los ojos».
Katherine obedeció. Se levantó sin responder, y acto seguido lo siguió hasta el comedor.
A la mañana siguiente lo que le confió Katherine —algo que siempre suele suceder cada vez que tiene algo para confiarle— se cumplió.
Al despertar, escudriñó a su lado, y no la encontró. Se había dormido viendo en esa dirección, viendo su bella cara recostada en la almohada y esa leve sonrisa, que, aun siendo leve, resaltaba su belleza. y Ahora que Ángel se había despertado solo pudo ver la parte de al lado de la cama vacía y arreglada, como si Katherine no hubiese estado nunca allí. Ella, como todas las noches en que luego terminaba sucediendo, le había avisado que se ausentaría por la mañana. Él siempre se preguntaba adónde iría Katherine en esos largos intervalos, y el porqué de no poder permanecer por mucho tiempo en este plano. Y esa mañana volvería a pensar en las razones por las cuales Katherine no necesitaba dormir nada. Nunca se la notaba cansada. De hecho, la noche anterior, estando ambos en esa vivienda de alquiler, en ese pueblo al cual ella misma le había insistido en ir, no había bostezado en ningún momento, ni entrecerrado sus ojos en señal de estar adormilándose.
Lo segundo que se cumpliría ocurrió luego de que Ángel se duchara, se vistiera y luego desayunase. Se había preparado un café y hecho unos tostados con panes que él mismo había llevado, usando la cafetera y la tostadora incluidas en la vivienda. Se hallaba por terminar el último de los tostados, luego de haber bebido todo el café, cuando alguien llamó repetidas veces a la puerta. Supuso entonces que se trataría de la persona de la cual Katherine le contó. La única persona en todo el pueblo, que no temía hablar abiertamente del supuesto caso que Katherine había mencionado, tanto durante el viaje como en la primera noche de estadía.
Ángel se asomó por la ventana más próxima a la puerta, y vio allí de pie de cara a aquella, a un sujeto encorvado enfundado en un traje muy de campesino. Era lo más parecido al clásico gaucho, según pudo apreciar desde allí, con la típica boina, el ancho pantalón y las botas.
Se apresuró a abrir con la plena certeza de que se trataba del sujeto al cual Katherine había mencionado la última noche. Y al hacerlo se encontró cara a cara con el semblante cansado y demacrado de este.
—¿Es usted Ángel Fuentes? — le preguntó. Su voz sonaba afónica y desganada, hacía juego con la cara que tenía.
—así es.
—mucho gusto, me llamo Augusto López— dijo, al tiempo que levemente desplazaba su boina hacía abajo. Luego señaló en diagonal la casa que se hallaba enfrente—. Soy el dueño de la casa restante de la cuadra. Sofia me informó que hoy vendrían por el alquiler.
—¿Sofia, la dueña de la finca? Si, se la he alquilado por unos días.
—Bien. Puedo preguntarle a qué ha venido a este pueblo—dijo el tal Augusto, con tono directo y cortante.
La forma con la que hablaba le pareció a Ángel más propia de un oficial de policía propuesto a interrogarle, que la de un simple pueblerino. Y de pronto se preguntó si le convendría andar sin vueltas, si era o no apropiado ir directo al grano, y preguntarle que le indicara dónde quedaba el maldito lugar del cual su novia le había contado. No tenía ninguna intención de pasar más de un día allí, no le interesaba recorrer aquel pueblo. Incluso si se tratara en esos momentos de un lugar paradisíaco, el resultado hubiera sido el mismo. habría viajado solo por pedido de Katherine, por develar qué le había sucedido.
Mientras pensaba en esto salió de la casa hacía el claro lleno de vegetación. Esa mañana de pleno otoño, era un tanto fresca y el cielo estaba cubierto de nubes. El batir de ramas y pastizales producto de la ventisca se escuchaba con mucha nitidez, el aire puro se podía respirar por horas, favoreciendo en todo momento el bienestar físico y mental. Pero a nada de esto Ángel pondría atención al pisar el corto pastizal que hacía de vereda de la vivienda que había alquilado. Había comenzado a mirar para todos lados como tratando de adivinar en qué dirección podría encontrarse el intrigante lugar. no obstante, desde la zona en la que estaba ubicada la finca, mirases donde mirases, solo podía verse campo, murallas de árboles, y alguna que otra vivienda, en las cuadras adyacentes. El río, ubicado mucho más al sur, desde allí no podía verse ni escucharse.
Augusto lo había seguido con la vista un momento, y luego se acercó hacía él. Ángel lo había visto acercarse por el rabillo del ojo, y de pronto le llamó la atención el poco ruido que producía al caminar. A pesar de estar algo enfrascado en sus pensamientos, podía haber dado por hecho que ni siquiera se escuchaba el crujir del césped debajo de la suela de aquel sujeto con apariencia gauchesca.
