Hay una superstición discreta —no menos persistente que la fe en los horóscopos o en los espejos— que afirma que cada hombre está destinado a una tarea secreta. No hablo de las profesiones visibles, ni de los cargos que la sociedad distribuye con cierta torpeza, sino de algo más íntimo: un acto, un gesto o una obra que sólo ese individuo puede realizar en el vasto y fatigado teatro del tiempo.
Cada persona lleva consigo esa singularidad, como si fuera una llave cuya cerradura todavía no ha sido descubierta. Algunos creen que se trata de un gran sueño; otros, más modestos o más lúcidos, sospechan que es apenas una causa, una pequeña obstinación o una meta que se repite en la conciencia con la paciencia de los relojes.
Las circunstancias —esa trama de accidentes que solemos llamar destino— intentan persuadirnos de lo contrario. Nos ofrecen la fatiga, la pobreza, la rutina o el desaliento, como si fueran argumentos definitivos. Sin embargo, sospecho que esas circunstancias no son murallas sino laberintos: parecen impedir el camino, pero en realidad lo dibujan.
El porvenir, que todavía no ha sucedido pero ya nos piensa, exige una forma de valentía silenciosa: la de no aceptar que el presente sea una sentencia. Tal vez la tarea irrepetible de cada hombre no sea alcanzar la gloria ni cumplir una profecía, sino simplemente persistir en la búsqueda de aquello que lo justifica.
Porque, al fin y al cabo, el universo puede prescindir de casi todo; pero cada hombre, en el breve instante que le ha sido concedido, no debería prescindir de su propio destino.
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