La Señora Historia y sus Risa antigua.

La Señora Historia y sus Risa antigua.

La historia es una señora de armas tomar. No camina: se desliza con la majestad de quien ha visto nacer y morir imperios sin despeinarse. Cuando decide contar sus días, lo hace con un ritmo que desconcierta, como si cada fecha fuera una piedra lanzada al agua cuyo eco tarda décadas en llegar a la orilla. Ella se parapeta detrás de los actores —esos pobres diablos que creen dirigirla— y las mayorías, confiadas, suponen que todo va viento en popa. Hasta que un amanecer cualquiera, sin viento ni popa, la embarcación comienza a llenarse del agua oscura de la destrucción.

Entonces nos vamos muriendo de a poco, con un ahogo que tiene sabor a presagio. Y es justo ahí cuando la Historia, con su voz de campana enterrada, dice: “Aquí estoy.” Y señala, con un dedo que parece tallado en granito, al enemigo de siempre, repetían: ese que nos enseñaron a odiar desde la infancia, ese que ahora regresa no por amor, sino por conveniencia, como un huracán que arrasa pero también limpia, salva, promete.

Y la Historia se ríe.

No es una risa cualquiera. Es una risa larga, antigua, como si hubiera estado aguardando siglos en el fondo de un pozo donde nadie se atreve a mirar. Una carcajada que contagia y duele, porque suena como el repique de campanas de un pueblo que descubre, demasiado tarde, que ha rezado en la iglesia equivocada.

La señora Historia —vieja, sí, pero jamás cansada— se abanica con los siglos como si fueran hojas de palma. Observa a los hombres correr con sus banderas, sus consignas y sus enemigos heredados, y piensa, con la paciencia mineral de las montañas y de las abuelas que ya lo han visto todo:

“Cuánto ruido para tan poca verdad.”

Sus palabras quedan suspendidas en el aire, flotando como polvo dorado en una habitación abandonada.

¿Dónde están ahora las consignas, los falsos patriotismos, los machetes reventando enemigos en nombre de una salvación prometida?

La Historia, que todo lo ve, se sacude esas falsedades de los hombros como quien espanta palomas en una plaza vacía. Porque sabe —lo ha sabido siempre— que muchas de aquellas furias no eran más que tambores para mantener dormida a la multitud, música de guerra tocada para que el hambre pareciera destino y no injusticia.

Y entonces ocurre lo extraño, lo que sólo se comprende cuando los calendarios han dado demasiadas vueltas:

Los viejos que se aferraron durante décadas a la “ideología salvadora” comienzan a desvanecerse en su propia memoria. No desaparecen: se diluyen, como tinta en el agua. Algunos serán llevados a hospitales que huelen a desinfectante y derrota. Otros se esconderán en casas donde los retratos amarillentos conservan héroes eternamente jóvenes. Muchos abrirán los ojos con la sorpresa de quien oye un trueno caer demasiado cerca y descubre que incluso el cielo puede equivocarse.

Habrá quienes sospechen —aunque lo murmuren apenas— que seguir con los mismos gobernantes, ahora vestidos con ropas nuevas y recursos ajenos, es sólo otra forma de la misma farsa.

Pero lo real, lo que jamás se dirá en discursos ni en plazas llenas de banderas, es otra cosa.

La Historia lo sabe, y por eso calla.

Porque hay verdades que caminan como fantasmas por las calles:

Que toda libertad comprada en el extranjero viene envuelta en papeles brillantes y dulzones, pero dentro trae sustancias invisibles que el cuerpo social tarda generaciones en digerir.

Y así la Historia —esa señora obstinada que nunca se jubila— vuelve a sentarse en el borde del tiempo, esperando que los hombres aprendan lo que siempre olvidan: que los pueblos, como los árboles, sólo crecen sanos cuando sus raíces beben de su propia tierra.

Entonces, mientras el mundo sigue girando con la paciencia de un molino, la vieja Historia murmura una última frase, casi como una bendición que se pierde entre los vientos del porvenir:

“Dios bendiga a ese pueblo… porque aún tendrá que aprender muchas veces lo que ya sabía.”

Y después vuelve a callar, como si nada hubiera pasado, mientras los siglos —obedientes y misteriosos— continúan caminando.

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