La puerta la hizo sonar con ganas, pensó Ángel sonriendo, así que olvida la idea de estar tratando con un maldito fantasma.
—Le soy sincero, señor Augusto. He venido a investigar…— de repente recordó cómo lo llamaba Katherine— He venido a investigar el extraño evento del ente que llama desde el pastizal.
El hombre, al oírle decir esto, esbozó una amplia sonrisa y sus ojos parecieron brillar, como si toda su vida hubiera estado esperando ese momento. el momento de que alguien viniese hasta allí exclusivamente por el motivo que Ángel le acababa de dar.
—ha dado con el sujeto indicado— dijo el señor López. De pronto pareció entender— Ah. acaso fue Sofia la que le recomendó que tratara el asunto conmigo, para hacerle de guía.
—Si, fue Sofía— respondió él. No le importaba mentirle, si lograse con eso, que el extraño sujeto lo llevase cuanto antes hasta esa zona—. ¿me podría decir cómo llegar ahora hasta allí?
—¿Decirle cómo llegar? Venga— Augusto había comenzado a caminar por la calle de tierra, en la dirección contraria de la que quedaba la vivienda de la cual era dueño—. Lo guiare y acompañare hasta allí, ahora mismo.
Qué extraño, pensó Ángel, este tipo parece incluso más empecinado que yo en ir hasta allí.
De pronto volvió a notar lo mismo de hacía un momento. las suelas del sujeto, ahora que avanzaba sobre tierra, no hacían crujir las múltiples piedritas que había allí, ni parecían levantar polvillo en cada pisada.
Augusto había caminado ya unos cuantos metros al momento en que se volvería para ver a Ángel, el cual no se había movido del lugar.
—¿y que espera? O es que necesita agarrar algo de la finca. Una grabadora o cuaderno quizás.
Ángel tardó un momento en reaccionar.
—No, es solo que…bien, andando— respondió, al tiempo que alcanzaba al nuevo guía.
No habían pasado ni quince minutos de caminata que ya ángel comenzaba a dar cuenta de que su situación parecía más extraña y fuera de lo común que nunca. Había llegado hasta entonces a creer que lo más inexplicable que hallaría en años iba a ser el haber viajado hasta allí por orden de Katherine, y el hecho de ser visitado por ella, cada vez que saliera desde ese limbo, pero se equivocaba. El lugar, según pudo informarle Augusto, quedaba en un sector a las afueras del pueblo, un área poblada de bosques y campo, un área de la cual ningún habitante se animaba siquiera acercarse. Ángel se preguntó entonces, si nadie quería acercarse por temor, por qué su compañero de excursión parecía tan despreocupado en ir hasta allí. Al preguntárselo a su guía, este respondió que él era completamente inmune al mal que allí acechaba. Que la razón de esto era debido a que muchos de sus ancestros habían sido asesinados por este ente, incluso algunos de sus familiares más recientes, como por ejemplo dos de sus primos, uno de sus hijos, su esposa, y sus bisabuelos. En definitiva, según sus propias palabras, este ente había resultado ser un verdadero exterminador de integrantes de su árbol generacional. ¿la causa? El efecto dominó que sembró el primero de los incidentes. Un padre queriendo vengar la muerte de su hijo, este padre muriendo al ir en busca de esa venganza. Los otros hijos del hombre queriendo efectuar la fallida venganza, terminando en un desenlace similar al de su progenitor, y los de algún que otro familiar cercano más. Y esa sed fallida de venganza pasaría de generación en generación. Más de un integrante de generaciones que sucedían a la otra trataron de aniquilar a lo que, hasta entonces, calificaban de asesino silencioso que se esconde, o brujo de los matorrales. Cada vez que alguno lo intentara moriría al rato, producto del suicidio o de alguna que otra muerte, a simple vista, accidental. Al menos hasta esta época, ya que, al parecer, el ente, quizás por saber que era un descendiente de una rama familiar a la cual se ha cansado de matar integrantes, había comenzado a apiadarse de él. Cada vez que ha de pasar por allí, hace silencio en vez de provocarlo, en vez de intentar despertar ese odio que debería tener hacia este.
Mientras él iba relatando, cada tanto Ángel le interrumpía para hacerle alguna que otra simple pregunta.
