No es ninguna casualidad que en los pueblos del litoral de la bahía Dos Corvos no haya ningún prostíbulo, de hecho, no lo hay en varios kilómetros a la redonda. El Ojo de Santa Mónica vigila a los maridos embusteros, a los pescadores que se alejan en exceso de la costa y, en realidad, a todos los hijos e hijas de madre. Proyecta su rayo tan lejos que, hasta día de hoy, sigo pensando que me ve de alguna forma. En el pueblo donde nací, todos crecimos bajo su atenta mirada, bajo la luz que proyecta el faro que enfrenta nuestra playa y baña nuestros pies en verano.
Hoy en la ciudad todo parece distinto. Aquí en la meseta, donde el viento corta por seco e indiferente, la atmósfera se ha humedecido con las lluvias. He dejado a Pedro en la cama igual que a ese viento del que hablo. Ojalá contara con su opinión, pero creo que lleva rehuyéndome desde que le di la noticia y las semanas avanzan. A veces parece que querría tenerlo, otras simplemente me ignora, si hay algo que esconde, desde luego no se llama ilusión. Creo que apenas ha gruñido un adiós antes de que cerrara la puerta de casa tras de mí. Ha tenido un turno de noche complicado, prefiero no molestarle. El sonido de un claxon me saca del ensimismamiento, a tan solo un metro de mí ha frenado un coche en mitad del paso de cebra. Estaba cruzando en rojo y al parecer ya todo el mundo lo sabe. Lo que menos necesito en un día como éste son las miradas de la gente.
Recuerdo que en mi pueblo las calles solían estar mojadas cuando jugábamos, al igual que hoy en la ciudad. Los calcetines y las pantorrillas terminaban empapadas, pese a las promesas que hacía a mi madre de que no volvería con la ropa mojada. Era inútil, las tardes eran para jugar y enredar con los demás niños antes de hacer los deberes. Eso sí, en el pueblo sabíamos que cuando el faro se encendía tocaba regresar a casa. El Ojo de Santa Mónica fue llamado así en honor a nuestra patrona: la santa que consiguió que su hijo, San Agustín de Hipona, se convirtiera al cristianismo tras años de vida desordenada y el rezo perseverante de su madre. No era extraño que mintiera al regresar a casa. Decía que no tenía deberes y después de cenar cerraba mi puerta para hacerlos a escondidas. Ya en esas noches, la luz del faro atravesaba mi cortina y mi conciencia con sus cíclicos giros. Apuesto a que la santa lo sabía, pero no podía verme.
En la parada de metro, la atmósfera es húmeda y caliente, el aire pesa, mis piernas también. Decenas de personas esperan en los andenes. Falta espacio y el oxígeno se me antoja escaso y disputado. Miro la pantalla de mi teléfono, reviso la dirección de la clínica. Al segundo borro el historial de mis búsquedas. Me pregunto irritada por qué siempre tiene que haber alguien que dirige su mirada a tu móvil cuando lo ve brillar. Durante el trayecto, dejo que mi atención flote a la deriva entre publicaciones en redes de personas que no me importan, aunque una de ellas consigue captar mi atención. Xoán parece haber vuelto al pueblo unos días y se fotografía junto al faro.
Conocí a Xoán en la época en que el ojo vigía dejó de marcar la hora de regreso a casa con su encendido. Apenas tenía dieciséis años cuando las cosas se nos fueron de madre. Una noche, quizás la mejor de mi vida, bebimos de los licores que habíamos robado a nuestros padres. La luz del faro atravesaba el vidrio de las botellas que dejamos en la arena. El delito era otro juego intermitentemente iluminado. Cada vez que el haz luminoso nos alcanzaba, podía comprobar como el rostro de Xoán no me perdía vista de entre todas las chicas que estábamos en el corro. Lo siguiente no es difícil de imaginar. Recuerdo la humedad de nuestros cuerpos y la roca del saliente que nos daba intimidad. La oquedad de la piedra goteaba insistente, el deseo también. Mientras tanto, parecía como si el Ojo de Santa Mónica quisiera erosionar la roca con su destello para descubrirnos y mi móvil vibraba insistentemente en el bolsillo del vaquero con las llamadas de mi madre.
La misma vibración ha vuelto a mi bolsillo, pero esta vez sí llevo los pantalones puestos. Si hay algo que no necesito ahora es contestar a la llamada. Si contesto, mi madre sabrá que me pasa algo. En el pueblo casi todas las mujeres llevan el nombre de la patrona, algo se les queda de santas y son capaces de ver cuándo alguien se aleja del camino. Dejo que se extinga el temblor del teléfono, me siento como el asesino de una película que suelta la almohada cuando su víctima deja de gritar asfixiada. Lo que sí tiembla son mis piernas conforme me aproximo en la calle hacia mi destino.
Ahora la ciudad me parece inhóspita, supongo que en su día pensé que era la mejor forma de escapar. Viene a mi mente la noche de septiembre en que mi padre me llevó a la estación de autobuses. Por supuesto, mi madre no quiso despedirse, nunca perdonó que me alejara. Han pasado unos cuantos años, pero todavía recuerdo el apagón que nos dejó sin luz. En la carretera, el pueblo desapareció en la penumbra, pero el faro, con sus baterías de emergencia, seguía girando sin descanso en la lejanía. Los años siguientes fueron para estudiar la carrera y también mis límites. Años para hacer todas esas cosas que antes no podía hacer bajo la atenta mirada de la patrona. Fue en aquella época cuando conocí a Pedro. Desde entonces y de forma gradual, dejaron de haber límites que sobrepasar. Del amor a la rutina y de esta última a la indiferencia más educada. Si había un límite que estábamos cruzando era el del aburrimiento. Así que yo pensaba en playas y acantilados cada vez que nos acostábamos.
En la sala de espera de la clínica apenas hay gente, ninguna tiene ganas de ser vista por allí. Una madre acompaña a su hija cabizbaja y la arropa pasando su brazo por el hombro. Intento sacarles defectos para sentir menos envidia, pero no los encuentro. Después de la ecografía paso a consulta con la ginecóloga reprimiendo una arcada. Dice que son doce semanas de gestación, que estamos bordeando por poco el límite legal. Me informa sobre algunas opciones, aspiración uterina, fármacos, efectos secundarios, apoyo psicológico… Solo balbuceo monosílabos, en realidad la mente está calculando mi nivel de bajeza moral mientras miro el calendario que decora la pared con un paisaje.
La doctora de pronto desliza una hoja que debo firmar para consentir la intervención ¿Cómo? ¿Hoy mismo? le pregunto horrorizada. Ella parece acostumbrada. Comenta que si quiero, podemos posponerlo, pero es demasiado arriesgado demorarnos. Al comprobar mi estupefacción, coje el calendario de la pared para ser más clara. Como estamos a finales de febrero tendrá que ser en marzo, dice. Cuando pasa la página del mes, también cambia la foto. El Ojo de Santa Mónica acompaña a marzo, ya encendido y recortado por la espuma del mar que se estampa contra las rocas. Su rayo me atraviesa sin barrera alguna, suelto el bolígrafo en la mesa, su extensa mirada me paraliza y petrifica mis manos con el peso de la culpa.
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