Fue consciente por primera vez de cómo el egoísmo se apoderaba de él el día en que su hermano murió de una sobredosis y le fue imposible no sentir que la desgracia iba dirigida directamente a él. La asimiló más como una broma de la vida que como una tragedia fortuita. No fue capaz de verlo como una desdicha para sus padres; ni siquiera para su fallecido hermano, y su vida nunca fue la misma después de eso.
Antes de aquello, culpaba a su crianza y su familia por los malos ratos que le parecía eran más comunes en su vida que en las de sus amigos y compañeros de colegio. Era tímido, cobarde, consentido y en extremo sensible, realidades de las cuales era consciente y, aunque le complejizaban tremendamente los días, tenía la certeza de que tarde o temprano las superaría. Sin embargo, tras la muerte de su más grande influencia y la única persona que admiraba, se convenció de que la suerte, sencillamente, lo tenía olvidado. El hecho de saber que, lógicamente, la cosa no era así, no hizo nada para aliviar su dolor; por el contrario, lo llenó de vergüenza la realización de su terrible egoísmo, que poco a poco desapareció, dejando únicamente un nuevo y horripilante entendimiento erróneo de la realidad.
Fue en ese momento, cuando apenas tenía 16 años, que decidió que sería inútil pelear contra el destino y aceptó que estaba maldito. Dejó de intentar arreglar la relación tóxica que tenía con sus padres, ambos sobreprotectores y capaces de demostrar cariño únicamente a través del dinero, y decidió sacar provecho de esto, ya que sabía que de su detestable ser jamás podría hacerlo. Dejó de estudiar y derrochó el dinero de su familia más rápido de lo que parecía posible en diversos vicios y placeres, y sin saber qué hacer, sus padres, absolutamente devastados, tuvieron que echarlo de su casa apenas cumplió la mayoría de edad, aunque les faltó la fortaleza para cortar por completo la relación.
Vivió los años siguientes en un pequeño apartaestudio en Chapinero, propiedad de su familia, y con una mensualidad de poco más de dos millones de pesos. Apenas comía. Bebía más de lo que debía y culeaba menos de lo que quería. Lloraba ebrio por las noches, y a veces ni siquiera sabía por qué. Tanto él como sus padres sabían que el tormento duraría poco, pues ninguno de los tres esperaba que viviera más allá de los veintitantos.
Tuvo algunas novias, aunque ninguna le duró mucho, pues lo que él atribuía a la mala suerte, ellas sabían que era culpa de su terrible comportamiento, derivado de aquella oscura y falsa percepción del mundo, pero ninguna pudo hacérselo ver. Encontró algo de sentido, sin embargo, en un nuevo amigo. Un tipo carismático y fiestero que, aunque nunca estaba solo, lo había abandonado todo, igual que él, tiempo atrás. Lo conoció fumando bareta en la calle una noche estrellada, y lo invitó a vivir con él unos días después. Desde esa noche la fiesta nunca paró, y se sintió curiosamente confrontado por haber encontrado sentido en su nueva amistad. Por esto, rápidamente decidió que el dios sádico que se la tenía montada, simplemente le había mandado una ayudita para morir más rápido y mejor, lo cual le pareció estupendo. Pero, para su desgracia, no fue así. El destino dibujó un camino sorpresivo que lo llevó a cuestionar todo una vez más, y a actuar por primera vez desde que tenía memoria, antes de permitirse llegar a alguna nueva conclusión.
Era de madrugada y yacía inconsciente en una silla del bar cuando su amigo fue asesinado a apuñaladas a pocos pasos de él. Despertó en una estación de policía, donde los agentes le hicieron un sinfín de preguntas, de las cuales no pudo responder ni una sola. Visitó a la que era la chica de su amigo en aquel entonces apenas salió de allí y le contó la noticia. Puesto que ellos dos eran los únicos que mantenían contacto constante con él en el momento que murió, se hicieron cargo de todo y en menos de dos días ya fue cosa del pasado. Se embriagaron e hicieron el amor, y a la mañana siguiente él saltó por la ventana.
Estuvo en coma varias semanas y perdió una de sus piernas, además de haberse fracturado la mayoría de sus huesos, pero sobrevivió. La chica de su amigo llamó a la ambulancia y estuvo a su lado hasta que abrió los ojos, y no lo dejó hasta que volvió a cerrarlos por última vez.
Años más tarde, en su enorme apartamento, con la novia de su fallecido amigo durmiendo en su habitación, se cortaba las uñas tumbado en el sofá del estar. Mirando la lluvia caer a través de la ventana pensó en su historia y, como todas las mañanas, sintió muchísima pena.
Sus padres habían muerto el día que lo hospitalizaron. Salieron a la clínica apenas se enteraron de la noticia, y el pánico y el alcohol que su padre había bebido antes de recibir la fatídica llamada provocaron el accidente, por lo cual, en el momento que abrió los ojos, él era el único miembro de su familia, y por ende, el dueño de todos los bienes.
Mientras pasaba a cortar las uñas de su único pie se sintió más maldito que nunca. Su dinero se lo debía a la muerte de su hermano y sus padres, y su chica a la de su amigo, y pensó que solo perdiendo ambas cosas podía encontrar algo nuevo y bueno. Dudó si no había sido suerte sino decisiones suyas y de otros lo que había forjado su camino hasta entonces, pero la imposibilidad de concluir cualquier cosa lo desanimó de inmediato. Entonces cortó la uña del dedo meñique de su pie, y sin siquiera darse cuenta se sintió infinitamente afortunado por no tener más uñas para cortar, y sonrió con melancolía y bebió de su mimosa.
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