Fue llegado entonces que algo le llamó la atención. Esta conversación y relato se estaba dando mientras iban por el primer segmento de trayecto hacia el lugar. Y en ese trayecto andaban por algunas cuadras provistas de más de cinco viviendas, y lo más importante dotadas de personas que iban y venían o permanecían sentadas frente a las puertas de sus hogares. Pasaron por al lado de un grupo de personas, y Ángel a propósito interrumpió las palabras del guía para hacerle una pregunta en referencia al lugar del cual todos temían. La pregunta la hizo lo suficientemente audible como para que no lo escucharan. Y fue entonces que, al oírlo, se volvieron para mirarlo, atónitos. Y en sus semblantes pudo ver reflejado el horror. Boquiabiertos, se habían quedado mirando a la persona que había aludido a tal horrible lugar.
Ángel comenzaba a entender que todo lo que Katherine le había dicho respecto de esa leyenda del pueblo, lejos estuvo de ser producto de algún delirio proveniente del limbo. Todo parecía encajar y no confundir. Claro que aun no lograba entender por qué Katherine durante ese viaje se había aventurado a una zona tan estigmatizada, y lugar de innumerables muertes.
No fue hasta que pasaron la zona más residencial del pueblo, y alcanzado un sector de campo elevado, cuando Augusto le preguntaría lo mismo que Ángel le había preguntado a él en las primeras cuadras que recorrieron.
—¿y cuáles son sus motivaciones? Qué lo ha llevado a querer investigar el asunto. ¿Qué no sabía que podría usted correr un riesgo irreparable?
—Mi motivación es buscar respuestas. Alguien que está siempre conmigo, y que me protege siempre, ya sea estando cerca o lejos de mí, me ha llevado a desear develar este caso— Ángel dudó en hablar de más. Al instante entendió que ser más explícito podría llegar a contribuir para la misión que creía tener— Se trata de mi novia Katherine. Ella, junto a algunas de sus amigas, han estado aquí el año pasado. Habían venido a pasar un fin de semana para, entre otras cosas, desconectarse del bullicio semanal. El día que debían pegar la vuelta, sus amigas dieron cuenta de que mi novia no estaba por ningún lado. La buscaron en cada sector de este pueblo, preguntando con una preocupación que iría en aumento con el correr de los minutos. Nadie la había visto durante la mañana de ese día, persona que se encontraron por la calle o personas con las que habían interactuado, ninguno llegó a verla, pero las tranquilizaron, asegurándoles que saldrían a buscarlas.
Ángel advirtió que el guía le miraba confuso.
—¿Es que acaso usted que vive aquí no estuvo enterado de lo sucedido? — le preguntó Ángel, como si lo estuviese acusando de algo.
—Mire, puede ser que su novia haya estado en el pueblo en alguno de los meses en los que yo no estuve aquí. Sabrá ahora usted que soy dueño de otras casas halladas en diversos parajes de Buenos Aires, y que cada tanto hago vida de nómade. Pero es lo de menos, siga contando, ¿Lograron hallarla al final?
—Si. No de la forma en que yo hubiera deseado que la encontrasen, por desgracia. De repente alguien se apareció delante de las amigas de Katherine. Se trataba de un adolescente de unos dieciocho años. Este les confesó que había estado en las afueras del pueblo y que ahora venía corriendo de allí. Aseguró que el motivo de su huida fue el de haber visto de lejos, en una de las típicas zonas de muchas arboledas, una figura que se suspendía en el aire. Una agudización más de vista, y descubrió que por encima de ella había una soga que se elevaba un metro hacia arriba y que terminaba enroscada en el tronco de un alto árbol. no era necesario seguir viendo más, como para darse cuenta de que alguien se había ahorcado allí. Una hora más tarde se confirmó que la persona ahorcada se trataba de la chica a la cual se había comenzado a dar búsqueda.
El guía lo miraba con fijeza, y no pareció, al oír el fatal desenlace, dar señales de congoja. Mantenía una expresión ruda y resuelta.
—¿usted cree que su muerte tiene que ver con el ente que llama desde el pastizal?
—Estoy más que convencido.
—Yo opinaría lo mismo que usted… ¿Tiene pruebas para demostrar que es cómo piensa?
—Si. Le confesare algo que dudo que me crea, en todo caso si no me cree, me importaría muy poco.
—A ver… Dígame.
—Bien. Luego de su muerte, además de odiar mi propia existencia, me convencí de que era imposible que ella pensara siquiera en atentar contra su vida. Era una chica feliz. Yo la amaba, ella me amaba a mí. Estábamos pasando por una buena época financiera. Nos iba bien en casi todo. Por este motivo supliqué a dios para que me diera esa explicación, la cual me era imposible responder por mi cuenta. Incluso muchas veces se lo pediría a Katherine, estuviese donde estuviese en esos momentos. Pasaron los meses y yo seguí en la misma situación. Un día, esas súplicas serian respondidas. Serian respondidas por la mujer que durante más de tres años había, y sigo, amando. La interacción con ella sería verbal, con un agregado increíble. Desde más de una semana se ha estado presentando físicamente delante de mí. Incluso hemos compartido momentos juntos como en el pasado reciente, en el que ella aún vivía.
