Hay hombres que recuerdan con nitidez el día en que descubrieron su destino; otros, en cambio, lo buscan como quien revisa los bolsillos de un abrigo viejo, con la vaga sospecha de que alguna vez guardaron allí una llave o una moneda que ahora no aparece. Yo pertenezco a esta última estirpe.
Busco mi destino y no recuerdo si lo tenía. Tal vez lo perdí en algún recodo trivial de los días —en una esquina cualquiera, en una conversación olvidada, en la distracción de una tarde—. O tal vez nunca lo tuve y la memoria, que es una forma delicada de la ficción, me hizo creer que alguna vez me fue otorgado.
Hay otra posibilidad, menos evidente y más inquietante: que aún lo lleve conmigo. Que el destino no sea una meta distante ni una revelación solemne, sino una sombra discreta que camina a mi lado. Si esto fuera cierto, la búsqueda sería inútil, porque el hombre que busca su destino se parece demasiado al hombre que busca sus propios ojos.
A veces sospecho que el destino no es algo que se encuentra sino algo que se ejerce. Una costumbre del alma, una forma de caminar por el tiempo. Quizá está en los gestos que repito sin saberlo, en las palabras que vuelvo a decir, en los silencios que prefiero.
Así, continúo buscándolo. No con la ansiedad de quien teme haberlo perdido, sino con la curiosidad de quien sospecha que lo ha llevado siempre consigo, como se lleva un nombre o una sombra: sin advertirlo demasiado, pero sin poder abandonarlo jamás.
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