Entre la injusticia y la venganza

Esta es mi primera novela publicada en Amazon Kdp. Os dejo  el primer capítulo. Espero que os guste (y vuestras críticas, por supuesto).

Una experiencia dramática

La casa de los abuelos se erguía con fuertes muros exteriores, no muy altos. Era modesta, pero suficiente para ellos y los niños. Un río cercano, no demasiado profundo, serpenteaba por detrás de la vivienda, proporcionando un agradable telón de fondo.

Aquella tarde, antes de que el sol se ocultara tras las colinas cercanas, los abuelos acudieron a casa de un vecino para intercambiar hortalizas por patatas que crecían en su huerto. Esa hora era tranquila, había poco movimiento en las calles y no iban a tardar.

—No os mováis de aquí ni le abráis a nadie. Luis, cuida de tus hermanos, en poco tiempo estaremos de vuelta.

—Sí, abuelo —respondió.

Pasaron unos minutos y en la calle se oía cómo alguien se acercaba a la casa; después, un golpe resonó con fuerza en la puerta de madera.

—¡Abran! —gritó una voz enérgica y autoritaria.

El chico, de apenas ocho años, sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. No sabía por qué, pero un temor inexplicable se apoderó de él, paralizándolo de forma momentánea.

—¡Abran la puerta! —volvió a gritar el desconocido, redoblando los golpes con una intensidad que hacía temblar los goznes.

Luis, que jugaba en casa con sus dos hermanos menores, se sintió atrapado en la incertidumbre. El ruido insistente le hizo reaccionar. Con manos temblorosas, se acercó a la puerta. Respiró hondo, intentando calmar los latidos acelerados de su corazón, y por fin giró la llave y el picaporte. En ese instante, un hombre muy joven y uniformado irrumpió en la casa, empujando a Luis hacia atrás con tal fuerza que casi pierde el equilibrio.

—¿Dónde está tu padre? —preguntó el hombre con voz autoritaria mientras escudriñaba la estancia en busca de algún adulto.

A esa hora, su padre aún debería estar volviendo del trabajo.

—No lo sé…, no vive aquí —respondió, intentando mantener la calma, aunque su voz delataba inseguridad.

El hombre, muy irritado, lo empujó con fuerza y chocó contra la pared, rebotando hacia adelante por el impacto. Después de recorrer la habitación con pasos largos, se volvió hacia él.

—¡Niño! No te lo vuelvo a preguntar. ¿Dónde está tu padre? —el tono del hombre se había vuelto amenazante y sus ojos brillaban con una mezcla de ira y determinación.

Antes de que pudiera contestar, el miedo lo paralizó por completo. Su cuerpo, traicionando a su mente aterrorizada, reaccionó de la manera más humillante posible. Un charco comenzó a formarse a sus pies, mientras las lágrimas brotaban de sus ojos. El hombre, lejos de mostrar la más mínima compasión, no dudó en su siguiente acción. Propinó un golpe brutal con la culata de su escopeta en el vientre del pequeño. En un instante, Luis pasó del miedo a un pánico atroz indescriptible, doblándose de dolor y cayendo de rodillas. Los dos hombres que acompañaban a aquella especie de «animal» vestido de azul se miraban con una mezcla de incomprensión, temor y lástima por la bestialidad con que estaba tratando a un niño, cuya estatura no subía más de un metro. Mientras tanto, sus hermanos observaban la escena desde la parte alta de la casa, escondidos tras una puerta entreabierta. Aterrados por lo que estaban presenciando, tomaron una decisión desesperada. Con el sigilo que solo el miedo puede proporcionar, se deslizaron hacia un pequeño ventanuco en la parte trasera de la casa. Sin pensarlo dos veces, saltaron a un árbol cercano y después hacia la oscuridad del bosque que se extendía más allá del patio.

—¡Los otros dos niños se han escapado! —dijo uno de los hombres, alertado por el ruido de la huida—. Iremos a buscarlos…

—¡No! —interrumpió quien parecía ser el jefe con voz cargada de autoridad—. Uno que vaya; el otro se queda aquí conmigo. Este niño nos dirá dónde han ido.