El guía para entonces daba señales de intriga, incluso de aprobación por todo lo que ángel le estaba contando.
—Así que de eso se trata ¡eh! — exclamó Augusto— ella en ese estado no material, por decirlo de alguna forma, le ha dicho que esas respuestas las encontrarías aquí…—de repente el guía abrió sus ojos de par en par—, que esa respuesta la encontrarías desafiando al ente que llama desde el matorral. ¿y sabe que pienso?
—¿Qué?
—Que, con mi ayuda, y con la protección que su novia rige sobre usted, estoy muy seguro de que podrá matar para siempre a ese ente indeseable.
Hablando, habían dejado atrás la ascendente ladera, y ahora llegaban hasta las puertas de una basta sección de hileras de altísima vegetación. El guía corrió a un lado una de esas hileras para poder avanzar, y al hacerlo, Ángel descubrió que tras esa alta vegetación se iniciaba un camino de tierra entre los yuyos. Este camino en esos siguientes metros a la vista que tenían delante, eran serpenteados en ambos laterales por hileras de grandes piedras.
—Es por aquí— dijo el guía, señalando el camino rodeado de árboles y vegetación— yendo por este camino serán unos doscientos metros.
Se internaron ambos entre malezas y ramas, y comenzaron a andar por el cerrado trayecto. La alta vegetación, que parecían más murallas que otra cosa, cada tanto rozaban sus figuras, a pesar de que el desplazar del viento por esa zona era casi inexistente.
Ángel atento al trayecto por el que andaba, al rato vio entre ese rejunte de arboledas y altos pastizales, una especie de claro que parecía abrirse en medio de la nada. conforme se iban acercando comenzaba a entender que se trataba de un área cuadrangular de tierra baja y derruida, de un ancho de unos veinte metros. Este claro, que se abría a partir de un grupo de malezas maltrechas, que bien podrían hacerle de puerta a razón de las formas con las cuales se contorsionaban, se extendía a lo largo de más de sesenta metros y finalizaba, en el otro extremo, con otra fila de altas malezas que no dejaban ver más allá. En los laterales de la zona cuadrangular de tierra baja, sucedía lo mismo que allá al final. Las hileras de malezas custodiaban la zona, irguiéndose de extremo a extremo. El único hueco visible para ingresar a esa derruida zona parecía ser esas efímeras malezas maltrechas en las que Ángel y el guía ahora se habían detenido a mirar.
De un rápido manotazo el guía dejó a un lado esta vegetación. Ángel dio cuenta entonces de que el singular sendero de tierra seguía su paso por allí. cruzaba por el centro de la cuadrangular área con absoluta precisión y se perdía allá al final, al chocar de nuevo con la alta vegetación. Ángel supuso que, más allá de las hileras de allá al fondo, el inusual camino de tierra seguiría su curso.
—Este es el lugar— indicó Augusto— ¿Qué le parece?
—Interesante, pero nada fuera de lo común.
El guía lanzó una exclamación que pudo haber sugerido una risa forzada.
—Ahora, escúcheme— dijo el guía— a esta área por mucho tiempo la he denominado el comienzo del fin. Porque si bien esta zona acaba por matarte, no es acá en donde lo hace. Acá es donde te marca, para luego, poco después llevarte a la perdición. Cada familiar mío que murió por haber pasado por acá sea por venganza o no, morirían al rato. En el caso de usted, de su pérdida, es evidente que su novia ha corrido la misma suerte que ellos, y cada una de las personas que han caído en las manos de este ente.
Ángel lo escuchaba, mientras examinaba el claro. Allí no se escuchaba nada más que el tenue batir del pastizal, no se oía el sonido de algún animal por la zona, tampoco el canto de algún ave.
—Muy bien—exclamó ángel mirando de nuevo al guía— ahora cuénteme como es el mecanismo, por decirlo de alguna forma. ¿En qué momento se escucha esa voz? ¿Qué ocurre luego de que la persona intenta ubicar la procedencia del que llama? Y lo más importante. Usted ha dicho que tiene un plan en mente para lograr ubicar a esa presencia y darle un cierre definitivo… ¿Cuál sería esa idea que tiene?
