Fatla de respeto

Siempre me he considerado como alguien finamente educado. Me dirijo a las personas con suma elegancia, actúo según la normatividad, visto de forma refinada, mis modales se perciben en mi amplio vocabulario. En fin, bien podría alardear que soy el ciudadano perfecto.

Excepto cuando agotan mi paciencia.

Como aquella vez en el teatro. Se estaba presentando una obra que había tenido muchas ganas de ver tiempo atrás, por lo que me encontré muy entusiasmado luego de enterarme sobre las nuevas funciones.

El mismo día de la función me arreglé con mi mejor atuendo y bañé mi cuerpo con una exquisita colonia. Estaba seguro de que esa noche sería maravillosa, sin embargo, no contaba con la catastrófica presencia de una persona inculta. Dicha persona se empeñó en estropearme la presentación al estar pateando con insistencia mi respaldo. A pesar de que le pedí amablemente que se detuviera, continuó fastidiando sin cesar. Y para colmo, murmullos chuscos e irritantes salían de su boca.

No pude tolerar su grandísima falta de respeto.

A la salida, aproveché que casualmente nos encontrábamos los dos solos en el baño, y sin previo aviso lo sujeté del cuello con ambas manos. Le apreté la garganta usando toda mi fuerza, sintiendo sus músculos estremecerse desesperados bajo mis palmas. Incluso admito que sonreí al ver su rostro congestionado, a punto de perder la conciencia.

Solo que me dejé llevar por la euforia y acabé matándolo. Qué se le iba hacer. Le había hecho un favor a la sociedad.

Etiquetas: matar

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