Sin dar tiempo a que el niño se recuperara del primer golpe, el hombre volvió a atacar, esta vez dirigiendo su puño hacia la cabeza del niño. Luis cayó al suelo, balbuceando palabras inaudibles entre sollozos y lágrimas. El dolor era intenso, pero el miedo y la confusión lo superaban.

Aquel hombre, cegado por la frustración y la rabia, continuó golpeándolo hasta casi dejarlo inconsciente. El niño yacía en el suelo con su pequeño cuerpo sacudido por el dolor y el terror.

—¡Quieto! ¡Espera! —gritó de repente el hombre que había regresado tras buscar a los hermanos fugitivos. Su voz sonaba agitada, casi desesperada—. ¡Nos hemos equivocado de casa, coño, esta casa no es!

La escena era dantesca: Luis, sentado en el suelo, sangrando y manchado por su propia orina y algo más, miraba con ojos llorosos a su agresor. Los otros dos hombres se miraron entre sí con una mezcla de confusión y horror al darse cuenta de su error.

De repente, vio que la puerta estaba cerca y abierta y que tenía una oportunidad de escapar. Reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, se puso en pie y huyó a toda prisa hacia la noche. Uno de los hombres intentó seguirlo, pero la voz de aquel despiadado jefe lo retuvo.

—¡Quieto, déjalo ir!

Los tres hombres salieron al exterior; había cierta tensión en ellos. Uno sacó un paquete de cigarrillos y ofreció a los demás. Mientras fumaban, discutieron sobre lo sucedido; sus voces se mezclaban con el sonido de la noche.

—¿Qué coño ha pasado? —preguntó con voz teñida de preocupación aquel violento hombre.

—Al llegar a la plaza buscando a los niños, me encontré a nuestro informador otra vez —respondió aquel hombre con un tono que revelaba frustración—. Me dijo que en esta casa solo había un matrimonio muy mayor. De todas formas, creo que ese hombre es un poco retrasado.

—¡Me cago en la puta! Vamos a buscarlo —gritó alterado el hombre. Su voz denotaba una mezcla de ira y temor por las consecuencias de sus acciones.

En aquella guerra, Luis era un personaje involuntario y uno de los primeros que sufría sus consecuencias. Varios falangistas habían llegado de noche a su casa y lo maltrataban para averiguar dónde estaba su padre. Él había huido en un momento de distracción de aquellos hombres violentos y dando tumbos encontró refugio entre los juncos de la orilla del río que pasaba cerca de la casa. Allí permaneció Luis, incapaz de moverse por el terror que le invadía. El frío del agua contrastaba con el calor de su cuerpo magullado, pero ni siquiera eso podía distraerlo del miedo.

Un vecino de confianza, que había presenciado desde lejos parte de lo ocurrido, se apresuró para poner en aviso al padre del chico:

—Ve rápido a ver qué pasa en casa de tus padres; los falangistas han estado allí preguntando por ti. Tenían un chivatazo pero al parecer se han equivocado de casa.

Fuera o no una equivocación, su padre no dudó ni un segundo. Corrió a toda velocidad, saltando medianeras y esquivando caminos donde había falangistas vigilando. Su corazón latía con fuerza, impulsado por el miedo y la preocupación por sus hijos.

Cuando llegó Manuel a la casa, se encontró a la abuela llorando y al abuelo buscando en los alrededores.

—¿Y los niños? ¿Dónde estabais? —preguntó Manuel con desesperación.

—Hemos salido un momento a por las hortalizas aquí cerca, ha sido muy poco tiempo. No sé, no sé qué ha podido ocurrir, cuando hemos llegado no estaban los niños.

Los niños estaban desperdigados por el campo por el miedo a aquellos hombres. Manuel emprendió la búsqueda. Llevaban horas y había encontrado a los dos más pequeños. Más tarde, por fin, tras una búsqueda angustiosa con la ayuda del abuelo que duró hasta la madrugada, lo encontraron. El niño estaba escondido en una pequeña cueva cerca del río, temblando de frío y no pronunciaba palabra alguna. Pasarían varios días más antes de que Luis pudiera hablar sobre lo sucedido. El padre, destrozado por lo que había pasado su hijo, se lamentaba con pesar una y otra vez:

—¿Cómo pudo ocurrir esto? No he hecho nada; no estoy metido en nada…

El abuelo, apesadumbrado, dijo:

—Se equivocaron; les dieron un soplo pero se equivocaron de casa. Son cosas que pasan en tiempos de guerra.