—Bien. Voy a recrear un ejemplo, haciendo de cuenta que usted, empezara a caminar por esta área derruida— señaló el área cuadrangular y el camino de piedras—. Usted al caminar unos pasos en dirección a las malezas del fondo, escuchara al principio, y sin ninguna excepción, la voz de un sujeto que, confundido y desencajado, lo llamará para que vaya a ayudarlo. Entonces usted —suponiendo que no estuviera al tanto de ninguna superstición de pueblo— en respuesta mira en todas direcciones, y al dar cuenta de que no tiene a nadie a la vista le pregunta a la voz en donde se encuentra. Esta le responderá que se halla en el comienzo del claro (y esto tampoco es una excepción porque a lo largo de los años siempre se refiere al mismo lugar), y le exigirá que se acerque porque no puede moverse. Este pedido, lo obligará a usted a retroceder, porque recuerde que siempre la voz llamará una vez hayas hecho cierto tramo del trayecto. Y entonces, cuando usted retroceda, ocurrirá esa trampa en la que casi todas sus potenciales víctimas han caído. En el preciso momento en que alcances esa apartada zona de maleza la voz gritará una palabra, una sola palabra, esta vez en tono gutural y agonizante.
El guía dejó de hablar, y observó a su interlocutor, para ver si este seguía atento a su discurso. Ángel en ningún momento había dejado de prestarle atención a lo que contaba, ¿cómo no interesarse de lleno en algo que podría explicar el deceso de Katherine?
—Continue— dijo Ángel— ¿Cuál es esa palabra gutural que exclama el ente llegado entonces?
El guía esbozó una sonrisa, que a Ángel le resultó algo siniestra.
—Esa palabra es: Oidicius.
—¿Oí qué?
—Oidicius. Esta palabra es la clave para descifrar el mecanismo que emplea el ente para derramar su poder sobre la potencial víctima. La mayoría de los que han muerto han cometido un grave error luego de escuchar esta palabra, incluyo a su difunta novia. Todos ellos luego de llevarse el susto de sus vidas por el repentino grito, en vez de pegar la vuelta y seguir camino en dirección a las malezas del final, siguieron avanzando en dirección de la supuesta procedencia de aquella voz. Esto se puede explicar porque luego de gritar esa indescifrable palabra, el ente reanuda sus pedidos de ayuda, y sus exclamaciones de dolencias, repitiendo cada cierto intervalo, esta vez por lo bajo, la misma palabra, oidicius. La clave de librarse del ataque es seguir por el sendero como si nada. muchos de mis ancestros, habían develado esta solución hace añares. La intención de muchos de estos no estuvo en huir, sino en tratar de hallar en que parte mora el despreciable ser. Lamentablemente nunca pudieron dar con él, y aun hoy nadie ha podido, y todos luego de fallar acabaron por tener horribles muertes.
—Pero usted ha descubierto algo nuevo ¿no? Me hago una idea que piensa que con mi ayuda podemos ahora ubicarlo.
—Si. usted es muy importante para lograr el objetivo, recuerde que conmigo no surge efecto. Se lo podría mostrar una y mil veces, esa presencia es como si no acudiera al lugar en el momento en que me pongo a cruzar el claro.
—¿Y qué es lo nuevo que ha descubierto?
—El motivo de por qué nunca han podido dar con la ubicación exacta.
—¿Cómo lo descubrió?
—No viene al caso, créeme que estoy más que seguro que es así. y eso es lo importante— dijo lo más tranquilo que podía. Luego se apresuró a contar—. El ente cada vez que responde a la presencia del que pasa por allí, salé de su escondite, pero no se queda a la vista. He descubierto que habita debajo de la superficie y que comienza a ascender cada vez que detecta movimiento, y que no llega a emerger, sino que se queda a unos tres metros por debajo, lugar suficiente como para hacerse escuchar, y que la persona lo escuche con nitidez. Al ascender también lo hace para tomar su amuleto.
—¿Amuleto?
—Exacto. Lo que nadie nunca llegaría pensar, es que enterrado bajo tierra a pocos metros se encuentra una especie de material que le da cierto poder a esta criatura. Por eso mismo al detectar la presencia de alguien en el claro, abandona el abismo que habita y comienza a ascender en busca de su amuleto, el cual se halla enterrado en esta área. Ahora sé la ubicación exacta del amuleto, y basta con ir en su busca luego de que el ente hablase, y arrebatárselo con toda la fuerza que haga necesaria implementar.
Ángel entendía hasta ahora todo, sin embargo, en esos momentos algo de esto último que explicaba no le cerraba.
—Óigame. Si usted asegura que el monstruo, o lo que fuere que sea, esquiva su presencia, y además que conoce el lugar exacto en el que se halla el material que le otorga el poder, porque no va usted hasta allí, lo desentierra sin problemas, se lo guarda, y concluye con todo este embrollo de una vez.
El guía pegó un sobresalto al oír este reproche, y sus facciones pasaron de verse despreocupadas a mostrarse enfurecidas. Había entornado hacia abajo sus cejas, sus ojos enrojecieron de furia, y comenzó a hacer rechinar sus dientes.
