La muerte me sonrió antes de que la vida terminara de abrazarme.
Y en ese instante entendí que ambas sabían exactamente dónde golpear.
Crecí creyendo que la vida era una promesa suave, algo parecido a las manos de una madre acomodando las sábanas en una noche fría. La vida, me decían, era paciencia, era tiempo, era un camino que siempre encontraba una salida. Yo lo creí… hasta que la vida empezó a acariciarme demasiado fuerte.
Las caricias de la vida no siempre son suaves. A veces llegan disfrazadas de pérdidas, de despedidas que nadie te enseñó a pronunciar. Llegan como silencios en la mesa donde antes había risas, como una puerta que se cierra cuando pensabas que apenas comenzaba a abrirse.
La primera vez que sentí una de esas caricias fue el día en que comprendí que no todo lo que amas se queda. La vida me tocó el hombro y me dijo, sin palabras, que crecer también significa perder.
Y dolió.
Pero seguí caminando. Porque la vida tiene esa extraña manera de lastimar mientras te empuja hacia adelante. Te hiere, pero también te obliga a levantarte. Te quita algo… y luego te deja la extraña misión de aprender a vivir sin ello.
Con los años empecé a pensar que la vida era una maestra dura, pero justa. Hasta que un día apareció la muerte.
No llegó con gritos ni con oscuridad. Llegó tranquila, silenciosa… casi amable. La sentí cerca en un hospital donde el tiempo parecía caminar más lento. Allí, entre máquinas que respiraban por otros, comprendí algo que nadie dice en voz alta: la muerte no siempre es cruel.
A veces solo sonríe.
Y su sonrisa no es burla. Es descanso.
Mientras miraba aquel rostro que se apagaba lentamente frente a mí, entendí que la muerte no golpea con rabia. Golpea con calma. No te empuja… te detiene. No te hiere… te termina.
Entonces la pregunta comenzó a crecer dentro de mí.
¿Qué pega más fuerte?
¿Las caricias de la vida, que te enseñan a seguir incluso cuando quieres detenerte?
¿O la sonrisa de la muerte, que llega cuando todo el cansancio pesa demasiado?
La vida golpea muchas veces. Te moldea a fuerza de heridas invisibles. Te enseña a amar sabiendo que todo puede romperse. Te obliga a sentir, incluso cuando sentir duele.
La muerte, en cambio, golpea una sola vez.
Pero lo hace con una certeza absoluta.
Tal vez por eso su sonrisa parece tan tranquila. Porque sabe que no necesita insistir. Tarde o temprano todos terminamos frente a ella, intentando responder la misma pregunta que nos acompañó mientras vivíamos.
Hoy sigo sin saber qué pega más fuerte.
Hay días en que la vida me abraza con tanta intensidad que parece querer quebrarme. Y hay noches en las que pienso en esa sonrisa silenciosa que espera al final del camino.
Quizás la respuesta no esté en elegir entre una u otra.
Quizás la verdad es que ambas golpean fuerte…
pero solo una de ellas te da la oportunidad de levantarte después.
OPINIONES Y COMENTARIOS