—¡No lo entiendo! —volvió a lamentar el padre con voz quebrada por la impotencia y el dolor.

—La Guardia Civil informa a los falangistas a partir de lo que saben de otros pueblos de la zona. Los falangistas no tienen gente en todos sitios y a veces no conocen a nadie; hay equívocos. Y los errores en estos tiempos pueden costar muy caro —resumió el abuelo, que se hallaba destrozado.

Varios días después, mientras dormía en casa de sus abuelos rodeado de su familia, Luis abrió los ojos de repente. Tocándose la cabeza, donde aún persistía el dolor de los golpes, preguntó con voz temerosa:

—¿Se fueron ya?

Esas palabras, las primeras que pronunciaba desde el incidente, rompieron el corazón de todos. Para la familia fue una terrible conmoción.

Aquello sucedía en un bonito pueblo gallego no muy grande. Situado a orillas de la ría de Vigo, regado de pequeños núcleos de viviendas agrupadas a ambos lados de unas cuantas calles empedradas. Bellos parajes naturales y playas tranquilas se integraban con acierto en la belleza de aquel lugar. Un pequeño puerto pesquero al final de una de sus playas daba cobijo a unas cuantas embarcaciones de madera gastada que flotaban prisioneras de un noray. El río que bajaba de las montañas cercanas lo atravesaba, esparciendo suaves y caprichosas ondulaciones a su paso, antes de entregar sus aguas con suavidad al océano. Un par de plazas rodeadas de casas señoriales servían como lugar de encuentro y de una actividad social que giraba en torno a las iglesias, las capillas y los centros culturales. Una parte de sus habitantes se ocupaba en las labores de las tierras, aunque la mayor parte vivía del mar.

La vida era monótona y tranquila, pero aquellos años no iban a pasar sin pena ni gloria. La actividad política y sindical estaba provocando alteraciones en la ciudadanía a nivel nacional y llegaba a todos los rincones del país. La tercera década del siglo XX acababa de iniciarse. En Vigo y sus alrededores, después del fin de la dictadura de Primo de Rivera, se desarrollaba una intensa dinámica sociopolítica abarcando muchos conflictos. Los sindicatos obreros tomaron mucha relevancia. Aparecieron varios partidos tanto de izquierdas como de derechas, pugnando por el poder local. La autonomía de Galicia generaba mucho debate político. En particular, el conflicto entre anticlericales y conservadores en relación con la religión provocó graves problemas de convivencia en la zona. Toda el área de la ría de Vigo estaba sometida a aquella dinámica explosiva que se agravaba conforme pasaba el tiempo.

La vida de la familia Álvarez transcurría en el pueblo con normalidad. Manuel y María, un joven matrimonio, trabajaban día a día por sacar adelante a sus tres hijos en aquellos tiempos de gran agitación en el que estaba envuelto el país.

La casa familiar era amplia aunque modesta y estaba flanqueada por un pequeño huerto. Tres austeras dependencias, un comedor y una cocina se consideraban más que suficientes para cualquier familia en aquella época; una gran cantidad de familias trabajadoras españolas vivían en lugares mucho peores.

Manuel, un hombre trabajador y de carácter serio, se dedicaba a la pesca, como muchos otros en la zona. Salía al amanecer y regresaba cuando el sol ya empezaba a esconderse tras las colinas que rodeaban la ría de Vigo. No participaba de forma activa en los actos que organizaban partidos o sindicatos. Se mantenía al margen para evitar problemas como los que su hermano Ramón soportaba dada su entusiasta implicación en política.

María, por su parte, se encargaba de las tareas del hogar y del cuidado de los niños. Era una especie de contable familiar. Velaba por el buen uso del dinero y los escasos recursos de los que disponían. Además, trataba de sacar, con muy buenos resultados, aquello que la tierra, si se trataba con cariño era capaz de dar.