—Porque a pesar de que todo lo que ahora sé, no puedo hacerlo por mi cuenta— el guía les señaló un sector lateral próximo a ellos. parecía señalar un escondrijo propuesto por unas ramas—. allí encontrara una pala un tanto pesada y efectiva, ahora por el bien de todos, y sobre todo por la memoria de su novia, que estoy seguro que lo trajo hasta aquí entendiendo que pudiese usted vengarla, avance solo un metro con pala en mano, fíjese bien que sea solo un metro, y automáticamente de media vuelta hacia su izquierda y camine en dirección al sector de maleza lateral. Ni bien la alcance, haga a un lado la maleza y trate de caminar sin problemas unos metros por la alta vegetación. Acto seguido, si pone mucha atención verá en la superficie semi tapada por las raíces, un pedazo de tierra marcado con una cruz. Allí es donde deberá cavar. Allí encontrará al rato el amuleto. El ente, claro está, notará su presencia y ascenderá para llamarle. Si usted me hace caso de avanzar solo un metro, en nada influirá sus palabras. Sobre todo, esa única palabra que expresa más de una vez. Porque al avanzar solo un metro no deberá retroceder para dar con la procedencia, y por ende el hechizo que luego produce la palabra oidicius, no tendría ningún efecto. Si es un poco inteligente entenderá con más énfasis el motivo.
Ángel escuchó lo que decía, y al mismo tiempo reflexionaba acerca de la condición material del guía.
—Usted está muerto ¿no es así? ¿usted vendría hacer el espíritu de lo que fue en vida?
El tipo sonrió. En su expresión hubo más bien tristeza.
—Hágalo— le gruñó. Acto seguido, para asombro de Ángel, el tal Augusto López se desvaneció en el aire. Un instante después no quedó ni rastros de su presencia.
El claro seguía en completo silencio. Ángel con pala en mano, pisó el camino de piedras, y se adentró en el sector de superficie erosionada. El silencio era atroz. Comenzaba a temblar a pesar de que hacía calor, y algo le decía que su estupor era causado por el intimidante lugar, y por todo lo que había escuchado.
Avanzó un metro, se detuvo, y giró a su izquierda como bien le indicó el espectro del guía. Saber que en cualquier momento saldría de entre el mutismo espectral, aquella amenazante voz, comenzaba a acobardarlo, a hacerlo titubear. Por primera vez tenía plena conciencia del peligro que corría allí. Por primera vez entendía que esto iba en serio, y que el alma en pena del guía Augusto había sido muy consciente al hablarle de las muertes que el ente del pastizal produjo.
Anduvo en línea recta hacia la vegetación lateral, como bien le indicaron. Respiraba entrecortadamente, trataba de enfocarse solo en lo que debía hacer, y mientras intentaba relajarse, de pronto pensó en el sinsentido de su situación. Katherine estaba muerta y no iba a volver, y en todo caso ya podía darse un panorama algo abarcador de por qué había tomado —involuntariamente— esa drástica determinación.
La idea de que se hallaba en el ultimo lugar en el que probablemente estuvo con vida, lo destruía, además de brindarle una mala sensación. Pero Katherine quiso que fuera hasta allí por algo mas importante, y el fantasma del guía se lo había confesado.
De repente pensó de esa área cuadrangular como una especie de tumba, o fosa común, ubicada en medio de la nada, olvidada entre la incontable vegetación.
De seguro mirándola desde arriba habría de asemejarse a esto, se dijo a él mismo.
Se hallaba pronto a alcanzar el área de maleza lateral, cuando la voz salió perceptible desde alguna parte. muy cerca de donde estaba él ahora.
—Ayúdame, me estoy muriendo—dijo el supuesto desfallecido.
La voz lo tomó por sorpresa, y le produjo un escalofrió inaguantable. Le habían dicho que la voz sonaría similar a la de una persona normal. Sin embargo, esas expresiones fueron de una naturaleza agonizante, tosca, fantasmagórica.
El miedo lo paralizó de pronto. ¿Qué sucedería si el plan del guía fallaba y terminaba él teniendo una muerte como la de los demás?
Entonces el viento comenzó a rugir y las malezas se movieron frenéticas. Y en ese rugir de viento comenzaron a escucharse susurros. Parecían provenir de todas las direcciones laterales de malezas. Era como si decenas de personas se expresaran al mismo tiempo.
hazlo, le dijeron susurrantes, nada va a pasarte, nosotros te resguardaremos.
Las almas en pena esperando a ser vengadas, pensó.
Ángel recobró el valor, y decidido, encaró a la voz espectral.
—¿Quieres que te ayude? — le preguntó— ¿Dime donde estas?
