«En el pueblo de La Quebrada, corría el año de 1919. Allí, la tierra no era solo suelo; era un testigo. Un testigo mudo. Antiguo.
El pueblo vivía rendido, entregado a los pies de la Teta de Niquitao. Esa mole de piedra, colosal y eterna, que aquella noche decidió que el valle le pertenecía. Bajó desde las cumbres, no como viento, sino como neblina. Una bruma densa. Blanca. Una marea de frío que se arrastraba por las calles hasta que las palabras, antes de ser dichas, se quedaban atrapadas. Presas entre el silencio y la porosidad de las paredes de tapial.»
En la casa de los Briceño, el frío no pedía permiso. Antonio Briceño movía las brasas del fogón con un palo de leño negro, mientras las llamas, en lugar de ser rojas, soltaban destellos azules, como si el fuego estuviera nervioso. A su lado, su hijo Medardo jugaba con piedras de río que, extrañamente, se sentían tibias. En el cuarto del fondo, el aire olía a ruda y a miedo. Ignacia Briceño, la partera de la Comarca El Corozo con manos nudosas como raíces, salió al corredor con el rostro empapado en sudor frío.
—Antonio, rece en el altar —
sentenció Ignacia—. Su mujer está muy mal.
El niño viene enredado en el cordón umbilical, peleando por no salir, y ella no tiene fuerzas ni para respirar.
Adentro, entre las sombras de las velas que se alargaban como dedos, nació el segundo varón. El llanto del niño fue un eco seco que hizo vibrar los platos de peltre en la cocina. Susana, la madre, con la vida escapándosele en cada suspiro, atrajo a la partera hacia su boca.
—Si Antonio llega a saberlo… por lo que más quieras, cuida de mis hijos —susurró ella, con una voz que arrastraba el amargor de la tierra húmeda—. Tú sabes que Antonio es como el páramo en agosto: puro viento seco que no da semilla. Yo lo amo, y por no verlo morir de tristeza, me entregué a ese capataz, ese hombre ´´buenmozo´´ que parece parido por el mismo Encanto. Todo este pecado fue por él, para darle la dicha que su cuerpo no podía. Pero si se entera, Dios nos ampare, porque la montaña nos tragará vivos.
El secreto quedó flotando como el humo del tabaco, pero la duda germinó en Antonio. Con los años, vio en los ojos de los niños un fuego que no era el suyo. Una tarde de julio, bajo una luna que nació roja, Antonio se llevó a los pequeños hacia la Peña del Oro. Allí, donde el aire se vuelve tan delgado que se puede ver el alma, los abandonó en un risco. Pero la montaña no permite la injusticia.
De las grietas de cuarzo surgieron los Encantos: seres con piel de musgo y ojos de agua de laguna que no conocían la maldad. Los llevaron a una casa invisible para los hombres, construida de oro macizo que brillaba con el sol interno de la tierra. Allí, rodeados de jardines de árnica y frailejones de plata, los niños crecieron protegidos por la Teta de Niquitao. El mayor llamado Medardo, aprendió que las plantas le hablaban; con un soplido curaba la gangrena y con un rezo cerraba las heridas más profundas. El menor desarrolló una mirada traslúcida: podía leer los pensamientos de los pájaros y los secretos más oscuros de los hombres antes de que estos los pronunciaran.
«En El Regreso de los Hijos del Encanto, dos hombres de porte majestuoso descendieron hacia La Quebrada un domingo, justo cuando el pueblo abandonaba la misa. Al verlos, la gente se santiguó; traían consigo el aroma de la Peña nublada, la fijeza de los picos y esa consistencia recia de los quesos ahumados del Loco Antonio. Mientras tanto, Antonio Briceño —un anciano consumido por una fiebre de pura culpa que ningún médico lograba descifrar— aguardaba el final en su catre. Los hijos entraron. El mayor posó sus manos sobre el pecho de Antonio, quien sintió un río de agua gélida y pura limpiándole la sangre hasta devolverle la vida. El menor, sin embargo, permaneció de espaldas, con la mirada fija en la ventana.»—Padre, te hemos perdonado —dijo el menor con una voz que retumbó como un trueno en El Corozo—, pero ahora el perdón debe transformarse en justicia. He leído la oscuridad en la mente de los extranjeros que beben en la plaza; sus pensamientos huelen a pólvora y ambición. Traen dinamita para profanar las entrañas de la Peña del Oro.
«Bajo el amparo de los siglos que Ignacia custodiaba en sus sienes, y el consejo de unos ancianos que habían olvidado su propia edad, se desató lo que en los almanaques de la memoria quedaría escrito como el Juicio de la Tierra. Los hermanos, transmutados en la misma sustancia mineral del páramo, tejieron una telaraña de espejismos de la que no se regresaba. En el instante en que los invasores profanaron la senda sagrada, la peña abandonó su inercia de piedra para recobrar su voluntad de animal herido: el hermano menor les sembró en el cráneo un laberinto de tinieblas donde las brújulas enloquecieron de espanto, mientras el hermano sanador ordenaba a la vegetación cerrarse a sus espaldas con la irrevocabilidad de una sentencia. Desde los riscos, el clamor de los caracoles no era música de hombres, sino el berrido de una estirpe de gigantes invisibles que bajaban a reclamar su herencia de sombras.»
Aterrorizados, los extranjeros huyeron dejando atrás sus mapas, convencidos de que habían intentado robarle al mismísimo Dios. Desde entonces, en La Quebrada ya no se teme a la neblina. Antonio Briceño vivió sus últimos años cuidando el jardín de plantas mágicas de sus hijos. Y se dice que, si uno sube a la Teta de Niquitao con el corazón limpio, todavía puede ver a los dos hermanos vigilando desde las nubes, asegurándose de que la ambición de los hombres nunca apague la luz del oro que duerme en las entrañas de los Andes venezolanos.
Pasaron los inviernos y las neblinas, y los nombres de Justiniano y Medardo dejaron de pertenecer a los hombres para pasar a los cuentos de camino. Cuando la vida de Antonio Briceño finalmente se apagó como una brasa consumida, los hermanos no buscaron ataúdes de madera. Con una ternura que solo conocen los hijos del páramo, envolvieron a su padre en hojas de cascarón secas y fragantes, amarrándolas con fibras de fique como si fuera un fruto precioso que la montaña reclamaba de vuelta. Lo llevaron a la cumbre más alta de la Teta de Niquitao, allí donde el frío no lastima sino que preserva. Al depositarlo en la grieta sagrada, el cascarón pareció fundirse con la piedra, y el cuerpo de Antonio se hizo uno con el cuarzo y la raíz. Desde aquel día, los hermanos no volvieron a bajar al pueblo con forma humana. Medardo se quedó en el rocío que sana las siembras, y Justiniano en el viento que advierte a los ambiciosos. La Peña del Oro nunca más fue profanada. Hoy, cuando el sol golpea los riscos y algo brilla con una intensidad sobrenatural, los viejos de La Quebrada sonríen y se quitan el sombrero: saben que son los Hijos del Encanto , siguen velando el sueño de su padre y el tesoro de Niquitao.
«A la señora Ignacia, cuya alma de partera fue el primer nido de todo el pueblo; madre de manos fuertes que, entre ruda y oraciones, supo tejer el hilo de la vida y proteger el secreto de doña Susana.»
Freddy Araujo A

OPINIONES Y COMENTARIOS