Ambos tenían ideas políticas muy concretas, apoyaban la república, pero nunca alardeaban de ello. Conocían la historia por sus padres y en los últimos decenios la violencia y la inseguridad derivada de la política habían hecho estragos.

Dos años tenía Luis, el primogénito de aquel tranquilo matrimonio. Había nacido en 1928, un mal momento para España que estaba aún bajo la dictadura de Primo de Rivera, aunque ya mostraba signos de agotamiento. Era un niño despierto y curioso, que empezó pronto a caminar. Sus hermanos menores, Miguel y Antonio, nacieron en las postrimerías de la Segunda República el primero y ya dentro de aquella etapa histórica el segundo.

Los abuelos maternos, Ramón y Dolores, vivían en una casa cercana, lo que permitía a la familia estar en contacto. Ramón, un antiguo marinero curtido por el mar y los años, pasaba largas horas contando historias a sus nietos sobre los tiempos pasados y las leyendas de la costa gallega. Dolores, con su carácter afable y su habilidad para la cocina tradicional, era la gran directora de la orquesta familiar.

A medida que Luis crecía, ya tenía casi siete años, iba notando que las cosas cambiaban. Aunque era demasiado niño para entender la situación política, percibía la tensión en las conversaciones de los adultos y en el ambiente que se respiraba en el pueblo.

—Papá, ¿qué es la república? —preguntó con inocente curiosidad.

—¿Por qué quieres saberlo?

—La gente en la calle habla mucho de ella, ¿es algo malo?

—¿No os hablan de ello en la escuela?

—No.

El padre se tomó su tiempo antes de continuar.

—Mira hijo, en España antes gobernaba un Rey, pero no todos los españoles estábamos de acuerdo con que una única persona y su familia fueran los que decidieran lo que debíamos hacer el resto. Además, mientras el rey y su familia vivían muy, bien el resto de los españoles no, incluso muchos pasaban hambre.

El padre miró a Luis y le vio cara de no haber entendido muy bien aquello.

—Vamos a ver, imagínate que tú y tus amigos jugáis siempre a lo que quiera uno de ellos y siempre es él quien impone el juego, ¿tú te conformarías?

—Pues no —protestó.

—Pues eso es lo que pasaba con el rey.

—¿Y el rey de la república entonces a qué se dedica?

—No, Luis. En la república no hay rey. En la república todas las personas eligen a los que tienen que mandar.

Manuel tenía la mirada perdida en el horizonte, temiendo lo que tenía que decir:

—Son tiempos de cambio, hijo. Algunos creen que es para mejor, otros temen lo que pueda venir. Hay quienes no quieren la república y hablan mal de ella, otros lo hacen a favor. Por eso es por lo que tú escuchas en la calle hablar tanto de ella. Pero no olvides nunca que lo importante es que nosotros sigamos trabajando y cuidando de nuestra familia.

La proclamación de la Segunda República en 1931 había traído consigo una ola de esperanza y optimismo. Muchos vecinos lo celebraron en las calles, viendo en el nuevo régimen la promesa de un futuro mejor. Sin embargo, la alegría inicial pronto se vio empañada por las tensiones políticas y sociales que comenzaron a surgir en todo el país. Había fuertes resistencias de los más pudientes para que continuara todo aquello. La Iglesia se sentía atacada porque perdía parte de sus privilegios. En el ámbito militar había desavenencias.

María intentaba mantener a la familia al margen de las discusiones políticas que cada vez eran más frecuentes en el pueblo.

—Manuel, debemos centrarnos en nuestros hijos y en salir adelante —le decía a su marido cuando éste llegaba preocupado por las noticias que escuchaba en el puerto—. Los problemas políticos no cambiarán la necesidad de seguir poniendo comida en la mesa cada día.

A pesar de los esfuerzos de María por mantener la normalidad en el hogar, era inevitable que los niños se vieran afectados por el ambiente de incertidumbre.