—Estoy más adelante— pronunció la voz fantasmagórica, volviendo a producir ecos—, debes avanzar un poco más por este apartado desprovisto de vegetación.
Según lo aprendido del guía, la voz trataba de hacer que siga avanzando para luego obligarlo a retroceder.
—¿Qué avance? Ni por joda— dijo Ángel al tiempo que se lanzaba como un desaforado sobre la alta vegetación, la corría y trataba de cortarla a golpes de pala. Luego se abrió paso con dificultad por la avanzada vegetación que, frenética, le frenaba.
El ente en respuesta aulló. Y de esos aullidos, salieron gritos guturales.
—Oidicius, Oidicius, oidicius— gritaba desaforado el ente, sorprendido al parecer por la determinación de Ángel.
Asustado por esas palabras, trató de ubicar la marca de la cruz en la superficie pero no pudo. Y por un instante volvería a preguntarse qué carajos podría significar esa palabra que el ente pronunciaba.
Corrió una de esas porciones de vegetación y finalmente la encontró. la señalización en el suelo estaba marcada en una pequeña porción de tierra libre de pastizales. Desaforado como si no hubiese un mañana, comenzó a cavar, blandiendo una y otra vez la punta de la pala sobre la tierra. Temía que tuviese que sacar toneladas de tierra hasta encontrar el amuleto. por fortuna, no resultaría así. la persistencia y rapidez con que hacía la tarea al poco rato hizo que el extremo de la pala haga contacto con algo. Al dar cuenta de esto, Ángel se apuró a agacharse y a tomar con una de sus manos lo que había dejado al descubierto la tierra. Se incorporó rápidamente, y le echó un vistazo al material. A simple vista no le pareció nada que no haya visto nunca.
Un sonido repentino lo hizo olvidar de toda satisfacción. Volvió a mirar la tierra entre los pastizales, y horrorizado, comprobó que alguien la rasgaba frenéticamente. El ente intentaba salir hacía la superficie. aullaba con desesperación empleando una voz chillona y desagradable. sus garras, se revolvían una y otra vez en su afán de deshacer de suficiente tierra. Unas garras largas grises y ondulantes.
La tierra aprisionaba al monstruo y se contorsionaba hacia arriba y hacia abajo, como si estuviese respirando, o al borde de estallar, de dejarle el hueco para que el ente resurja. La superficie más apartada, la que incluía al claro provisto del sendero de piedras, había comenzado a temblar, cual si se anunciara un repentino sismo.
Alarmado, Ángel se guardó el material en el bolsillo, tiró involuntariamente la pala a un costado y echó a correr entre gritos febriles en dirección al área derruida.
No puede ser cierto, se decía una y otra vez entre risas involuntarias, al pensar en esas garras con formas de ganchos que emergieron de la tierra. ¿Cómo una criatura de esa calaña es capas de hablar en un idioma?
Tambaleando a causa de los temblores del terreno, cruzó el claro derruido y corrió desaforado hasta la maleza maltrecha que servía de puerta. al pasar este segmento siguió por el sendero de piedras emboscado de vegetación— el mismo por el cual había avanzado junto con el guía—. Al rato salió hacia la zona de mesetas, y empezó a bajar por éstas, en dirección al pueblo.
El sismo parecía estar extendiéndose hacía esa dirección. Comenzaba a escuchar gritos y corridas que provenían de las calles que tenía enfrente suyo.
El estupor de los habitantes lo confirmó al pisar la calle más próxima a la meseta que acababa de dejar atrás. Algunos corrían de aquí para allá, un puñado rezaba y unos tantos comenzaban a agredirse entre sí, a partir de reproches y acusaciones de un grupo hacia otro. Ángel apenas si pondría atención a las acciones de estos, quería cuanto antes llegar hasta la vivienda que había alquilado. Katherine lo estaría esperando allí, lo sabía. A pesar de no habérselo dicho la noche anterior, allí iba a estar como tantas otras veces que él venía de su trabajo.
Corrió por las mismas calles que había hecho esa mañana, y al doblar la última esquina se encontró en la calle en donde se ubicaba la finca. Al verla allí, tomo un poco de aire, y reanudó su trote.
El sismo, que anunciaba algo desesperanzador, seguía en auge.
Al abrir Ángel la puerta, allí estaba Katherine, de pie en el centro del comedor. Se había vuelto en su dirección al momento en que ingresaba, y ahora lo miraba con esa sonrisa, con esa misma sonrisa siniestra que el propio Ángel había advertido en ella mientras, sentados en el descanso, le volvía a hablar sobre esa leyenda.
—Aquí estas— lo recibió ella— ¿Ahora pudiste entender porque quería traerte hasta aquí?
