Mi luto no fue vestirme de negro,
ni verte en un cajón que no se volverá a abrir,
sino llorarte en silencio, recordarte cada día
y hablarte en oraciones cuando nadie me ve.
A mí nunca me dejarás de doler,
pero agradezco que me duelas,
porque así recuerdo lo que significaste para mí
y lo mucho que te quiero.
Me hago la fuerte delante de todos,
pero el día que fui a visitarte
sentí cómo se me hacía un nudo en la garganta
y entendí que hay heridas que no sanan,
solo aprenden a quedarse.
No acepté tu muerte ese día,
ni en el velatorio,
la acepté cuando faltaron tus risas,
tu presencia, tus abrazos…
Cuando el silencio ocupó el lugar
donde antes estabas tú.
Y ahora que casi ha pasado un año,
sigo buscándote en los recuerdos,
en los lugares donde fuimos felices,
en las pequeñas cosas que todavía
me hablan de ti.
Porque hay despedidas que nunca terminan
y amores que ni la muerte sabe apagar.
Te sigo hablando en silencio,
te sigo queriendo en ausencia,
y aunque el tiempo siga caminando sin ti,
hay una parte de mí
que se quedó contigo para siempre.
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