En la escuela, los hijos de familias con diferente signo político reproducían con torpeza mientras jugaban lo que escuchaban en sus casas. Luis, con su naturaleza curiosa, a menudo se encontraba en medio de aquellos «debates» infantiles casi siempre sin mucho sentido; él escuchaba pero callaba.

—Abuela, ¿qué está pasando?, ¿por qué hasta los niños discuten de cosas de mayores? —preguntó.

La anciana, con la sabiduría de los años, le respondió con paciencia:

—Mira, Luis, en este mundo cada cual piensa como quiere. Tú también pensarás poco a poco como tú quieras. ¿Pero sabes qué es lo más importante?

—¿Qué, abuela?

—Pues respetar a todos los demás aunque piensen diferente. Más adelante averiguarás por ti mismo, quién es malo o bueno. Ahora dedícate a jugar, ya tendrás tiempo para esas cosas.

Manuel trabajaba duro, pero el momento económico cada vez estaba más complicado. Las largas jornadas en el mar se hacían más duras y los salarios se mantenían sin cambios. A pesar de las dificultades, se esforzaba en ocultar sus preocupaciones a sus hijos.

—María, no sé cuánto tiempo más podremos seguir así —confesó una noche, cuando los niños ya dormían—. Cada vez es más difícil sacar un jornal decente.

María, siempre fuerte y optimista, le tomó la mano y respondió:

—Saldremos adelante, Manuel. Siempre lo hemos hecho. Mientras estemos juntos y tengamos salud, encontraremos la manera.

Los años avanzaban y las tensiones políticas en España se iban recrudeciendo. En el pueblo, como en muchos otros, la polarización se hacía cada vez más evidente. Las tertulias en el bar del puerto, antes amistosas, se convertían a menudo en acaloradas discusiones sobre el futuro del país.

Un día, regresando Luis de la escuela, se encontró con una manifestación en la plaza. Grupos de hombres y mujeres ondeaban banderas y gritaban consignas que él no comprendía del todo. En algunas ocasiones veía cómo se enfrentaban de forma algo violenta.

Estaba asustado; corrió a casa de sus abuelos, que no estaba lejos. Ramón lo recibió con los brazos abiertos y notando su inquietud, decidió llevarlo a dar un paseo por la cercana y tranquila playa.

—Abuelo, ¿por qué la gente está tan enfadada? —preguntó Luis mientras caminaban por la orilla.

Ramón, con su voz pausada y profunda, le explicó:

—Verás, a veces las personas tienen ideas muy diferentes sobre cómo debería ser el mundo.

—Abuelo, eso ya me lo ha dicho la abuela.

El abuelo sonrió.

—No seas impaciente. Cuando esas ideas son diferentes, pueden surgir problemas. No todas las personas son capaces de hablar de sus ideas de forma tranquila y cuando eso ocurre la violencia se abre paso. Pero recuerda siempre que por encima de las ideas están las personas. Y todas las personas merecen respeto y comprensión.

—¿Abuelo, tú nunca te has peleado con nadie?

—Sí, claro que sí. Fíjate en los años que tengo, son muchos como para no haber participado en alguna peleílla, ¿no crees?

Aquellas palabras se guardaron a buen recaudo en el cerebro de Luis. Más adelante formarían parte de su manera de pensar.

En casa, María y Manuel cada vez tenían más dificultad para mantener un ambiente de normalidad. Los niños notaban que la situación no era buena. Aprovechaban las comidas familiares y cualquier momento en que estuvieran juntos para jugar con los niños y endulzarles un poco una vida que se enrarecía con rapidez.

Sin embargo, a medida que se acercaba el verano de 1936, el ambiente en el pueblo, como en el resto de España, se había vuelto demasiado tenso. Los rumores de una posible rebelión militar circulaban por las calles, sembrando la incertidumbre entre los vecinos.

Manuel, preocupado por el futuro cada vez más incierto, estaba considerando la posibilidad de buscar trabajo en la ciudad. La pesca ya no proporcionaba los ingresos suficientes para mantener a la familia y temía que la situación empeorara.

—María, he estado pensando que quizás deberíamos trasladarnos a Vigo —comentó una noche mientras cenaban—. Allí hay más posibilidades de trabajar en el puerto o en las fábricas.