—No del todo Katherine—dijo Ángel intentando recuperar el aliento por semejante ejercicio. Se acercó hasta ella, luego extrajo el material que había desenterrado—. Puedo llegar a entender que fue lo que te pasó, puedo comprender que el sujeto que hizo de guía proviene del limbo del cual vienes cada tanto, y que su sed de venganza o valla uno a saber porque mierda, me persuadió para que le arrebatara esto, a lo que fuese que habita allá en los abismos del claro. lo que no entiendo es que está sucediendo ahora, la tierra está temblando, algo no anda bien.
—Es el ente que llama desde el matorral— dijo Katherine sin dejar de proferir esa siniestra sonrisa—, le has arrebatado lo que le pertenece, le has dado un motivo para querer emerger y destruir todo a su paso.
— ¿De que estas hablando?… se supone que…
—La gente de este pueblo ignoró a sus muertos— le interrumpió Katherine— hizo oídos sordos de la presencia de esa aberración. De esa aberración que nos ha quitado la vida, a mí y a centenares de personas más, en las cuales se incluye al propio Augusto. Todos pudieron haber hecho algo más en todas estas décadas, inclusos siglos, de la existencia del ente aborrecible.
—¿Qué pudieron haber hecho, Katherine?
—Salvarme de las personas que adoran a esa entidad. ¿crees que fui por mi cuenta hasta ese lugar escondido? Me conoces, sabes que no suelo aventurarme a lugares que desconozco sin la compañía de alguien. Como nadie pasa por allá, por esa zona maldita, discretamente eligen cada tanto a un desprevenido para llevárselo de ofrenda. Y eso es lo que han hecho con mi persona.
—¿Es que acaso me usaste para vengarte?
—No, también, y mas que nada, para responder a tus súplicas.
Ángel estaba desconcertado.
—¿Y qué es lo que ocurrirá ahora?
La figura de Katherine comenzó de repente a tornarse más y más tenue. Ambos se percataron de ello…
—¿Qué te sucede? — le preguntó Ángel, angustiado.
—Es el final. Dejaré de venir a este plano, ya no podré volver a hacerlo.
—¿De qué carajos estás hablando Katherine? ¿y qué es lo que está por suceder en este pueblo? ¿Es que no escuchas esos gritos horribles, y no sientes las vibraciones de la superficie?
—Ya te lo dije, cariño. El monstruo vendrá a buscar el amuleto que tienes, pero antes aniquilará a todos sus habitantes.
—Y que será de mí luego, me matará también, ¿porque deseas que me mate?
—No te matará. No lo hará, si puedes ser capaz de gritar en voz alta la palabra que contrarresta su más preferida artimaña. Si lo descifras y lo dices en voz alta, no te matará. Lo siento, hasta siempre.
Dicho esto, la imagen de Katherine desapareció por completo.
Ángel durante un cuarto de hora intentó descifrar aquella palabra que según Katherine impediría que el ente, cuya apariencia escapaba de su comprensión, le matara. Por más que pensara o se quedase mirando el amuleto que tenía entre sus manos —el cual le seguía pareciendo un simple material tallado—, nada podía sacar en beneficio.
De fondo se escuchaban gritos, el sismo parecía estar amainando.
Al rato de poner atención en los sonidos exteriores, descubrió horrorizado el inconfundible aullido del monstruo que había decidido emerger a la superficie. Y ese sonido a medida que lo escuchaba se fue haciendo cada vez más cercano. En el momento en que Ángel dio cuenta de que debía de estar demasiado cerca, se levantó del rincón de la finca en el cual se había arrojado a pensar, horrorizado por no haber podido descifrar lo que evitaría que lo atacase.
Se acercó en silencio hasta la puerta. Petrificado creyó entender que algo se había detenido al otro lado de esta. Un instante más y alguien o algo, lanzó un grito. Un aullido demencial y horrible que entonó una palabra gutural, igual de horrible que el propio grito. No solo eso. La voz provenía desde las alturas, como si el ser que lo producía fuese de una altura considerable.
Y entonces el desastre. Una nueva oleada de sismo recorrió de extremo a extremo la finca.
Ángel, antes de que la vivienda se derrumbase sobre él, y antes de que algo, una garra quizás cortase de lleno su garganta, escucharía una y otra vez la misma palabra. Oidicius.
Antes de que cerrara sus ojos para siempre, tendría tiempo de pensar en Katherine, y el por qué de no responderle cual era esa palabra que tenía que pronunciar. Entendió que habría de estar asociado con la palabra preferida del ente. Le costaba entender por qué las personas solían suicidarse posterior a escuchar la gutural voz, y de por qué el indeseable poder residía en la palabra oidicius. Se preguntó si hubiera podido develarlo en caso de contar con más tiempo.
De seguro que sí, se respondió entre dolores de agonía, de seguro que sí.
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