María entendía la preocupación de su marido, pero no lo tenía muy claro.

—Antes de nada deberías tener algún trabajo seguro. Si lo consigues y tenemos que trasladarnos ya buscaríamos dónde quedarnos —respondió—. Pero creo que deberíamos esperar un poco más; las cosas no andan nada bien, las noticias son desalentadoras. Quizás las cosas mejoren más adelante.

Algo se barruntaba sobre los acontecimientos que estaban por venir y que cambiarían el curso de sus vidas, pero no sabían que eran inminentes.

El 18 de julio de 1936, la noticia del alzamiento militar en África llegaba al pueblo como un trueno en un día despejado. La incertidumbre y el miedo se habían apoderado con rapidez de sus habitantes. Manuel, consciente de la gravedad de la situación, tomó la difícil decisión de enviar a sus hijos con sus abuelos a su casa en las afueras; consideraban que allí estarían más seguros.

—Niños, escuchadme bien —les dijo Manuel la noche antes de partir—. Vais a quedaros con los abuelos por un tiempo. Portaos bien con ellos y quiero que les obedezcáis en todo. Pronto estaremos juntos de nuevo.

Luis, con lágrimas en los ojos pero intentando mostrarse valiente, asintió y abrazó con fuerza a su padre. Tomó a sus hermanos de la mano y todos caminaron junto al abuelo.

Los días siguientes fueron de gran confusión. Las noticias llegaban con cuentagotas y nadie sabía con certeza qué estaba ocurriendo en el resto del país. Manuel, preocupado por su familia, decidió unirse a un grupo de pescadores que organizaban patrullas para protegerse de posibles ataques o saqueos. María trataba de mantener una apariencia de normalidad en medio del caos.

A medida que pasaban las semanas, la realidad de la guerra civil se hacía cada vez más palpable. El pueblo, como muchas otras partes de Galicia, quedó en poco tiempo bajo el control de los sublevados. La vida cotidiana se vio alterada por las nuevas normas y restricciones impuestas por las autoridades militares.

Luis, desde la relativa seguridad de aquella casa, no podía dejar de estar atemorizado. Las conversaciones que escuchaba entre sus abuelos —aunque a menudo en voz baja y llenas de palabras que no entendía— le daban una idea de la gravedad de la situación.

—Abuelo, ¿cuándo terminará todo esto? —preguntó mientras ayudaba a Ramón a recoger las verduras del huerto.

El anciano, con una mirada triste que Luis nunca había visto antes, respondió:

—No lo sé, hijo. Las guerras son cosas de adultos, son absurdas, casi nunca tienen sentido. Pero recuerda siempre que pase lo que pase lo más importante es mantenernos unidos y cuidar unos de otros.

La escasez de alimentos y suministros más básicos se hacía notar; andar por las calles era peligroso. El miedo a ser señalados como simpatizantes del bando equivocado estaba siempre presente. Conforme pasaban los días, los tibios y escasos combates cesaron dando paso a una cierta «normalidad» que permitía al menos durante el día salir a la calle.

Las visitas dominicales de los padres a la casa de los abuelos para encontrarse con los niños se convirtieron en algo excepcional; el resto del tiempo las calles eran solo para ir y volver del trabajo. Aquellas visitas eran un recordatorio de que, a pesar de todo, la familia permanecía unida.

Con mucha incertidumbre y muy poca esperanza aquella familia, como tantas otras en España, se preparaba para enfrentar los oscuros años de guerra que tenían por delante, aferrándose a la promesa de un futuro mejor que tardó muchas décadas en llegar.

Para aquella familia modesta aquel suceso tan trágico no tenía, ni sentido, ni explicación. Utilizar la violencia sin freno en un niño tan pequeño daba una idea de las atrocidades que debían estar ocurriendo tanto en el frente como en las ciudades y pueblos de España.

Para Luis, aquel niño de ocho años maltratado vilmente, se abría un período de recuperación física que no sería muy largo, pero también se abría un periodo infinitamente más largo para la recuperación de su herida emocional después de aquella experiencia dramática.

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